Cuando seas feliz, golpea tú primero 10 #2
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Una mujer acabada, oigo a mi paso, mira, una mujer acabada, pero yo sigo caminando, sigo empujando el cuerpo como una silla sin ruedas, fingiendo que siento placer, fingiendo que siento cansancio, fingiendo que siento algo.

El domingo entro a trabajar al mediodía, pero si llego antes, me detengo en la cervecería de la esquina a tomar un café y a hablar con mi padre sobre la gente.

Casi todos extranjeros. Turistas ancianos contentos de que por fin haya llegado el otoño y París se haya vuelto respirable.

Pero también hay gente conocida. Esa mujer vive en el segundo piso y vende gafas en la tienda de enfrente.

He ido muchas veces a llevar recetas. Tanto para Haim como para Cora, incluso para mí, pero seguro que no se acuerda.

El hombre de los mocasines es un empleado del Ayuntamiento y Pauline tiene una tienda de telas.

A ella la saludo siempre. En mis paseos con Haim, hemos llegado muchas veces a su «paraíso», que no es ni de lejos «el de las mujeres».

Más de la mitad de los clientes son hombres que trabajan en la industria de la moda.

Los pasteleros y el florista abren también en domingo; en cambio, monsieur Bernard, el de los vinos, ha anunciado a todo el mundo que guardará fiesta los domingos para atender a sus nietas.

Tiene dos nietas gemelas y vienen a verlo desde el otro lado del puente, en dos caballitos de madera empujados por sus padres.

Ahora, quien quiera beber en domingo tendrá que hacer acopio de vino con antelación.

Sin sus tareas fundamentales, todos me parecen cambiados, y no siempre para bien.

A los funcionarios les falta la paciencia.

A los vendedores, la educación exagerada.

Los primeros años la odiaba, pero ahora la considero también yo un requisito del trabajo.

A veces veo a la mujer de Haim salir al balcón para regar las plantas o regresar de la panadería con un pan y una cajita de pastas de almendra, que no sé dónde esconde, porque nunca las encuentro por casa.

¿Se las comerá ella sola, en la escalera?

Pasa tan cerca de mí que, si estirara el brazo a través del seto, tocaría su rostro y sus pendientes.

Ella, sin embargo, no me ha visto nunca, así como tampoco ve las cosas cambiadas de sitio en su casa.

Haim me pidió que no ponga etiquetas a la gente porque, aunque a él no le importa, es humillante decir que alguien es un vejestorio o que está en la tercera edad y, «de todas formas, ¿quién cuenta los años hoy en día?»

. Luego estuvimos una hora entera contándolos juntos y clasificándolos por edades.

Según él, una mujer de cuarenta y cinco está, por supuesto, en la primera edad.

«Algunas mujeres nacen a los cuarenta y cinco, ¿cómo vas a pensar que una madre con un niño pequeño es vieja?»

A él lo metimos en la «segunda edad», y a Cora, seis años mayor que él, en la «tercera».

¿Se habrá planteado tal vez enterrar a Cora?

Sinceramente, no puedo entender el deseo de seguir siendo joven a toda costa, incluso aunque sea solo sobre el papel.

O el de ocultar la edad. ¿Qué vas a hacer con esos siete años que has ganado mintiendo?

¿Ir de nuevo a la universidad? ¿Tener un hijo rápidamente?

En el último control, la ginecóloga me recordó que las mujeres nacen con un determinado número de óvulos y que «con el tiempo, simple y llanamente, se agotan».

Era una chica joven, con muchos títulos en la pared, en los que seguramente ponía lo lista que era, cuánto había conseguido, cuánto había triunfado.

De ella me gustó todo: el orden de los dosieres, los zapatos de suela roja escondidos debajo de la mesa y las pausas que hacía entre las frases para asegurarse de que había entendido cada palabra.

Pero me gustó sobre todo cómo dijo «simple y llanamente», como para dejar claro que ella no tenía la culpa de que yo no pudiera tener hijos, que la vida se agota.

«Entonces, ¿ya sabía que no puede tener hijos?», me preguntó aliviada, y yo le respondí que lo sabía, claro que lo sabía. Había pasado ya por controles y cálculos, solo había cambiado de médico, no de cuerpo.

Son casi las doce y los camareros han empezado a preparar las mesas para el almuerzo, pero ellas dos siguen con el desayuno.

La joven que ha hablado antes tiene unos veinte años, lleva un vestido de flores y el pelo sujeto con un lápiz.

En el cuello se le ve la marca blanca del bikini.

El bronceado es reciente, un fin de semana en la playa con sus amigos, ahora que los estudiantes han vuelto a clase y las playas están vacías, o tal vez se haya puesto morena aquí mismo, junto al canal, mientras dura el verano y los estudiantes se reúnen cada tarde para disfrutar de l’été indien.

Una hija tardía, como tantas otras. Una joven como no he sido yo jamás, hermosa como un cartel publicitario.

Se mueva como se mueva, su cuerpo se muestra firme, y todo lo que aflora de su vestido es delicado, joven, sano.

La he visto antes. Viene a menudo a visitar a su madre y siempre le trae peonías o libros.

Hoy ha venido con dos catálogos de vestidos en los que ha pegado unas marcas en forma de flor.

Estoy demasiado lejos de ellas como para saber de qué están hablando, pero me imagino que le dice «mira, maman, el amarillo te quedaría bien», y su madre le responde «ma poupée, no quiero nada, estoy acabada», y su hija la consuela y le dice «no, mami, qué vas a estar acabada,

ahí tienes a una mujer acabada», y me señala discretamente, mi culo grande y caído, mi espalda ahogada en grasa y mi coleta sin lavar.

Una buena chica que quiere a su mamá. En lugar de «acabada», yo podría llamarla a ella «coño florido», pero no creo que cambiara gran cosa.

Nada de lo que hago puede cambiar gran cosa, pero podría al menos plantarme y decirle a Cora que ya no iré los domingos.

Lo aceptaría, estoy segura, pero tampoco quiero quedarme en casa.

¿Para qué? Ya no bebo y, aparte del parque con ratas, que detesto, no tendría nada que visitar en esa zona.

En París al menos pasan cosas, me encuentro con alguien, entro en una exposición o me arruino en alguna librería.

Shakespeare & Co está a dos pasos de la casa, aunque a mí me gusta más Abbey, y todavía más la de la barcaza, aunque a esa tengo que ir en metro.

Ni siquiera hoy, después de veinte años, me he cansado de París.

Me parece más bonita todavía, cosa que no puedo decir de la gente, que viste peor y se ha vuelto más grosera.

Veo que ya se han marchado mis acabadas.

La vieja no ha elegido ningún vestido, ya no la espera nadie en ningún sitio, como tampoco me espera nadie a mí.

Segunda o tercera edad, qué más da. Si por mí fuera, apuraría ahora el café, caminaría con los brazos extendidos, primero por esta puerta viva, luego por esa calle con coches feos, bajaría la escalera de los leones removiendo la gravilla, giraría a la derecha, siempre a la derecha, hacia el puente,

por el puente, y así hasta donde fui la última vez que salí.

Haim hace un gesto con la mano: él no tiene miedo a nada.