Cuando seas feliz, golpea tú primero 10
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Cuando Malik llamó a mi puerta estaba sola en casa.

Nina y mi padre se habían ido al pueblo a recolectar fruta para hacer mermelada.

Entonces se llevaban bien, creo que fue la época más feliz de Nina.

Mi padre ya no viajaba tanto como antes y tampoco traducía.

A la redacción habían llegado algunos jóvenes brillantes, con contactos, con enchufe.

Él, con su lengua de Caragiale[31] y la documentación del archivo, era considerado un estorbo.

A veces publicaba algún reportaje especial que recibía alabanzas corteses en las reuniones.

Entonces volvía a casa exultante de alegría.

En general, sin embargo, aunque fingía no darse cuenta, molestaba.

Le pedían que se ocupara de la sección de cultura, que no leía nadie, o incluso de la de «cartas a la redacción». Y él se ocupaba.

Yo había terminado los exámenes del segundo curso y rumiaba dónde esconderme para que el verano pasara más deprisa.

Mis compañeras se habían marchado al pueblo con sus padres.

O, las más listas, a Turquía con sus novios o sus amantes.

Algunas trabajaban como guías en verano o traducían.

Habían empezado a llegar extranjeros a Moldavia y se ganaba bien con ellos.

Yo ni tenía amantes ni hablaba un francés perfecto.

Escribiendo era la mejor, pero tenía un acento muy marcado, no como los alumnos de los institutos de élite de la ciudad.

Había regresado a los veranos aburridos en los que no ocurría nada.

Ni siquiera podía quemar las pelusas de los álamos. Otros niños habían ocupado mi lugar.

Nina me dijo que fuera al pueblo, «a trepar a los árboles y comer cerezas hasta reventar», pero mi padre me sugirió que me quedara en casa y que estudiara.

Mi ocho en Literatura Universal era, por supuesto, una vergüenza.

«Con esa nota yo no asomaría la nariz por el centro», dijo él con dureza, y en aquel momento deseé que desapareciera.

Estaba harta de él, harta de mi vida. Me criticaba por todo.

Porque no era excelente. Porque me vestía con descuido, es decir, con vaqueros y camisetas; porque me maquillaba.

Pero sobre todo porque no había encontrado un chico digno al que seguir y que quisiera «formar una familia conmigo».

Malik estaba fatal. Se apoyó en la pared del pasillo y se quedó allí, tragando en seco hasta que empecé a gritarle que me dijera qué le había pasado.

Por su pinta, estaba convencida de que había matado a alguien o de que había robado.

Algo malo, en cualquier caso. Pero no le había ocurrido nada malo, al contrario.

Malik no quería vivir porque Ella lo había abandonado y se había marchado con otro.

«Serj-Serj», consiguió balbucear él, y me di cuenta de que había retomado su forma de hablar de la infancia, repetía las palabras como antes de conocerla.

«No es el fin del mundo, Malik», le dije yo, enfadada.

Seguramente demasiado brusca, porque me miró furioso y me golpeó en la boca como si quisiera cerrármela.

«¿Qué voy a hacer ahora-ahora?», repetía él.

Ahora-ahora. Ahora-ahora. Quería tirarse por la ventana, cortarse las venas, pero yo veía que ya estaba muerto.

Entonces comprendí cuánto la amaba y, por primera vez, acepté el hecho de que jamás sería mío.

Al menos no hasta el final, no como quería yo.

«Hay más chicas, Malik. Encontrarás a otra», intenté consolarlo yo, pero su respuesta llegó tan rápido y con tanta furia que se me llenaron los ojos de lágrimas al instante. «No habrá otra. Nunca-nunca.»

Le preparé un té con miel y le di de comer, le propuse que se quedara a pasar la noche.

Al principio no quería, se sentía incómodo, «ven tú a mi casa».

Pero yo me negué a ir adonde ellos habían hecho el amor mil veces y donde Ella había destruido mi primer objeto verdaderamente bonito, verdaderamente mío, las medias.

Aquella noche hicimos el amor. En el suelo, porque no queríamos manchar el diván de mi padre.

Una experiencia penosa. Tuve que hacerlo todo yo sola y consolarlo para que dejara de llorar, porque hacia la mitad empezó a sentirse culpable por hacerlo precisamente conmigo. Superamos también eso.

Dejé que se lavara minuciosamente, se lavó incluso la cabeza.

Le ofrecí comida de nuevo; por la mañana se despertó antes que yo y me preparó gogol-mogol como le preparaba a Ella.

Estaba convencida de que seguiría alguna disculpa improvisada, algo con lo que alejarme definitivamente.

Esperaba —de hecho, deseaba— que me humillara de tal manera que no pudiera perdonarlo jamás y pudiera echarlo de mi vida para siempre.

Sin embargo, él me dijo que la noche había estado bien.

«Ha estado bien, Mila», como si volviéramos a ser niños y lo hubiera mandado a jugar con el destornillador por la casa para que yo pudiera escribir mi diario.

Después de esa noche conmigo, no volvió a repetir ninguna palabra.

Esperamos los dos varios meses a que Ella diera señales de vida, pero no las dio, y entonces le propuse que viviéramos juntos.

A mi padre no le entusiasmó la idea, pero al menos conocía a Malik.

Y yo ya no era una niña, no podía retenerme por la fuerza.

Nina me emocionó muchísimo entonces. Me preparó un paquete con todos sus camisones sin estrenar —pequeñas joyas de lino y seda, con el cuello y los faldones bordados a mano— y me susurró al oído, para que no lo oyera mi padre: «Que al menos los vea alguien».

Para empezar, hice limpieza en la casa. Quité las mantas de las ventanas, ventilé y desmonté su maldito cinematógrafo.

Malik se opuso. Vi que le daba miedo tocar sus cosas.

Creo que, en su fuero interno, esperaba que volviera.

Y a mí también me daba miedo que volviera, por eso me apresuré a cambiarlo todo para que no quedara ningún rastro de Ella.

En lugar de cintas, en las baldas puse libros, y a él le dije que podía reparar ordenadores en casa, que no hacía falta que se desplazara hasta la otra punta de la ciudad.

Yo estaba acostumbrada a sus destornilladores y no me molestaban.

Me sorprendió que a mí también me gustara, como a mi padre, trastear en la cocina.

Después de clase, iba a la plaza y compraba todo tipo de exquisiteces; por la tarde preparaba sus platos preferidos y esperaba sus alabanzas.

Vivíamos, por fin, como dos jóvenes de nuestra edad, o más bien como una pareja de recién casados, aunque de matrimonio no hablaba nadie, y no sabíamos ser una pareja.

Mi cuerpo no le interesaba demasiado y el suyo me lo prestaba como prestas a un amigo una chaqueta abrigada.

Estaba allí cuando lo necesitaba. Blanco, frío, sin pasión, como nuestra cocina, en la que podíamos entrar con los ojos cerrados en plena noche y aun así servirnos un vaso de agua.

A la derecha, el fregadero; a la izquierda, la mesa; de frente, la ventana.

Las noches en las que hacíamos el amor no veía en su rostro ni rastro de placer, ni de curiosidad siquiera.

Le habría dejado mirar mis botones para que viera cómo funcionaban las cosas.

Incluso le habría dirigido la mano por todas partes para explicarle, para enseñarle.

Tenía, por fin, algo que mostrar, pero no fue necesario.

Él se movía pesadamente y acababa rápido, siempre avergonzado por haber gemido demasiado fuerte, sorprendido en cierto modo por haber culminado una tarea, seguramente no muy distinta a la de limpiar los ventiladores, que, como me confesó una vez, era lo más fatigoso.

Después de licenciarse, empezó a trabajar como profesor en la Politécnica, y con su primer salario nos abonamos a «los canales».

Eran prácticamente las mismas películas que habíamos visto en VHS, solo que en versión original con subtítulos.

Nos sorprendió descubrir que, sin aquella voz chirriante que doblaba tanto a hombres como a mujeres y niños, las películas tenían una atmósfera completamente distinta.

Algunas nos parecían claramente mejores, pero no todas.

Veía que también él echaba de menos aquellas copias piratas, los helados en la cama, el licor de fresa.

Yo no dejaba que me ensuciara la casa. Comíamos siempre en la mesa, y veíamos la televisión en los dos sillones de capitoné que Dina Andreevna nos había enviado desde Moscú.

A Ella, durante dos años, no la mentamos siquiera de pasada. Sabía gracias a Roza que le iba bien, y no quería saber nada más. «Viaja», les decía a los vecinos cuando le preguntaban por su sobrina.

Con Malik a mi lado, con la casa que cuidaba como a un niño y con mi padre orgulloso, por fin, orgulloso de mí, me sentía casi feliz.

Me acostaba por la noche con uno de los camisones de Nina y pensaba en lo sencilla y limpia que se había vuelto mi vida sin Ella.

Los vecinos me respetaban, en la universidad era la mejor de mi clase.

Me molestaba un poco que Malik no me pidiera matrimonio, pero yo no insistía.

No éramos los únicos que vivían juntos sin papeles.

Recuerdo el día en que Malik obtuvo el visado para Francia.

Había mentido en la embajada y me había obligado a jurar que no le contaría a nadie cómo lo había conseguido.

Yo lo sabía, por supuesto. En aquella época, los hombres del este tenían dos opciones: enrolarse en la Legión Francesa o decir que eran homosexuales y pedir asilo.

Malik nunca había sido soldado, ni siquiera había hecho la mili.

Se dejó golpear y humillar por unos pelagatos de la ciudad con el fin de abrir un expediente en la Policía.

Se iba con Ella, se marchaba convencido de que sería feliz, de que lo estaba esperando en París y de que allí vivirían juntos.

Antes de partir, pasó por mi casa y me dejó su viejo VHS y una bolsa llena de cintas, mis películas favoritas.

«No están todas —se excusó—, pero están las mejores.»

Las tengo en casa junto con las fotografías sacadas por mi madre.

También entonces me dijo algo que no olvidaré jamás.

Después de hacer el amor con Ella por primera vez, él salió al balcón y vomitó.

Ella creyó que era por la bebida, pero no fue por eso.

Malik sabía beber incluso mejor que yo. No fue la bebida, fue el miedo.

El miedo de que no se le entregara por segunda vez.

«Me daba miedo volver a la cama, Mila. Si me hubiera dicho entonces que no le había gustado, nos habría matado a los dos.»