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Los moldavos donarán. Para ellos Ucrania no es solo aceite de girasol; además, no todos viven como yo.
Los que vinieron más tarde, con pasaporte rumano, se han establecido de otra manera.
Tienen casa, trabajo, y han reagrupado a su familia, algunos incluso a sus padres.
De la generación de Miranda qué puedo decir.
Vienen jóvenes preparados, estudian, van a la universidad, obtienen la nacionalidad.
Es verdad que también hay gente que vive peor que yo, que sigue el modelo de las vacas lecheras.
Se desloman trabajando aquí, envían todo el dinero a casa, a sus hijos y nietos, y cuando se les seca la leche, vuelven a casa a morir, generalmente de enfermedades que no han tratado a tiempo.
Cuando oyó lo de la colecta, Fima se burló de mí y me dijo que con esos setecientos veinte euros el croata y la haholka[28] se comprarán un coche, no mantas.
Haim me soltó una perorata sobre cómo las guerras financiadas se alargan más que las que «se agotan solas».
Sin embargo, yo sé que Aniuta no miente, sé que comprará mantas y nada más, y le he prometido que iré con ella a IKEA para elegir algo bueno y calentito para los muchachos.
De niños, nosotros éramos distintos. No pensábamos solo en llenar la barriga.
Medíamos el chocolate con la uña y contábamos cada grano de uva para que nadie comiera más que los demás.
Entonces la amistad no significaba comer hasta reventar, significaba no comer más que la persona que estaba a tu lado.
Cuando crecimos, empezamos a sentir más cosas además de hambre y dejó de interesarnos la persona que estaba a nuestro lado.
No comeré yo, pero el otro tampoco. Comeré yo, pero no el otro.
Sé que la guerra no va a terminar con las mantas de Aniuta, pero sin gente como ella, ¿qué seríamos?
Unos autófagos que esperan a consumirse por sí mismos.
De jóvenes, cuando íbamos a Ucrania no decíamos que íbamos al extranjero.
Decíamos tan solo «pararemos en Kiev», «pasaremos por Lípetsk», «tenemos una boda en Vínnitsa».
No había aduanas. Cuando fui con Malik a Odesa en la moto que le pidió prestada a un amigo, ni nos dimos cuenta de cuándo llegamos.
En Odesa estuve también después de la independencia, con algunas compañeras de la Universidad Estatal.
Recuerdo que después de la conferencia compramos una tarta kîivskîi y nos la comimos a la orilla del mar.
Margarita, del Departamento de Lenguas Eslavas, quería visitar a toda costa el hotel London y la habitación en la que se había alojado Chéjov.
Llevaba una botella de vino moldavo y se la entregó a la chica de recepción para que le dejara entrar y sacar fotografías.
Yo fui con ella; más tarde, cuando le conté a mi padre lo que habíamos hecho, nos alabó por «haber emborrachado una conciencia en nombre de la literatura».
Aniuta me pregunta por qué no vuelvo a casa.
Ella va a regresar a pesar de la guerra.
«Allí están mis hermanas, mi madre. Pero no solo por ellas, Mila; aunque no estuvieran ellas, también volvería. Esto es bonito, pero es ajeno a mí. ¿Tú no echas de menos a los tuyos?»
No sé qué responderle. Sí y no. ¿Y quiénes son los míos?
Mientras vivía mi padre, ir a casa no era tan sencillo como ahora.
No tenía dinero, lo de los papeles era muy complicado.
¿Y qué habríamos hecho nosotros dos en aquella ruina de habitación?
Vale, una comida, dos. Pero no creo que hubiésemos hablado más que lo que ya hablábamos por teléfono.
Estoy convencida de que al día siguiente habría ido como de costumbre a la biblioteca o al archivo.
En cambio, el hecho de que yo viviera en París, la idea de que su Miluţa estuviera en París, le alegraba mil veces más que si hubiera vuelto a casa tres días y le hubiera llevado un queso.
A diferencia de la de Aniuta, que nació veinte años más tarde, mi vida en mi país no fue precisamente un camino de rosas.
El año en que abandoné la universidad, se marcharon tres compañeras más.
Dos directamente a Italia, de manera ilegal, con dinero prestado.
A una la violó el chófer en el viaje y la abandonó en la frontera con Hungría, donde solo ella sabe lo que le pasó, porque consiguió escapar de allí al cabo de tres meses, con los dientes destrozados y el pelo arrancado.
Los profesores cobraban cada ocho meses.
Vivían bien solo los bandidos, no los intelectuales.
Veíamos cada día, en la tele, noticias sobre la corrupción: un médico corrupto, un profesor corrupto, un policía corrupto.
Los policías me importaban un comino, pero sin la policía habríamos muerto todos asesinados en nuestros apartamentos.
Por lo demás, yo estaba de parte de los corruptos.
Tampoco los médicos recibían su salario durante meses, ¿qué iba a hacer un médico cuando veía que unos críos de veinte años ganaban al mes, especulando, mucho más que él en un año?
No tengo adonde regresar. No volvería a trabajar como profesora, independientemente de lo que diga Liduţa, y los precios de los pisos han subido tanto que con mis ahorros podría permitirme exactamente una hruşciovca[29] como esa en la que viví con mi padre, quizá una incluso más deteriorada.
Hoy he hablado también con Liduţa. Solo un momento, porque estaba ocupada.
Mañana vienen Miranda y Edward —una visita sorpresa—, y ella buscaba en la plaza un gallo para preparar un áspic.
Le he aconsejado que haga pimientos rellenos, a los extranjeros nuestro áspic les resulta grasiento, pero ella ha dicho que también rellenará pimientos.
«La otra vez, Edward se lo comió todo. Le gustó tanto la mămăliga que quería que se la sirviera incluso con las crepes.»
La he dejado en paz con sus preparativos, me ha parecido que estaba estresada.
Le da miedo, como a cualquier madre, que Miranda acabe con un borrico.
Solo yo sé cuánto le ha costado criarla, cuántos sacrificios, cuántas lágrimas.
Yo entonces estaba con Anatol y no me faltaba de nada, pero ella a duras penas se las apañaba.
Cuando vino a decirme que estaba embarazada de tres meses, le aconsejé que abortara antes de que fuera demasiado tarde.
Mircea ya la había abandonado y le había pedido el divorcio, vivía públicamente con otra mujer.
«Si se entera de que estoy embarazada, quizá se quede. ¿Tú qué crees, Mila? ¿Me elegirá a mí?»
La recuerdo acurrucada en mi sofá nuevo, mordiéndose los labios, con la cara afeada por unas manchas marrones.
Solo comía pan seco porque vomitaba todo lo demás.
La llamé todo lo que se me pasó por la cabeza.
Entonces yo era una arrogante, Anatol me había transformado también a mí en una burguesa.
La humillé sin piedad. Le dije que Mircea no la elegiría jamás, que la otra era más joven y tenía un negocio de cortinas, ¿ella qué tenía?
¿Quién era? ¿Enseñaba historia de Rumanía?
Una época muy difícil, pero Liduţa salió adelante.
La ayudé como pude con dinero, con un alojamiento.
Si hubiera seguido mi consejo entonces, ahora no existiría Miranda y ella no estaría buscando un gallo en la plaza.
He oído que Mircea ya no se llama Mircea, sino Marcelino.
Pobre Miranda. ¿Cómo se habría sentido ella con un padre llamado Marcelino Sulă? [30]