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Por la tarde fui a enseñárselas también a ellos.
Vivían juntos en esa época, en el apartamento de Malik.
Dina Andreevna había conocido en Moscú a un químico reconvertido en especialista en pladur y los dos construían techos falsos en las casas de los ricachones.
Malik era feliz. Su vida se había organizado como siempre había deseado, solo que no conmigo.
Había entrado en la Politécnica, era el primero de la clase y, además, ganaba bien reparando ordenadores.
Ella era estudiante solo en apariencia. Había sido la peor de su clase en el instituto, pero Roza consiguió matricularla en una universidad privada.
Durante una época, los estudios superiores fueron un buen negocio en Chisináu.
Casi cualquiera podía abrir «una especie» de institución educativa, no faltaba gente dispuesta a pagar sobornos.
Algunos estudiantes ni siquiera asistían a clase.
Pagaban solo por los exámenes o directamente por el título.
Esa desfachatez no duró demasiado, en unos años se reguló, pero muchos se aprovecharon y se convirtieron en estudiantes de máster pagando solo mil dólares.
Yo estaba en el último año del instituto y me preparaba para el examen de ingreso.
Quería entrar en la Facultad de Lenguas Extranjeras, que era una de las más solicitadas, junto con la de Derecho y Economía.
Y mi padre, por supuesto, no tenía dinero para sobornos, así que yo estudiaba.
La veía muy poco, aunque viviéramos en el mismo patio.
Cuando no iba a clase, se quedaba en casa y veía películas todo el día o iba al taller de Malik, de donde regresaban a casa siempre tarde, en taxi y con bolsas de comida cara.
Malik me dijo una vez que aquellos años gastó tanto dinero en comida, en cigarrillos y en bebida que habría podido comprarse un piso o abrir un negocio.
«Mi madre se deslomaba en la construcción y yo gastaba como un emperador.»
Nunca se perdonó haber permitido que Dina Andreevna se marchara.
Pero él no tenía otra elección. Debía impresionarla.
Estaba convencido de que en un año se casarían.
Nosotros tres volvíamos a ser amigos. La llegada de Nina me tranquilizó y encarriló mi vida.
Con historias, con palabras, con bondad, me convenció de que no podía seguir así, deseándoles la muerte o intentando separarlos.
Eran mayores que yo, la vida se llevaba lo que era suyo.
Además, me dijo Nina, «¿cómo vas a pelear tú con su amor, Miluţa? Algo así no se cura, no es una enfermedad».
Era una enfermedad, yo sabía que era una enfermedad, pero, ciertamente, era demasiado joven como para hacer nada.
—¡Milaaa! —gritó Malik cuando me abrió la puerta—. Entra rápido, que acabamos de poner una película.
Estaba en vaqueros y sin camiseta, con un cigarrillo en la boca.
Tenía una pinta ridícula, como un actor que se hubiera puesto por error un traje ajeno.
Nunca había visto a nadie fumar en casa.
Los hombres salían, de costumbre, al balcón, o al menos se encerraban en la cocina y fumaban por la ventana.
Las mujeres todavía no fumaban abiertamente.
¿Pero quién iba a decirles nada? Del apartamento antiguo, donde nosotros dos hacíamos los deberes y comíamos tortillas, quedaban tan solo las paredes.
Las cosas de Dina Andreevna habían desaparecido, y en su lugar habían aparecido cosméticos, revistas de moda, montones de ropa alineados en cada centímetro de la casa, tal y como en la nuestra se alineaban los libros.
En primer lugar, Ella había traído de donde Roza todas las películas y todos los vinilos, y había montado allí una especie de club de noche.
Luz tenían solo en la cocina. Habían cubierto las ventanas con mantas y en la habitación reinaba una oscuridad total, incluso durante el día.
Las cintas las había colocado en unas estanterías que Malik le fabricó junto a la cama; el VHS estaba conectado a un proyector.
Aquella tarde estaban viendo Striptease, con Demi Moore.
Se había estrenado un mes antes, pero Malik había conseguido ya una copia pirata.
Ella estaba comiendo helado y, cuando me vio, golpeó dos veces la almohada, haciéndome un gesto para que me tumbara allí.
Por el aspecto de la cama, parecía que no se hubiera levantado en varios días.
Cáscaras de plátano, briks de zumo vacíos, tronchos de manzana.
Una verdadera pocilga. Me dirigí hacia Ella y me tendí a su lado; Malik vino y se lanzó sobre nosotras.
En aquel segundo comprendí cuánto los había echado de menos, a ellos, a nosotros, el pasado.
Ya no éramos niños, pero todavía disfrutábamos viendo una película juntos y comiendo un helado entre los tres.
—Mira, Malik te ha copiado, tú eras fan suya, ¿ya no te gusta o qué? —me preguntó Ella chinchándome, y Malik se hizo el tonto.
—Me gustaba, sí —respondí yo, intentando entender lo que pasaba en la pantalla—. Antes era buena actriz, pero ahora no sé. Habrá que verlo.
—Habrá que veeerlo —me imitó Ella, copiando mi voz y ese acento rumano impuesto por mi padre que, ciertamente, sonaba ridículo en aquella situación.
Se echaron a reír los dos y reí yo también.
—Relájate, Mila, estás con nosotros, no con tu papi —dijo Ella, y se echó a reír de nuevo.
A Malik no le hizo gracia y Ella se calló. Me sorprendió entonces que lo obedeciera. Creo que Malik tenía algo, algo que le impedía volverse loca del todo.
—¿Quién quiere fresas con licor? —preguntó él alegremente; nosotras respondimos al unísono «¡yoooo!» y él fue riendo a la cocina.
Yo no había tomado licor hasta entonces, y cuando Ella me preguntó si había bebido alguna vez, me hice la ofendida y le dije que sí, que mi padre me dejaba beber con él en la mesa. Una mentira como un templo.
Vimos la película como antiguamente. La paramos mil veces para ver de cerca los coches, el yate, las piernas de Demi Moore, la barra y su traje de plumas.
Hacia la mitad de la película, estábamos tan borrachos que empezamos a comportarnos como niños de guardería.
Nos metimos debajo del edredón y nos dio por pellizcarnos y hacernos cosquillas, e intentábamos adivinar de quién era la mano que nos tocaba.
Nos sentíamos tan a gusto que se me olvidó a qué había ido: a enseñarles el regalo de mi padre y reírnos juntos. Los pantis los encontró Malik.
—¿Pero esto qué es? —me preguntó, metiéndome la mano por debajo de la falda, y yo me eché a reír.
Me puse de pie y di un par de vueltas como en una barra de striptease, inspirada por la película y aturdida por el licor.
—Regalo de mi padre —anuncié con voz teatral, teniéndome en pie a duras penas, y ellos empezaron a silbar y aplaudir, gritando «go, Mila, go!», y entonces, en aquel instante, algo se rompió en mí y empecé a desnudarme delante de ellos.
Estoy convencida de que parecía una depravada dando vueltas sobre la cama con mis pantis, que se me caían todo el rato y tenía que agacharme para subírmelos, con ellos tocándome las piernas y todo lo que podían con sus manos que olían a cigarrillo, a fresas y a licor.
Pero no me importaba en absoluto, porque en mi cabeza yo solo oía las palabras de Nina: «Hoy tú estás más guapa, hoy tú estás más guapa».
Me desperté en medio de la noche, completamente desnuda, con Nina a mi lado intentando limpiarme la vomitona con un trapo húmedo.
Ellos estaban fumando en la cocina y riendo.
Estaba convencida de que se reían de mí, aunque Malik juró durante años y años que no se habían reído de mí en absoluto, que estaban más asustados que alegres y que, cuando yo me desmayé, fue Ella la que propuso avisar a Nina o a mi padre, para que no ocurriera nada malo.
Tuve la suerte de que dieran con Nina, no con él.
Nina lo arregló todo sola sin decir una palabra.
Los pantis los encontré al día siguiente en el bolsillo de la falda.
Estaban minuciosamente cortados con una cuchilla.
Gente que cree. Gente que quiere. Gente que lucha.
Toda esa gente que pelea por los demás, por desconocidos.
¿Dónde han crecido ellos? Aniuta y el croata recaudan dinero para los combatientes ucranianos.
Pintaron la bandera de Ucrania en un trozo de cartón y van con ella por las iglesias, por los aparcamientos, por los lugares turísticos.
También fueron a unos grandes almacenes de lujo en los Campos Elíseos, pero de allí los echó el guarda.
Duje, que no está demasiado acostumbrado al lujo, se puso enfermo cuando vio lo que costaba un bolso.
A ellos les cuesta mucho conseguir dinero.
Un euro, dos, diez. Los que donan más se llevan un bombón Korivka de regalo.
Hasta ahora han reunido setecientos veinte euros, con los que quieren comprar mantas para el invierno.
También yo he donado, no mucho, pero he donado.
«Mila, llega el invierno. Allí hace frío, ¿te imaginas cómo estarán nuestros chicos a la intemperie? Si van a morir de todas formas, al menos que no mueran de frío», me dijo Aniuta.
Por eso me invitó a su casa, para hablarme de la colecta y proponerme que los acompañara.
Yo no suelo donar, a mí en la vida nadie me ha regalado nada, pero sus palabras me conmovieron.
No he conocido demasiadas mujeres jóvenes que hablen sobre los hijos de otras.
Aniuta no tiene padre ni hermanos, solo tres hermanas, pero ha pensado en esos muchachos, ha pensado en alguien más que en sí misma, y por su corazón puro le doné treinta euros, y ella me recompensó con dos Korivkas.
Duje está convencido de que, si yo pinto una pancarta, recaudaré más dinero que ellos, porque soy de Moldavia y puedo «explicar la situación en francés».
Yo no estoy tan segura. En primer lugar, porque después de tres años el miedo ha decaído, y, en segundo lugar, porque aquí a la gente solo le da miedo lo que ocurre en su calle.
Cora ni siquiera sabía que Ucrania no es «exactamente» Rusia.
Para ella es el «este» y se acabó, y cuando le expliqué «la situación», me preguntó sorprendida por qué no quieren los ucranianos seguir siendo rusos; al fin y al cabo, los rusos tienen cultura, y los ucranianos ¿qué tienen?
¿Aceite de girasol? Tal vez los jóvenes, que saben más cosas, donarían algo.
Si no exactamente para los chicos de Aniuta, al menos por las ideas.
En general, suelen donar por las ideas. Los delfines, la mucoviscidosis, la energía solar, el agua limpia. ¿Por qué no Ucrania?