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Lo conocía, o eso me gustaba pensar, porque me conocía a mí misma.
Todavía no teníamos en común la pasión por el alcohol, pero tampoco faltaba mucho para eso.
A la playa se largó sin pedirnos permiso y sin anunciarlo siquiera oficialmente.
Una tarde, antes de marcharse, cuando empezó a preparar la maleta, Nina vio los billetes de avión y se echó a llorar.
Las dos le preguntamos qué pasaba: ¿se marchaba de viaje en avión, se iba a otro país, nos abandonaba?
Y entonces él nos dijo sencillamente que se iba a la playa.
Solo con hombres y solo para cambiar de aires.
No hacía vida con Nina. Las pocas noches en las que se veía obligado a dormir en la misma cama que ella, decía que estaba «molido», o resfriado, o que no se había duchado, o se inventaba otra enfermedad, otro motivo;
se acostaba con un chándal azul que se compró después de que llegara ella y con el que murió.
Si bien al principio Nina guardaba las apariencias —se dejaba el pelo suelto y me pedía que le depilara el bigote—, al cabo de un tiempo ella también dejó de tomarse la molestia.
Dormía con cualquier cosa, siempre con calcetines gruesos de lana, porque habían empezado a dolerle los huesos.
Desgarrada entre los dos, yo había llegado al límite de mis fuerzas.
Quería o bien que desapareciera Nina y que todo fuera como antes, o bien que él se marchara con otra mujer y que me dejara a mí con ella, ahora que me había acostumbrado.
Leía mucho por aquel entonces. Me encantaba que los personajes encontraran algún objeto mágico con el cual conseguían liberarse de las garras de la injusticia o del aburrimiento y vengarse de todo.
Estaba convencida de que una llave —y, si era necesario, incluso la puerta entreabierta de un armario— podía transportarte a otro mundo si lo deseabas con toda tu alma.
Aquella mañana, junto a la ventana, mi padre parecía desearlo con toda su alma, así que me acerqué a él y tomé sus puños con mis manos.
Me habló entonces sobre la amistad y la traición, sobre el vino, sobre la poesía y sobre cosas elevadas, sobre el vino, sobre el dinero que habría podido tener si lo hubiera necesitado, sobre el vino y sobre cómo se sacaron aquella foto los tres hombres desnudos en una playa de Georgia.
Con sus puños en mis manos, ante una ventana cerrada a través de la cual nadie llegó, nunca, a ninguna parte, mucho menos a un mundo mejor, mi padre brillaba.
Era una luz que fluía de un sol joven y lejano, una luz que ardió en él hasta el final y que lo quemó.
No sé qué tenía en la cabeza cuando me compró unas medias a mí, una niña de catorce años.
Tal vez lo hiciera por Nina, para mostrarle que esas cosas son importantes para una mujer.
Tal vez lo hiciera por mí, para mostrarme que esas cosas son importantes para una mujer.
Solo sé que estaban escondidas entre sus camisas sucias y que eran azules.
«Son bonitas, son caras.» Oí su voz como si bajara por una escalera empinada y, sin pensármelo demasiado, lo seguí de inmediato por esa escalera, con el corazón en un puño.
En aquel instante, más que alegría o vergüenza —lo segundo no ha desaparecido a lo largo de todos estos años—, sentí cómo nacía en mí el deseo de ser como él, de ser él, sobre todo de rodearme de cosas bonitas y caras.
Dicho aquello, se bebió toda la leche del frigorífico, se echó a reír y se plantó delante del espejo, apretándose los ojos con las manos, como queriendo borrárselos de la cara.
Sabía qué estaba pensando. Se había acostado en una ciudad bonita, en la que crecían naranjos y cipreses y sus amigos locos tomaban vino y recitaban poemas en la playa, pero había despertado junto a dos mujeres silenciosas, en la habitación estrecha de un bloque soviético,
donde la única nota de color eran los tarros de mermelada puestos a enfriar durante la noche.
Le pregunté si quería más leche, en ese momento estaba dispuesta a ir a la tienda y comprar una botella, dos, siete, pero no quería.
«Recuerda que el azul es tu color, ningún otro», me dijo él, triste, y al cabo de unos años, cuando su corazón estaba hecho polvo y yo había empezado a beber a escondidas y él lo sabía, claro que lo sabía, y se maldecía, añadió: «Al menos una vez en la vida debes beber vino en un cuerno de carnero».
Durante todo ese tiempo, Nina estuvo preparando comida en la cocina.
Una mujer todavía joven, con el cabello ondulado, vestida con una bata de crisantemos que le llegaba un palmo por debajo de la rodilla.
Tenía que recibirlo como le habían enseñado, con algo rico en la mesa y sin hacer preguntas, pero hasta la noche quedaba un rato y el pollo en salsa se comía caliente.
Sin embargo, él se había hecho un lío con la hora, un jaleo eso del aeropuerto, y había llegado mucho antes.
Solo cuando lo vio por la ventana cruzando el patio y dirigiéndose a la parada del trolebús se alejó ella del fogón y vino a verme.
Me miró de pie, con la gallina chamuscada en la mano como un guante de carne.
«Hoy tú estás más guapa», me dijo sonriente, y volvió de nuevo a la cocina, dejando un olor asfixiante a sangre y a plumas quemadas, como un grito.