Cuando seas feliz, golpea tú primero 8 #2
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Zampaba de todo, luego me dirigía a la sección de fruta y salivaba al ver las fresas y las nectarinas, las uvas y las peras.

Cuando pasaba junto a los asadores de pollos, juro que me daban ganas de romper el cristal, sacar uno y salir corriendo con él hasta que me pillara la policía, porque para entonces ya me lo habría comido.

Malik también conseguía traer alguna cosa de la obra.

El jefe le llevaba comida y él no se la comía toda.

Después del accidente en la casa del marroquí, Malik había regresado a París y trabajaba por días, pero él no tuvo la suerte de Paşa.

A mi padre le dije que me había mudado a casa de Malik porque me había matriculado en unos cursos y me quedaba más cerca vivir con él que donde Frédéric.

La idea de los estudios fue buena, pero, por desgracia, me equivoqué de tema.

Le solté por teléfono que iba a estudiar el exilio en la literatura universal, él entendió «escritores en el exilio», y durante una temporada todas nuestras conversaciones fueron solo sobre exiliados.

«Mira, Mila, Hugo escribió Los miserables en una isla», o «Mila, Hemingway produjo en el exilio su mejor libro», o «Dante, Freud, Solzhenitsyn… Solo esos puedo mencionarte. Tengo que ir a correos a cobrar la pensión».

Aquel año, mi padre se compró un portátil de segunda mano e instaló Skype, así que me llamaba más a menudo y me obligaba a «enseñarle» cosas.

«Enséñame los libros que tienes en casa.»

«¿Pero qué coméis? Que lo vea yo.» «Mira, Mila, lo bonito que se ve mi jardín desde la ventana, ¿en tu casa qué se ve?»

Se veía una mierda. Vivía en una caseta de obra en Villeneuve-Saint-Georges, donde cabíamos los dos solo cuando nos acostábamos.

Robábamos la luz de las casas de alrededor y el retrete era el bosquecillo cercano.

Menos mal que a Malik, que era también una especie de repartidor y tenía que llevar paquetes, le pagaban el teléfono en el trabajo: así al menos teníamos internet.

Cuando sabía que iba a llamar mi padre, me iba a un Burger King junto a la Sorbona y le enseñaba desde allí la universidad, los estudiantes, la ciudad.

«Qué preciosidad, Mila. ¡Qué vida! Tienes que sacarme sin falta una foto del péndulo de Foucault.»

Un año después, Fima me consiguió esas horas en casa de Antoine, luego apareció Haim y la cosa mejoró.

El primer día, Cora me preguntó dónde vivía y le respondí con sinceridad que vivía en una caseta de obra con un amigo.

«¿Qué clase de amigo? —se interesó ella—, ¿amigo-amigo o novio?»

No supe qué responder. ¿Qué era Malik para mí?

Le dije que era un chico que había crecido conmigo en Chisináu, y Haim, que acababa de entrar en la habitación, exclamó: «¡Kishinew!»

. Había estado una vez en Chisináu, en la época de la Unión Soviética.

Algo relacionado con Odesa y Bernardazzi.

Al día siguiente me trasladé a su casa, a una chambre de bonne de nueve metros cuadrados, con la condición de no llevar amigos de ninguna clase.

Aquella noche en la que dormí en una cama limpia, con sábanas que no rascaban, con una almohada que no olía a sudor y sin borrachos que aporrearan la ventana, fue mi primera victoria francesa.

El sentimiento de no deber nada a nadie era extraordinario.

Ahora me da vergüenza decir esto. En mi país había vivido así, tal vez incluso mejor.

En mi país trabajaba en la universidad. Corregía textos, no limpiaba meados, y en los años que pasé con Anatol conocí incluso el lujo.

Sin embargo, ¡cuánto me alegraba aquella habitacioncita solo mía, con una ducha de noventa centímetros cuadrados y postigos en las ventanas!

Me compré unas bailarinas y un ramo de peonías, y le dije a mi padre que me había vuelto parisina.

En realidad, el Hormiguero es un museo de ciencias naturales adonde van los niños a jugar con agua, con barro, con algas.

A escuchar el mar en las caracolas o a tocar con sus manos de niños urbanitas hielo de verdad y musgo del bosque.

Fima dice que solo los tontos gastan dinero en algo así y que, si los padres quieren enseñar a sus hijos lo que significa el trabajo, deberían llevarlos a un pueblo, no al museo.

«No todos los franceses viven en las terrazas. En Francia también hay gente que trabaja la tierra.»

Nuestra Fima es una gran admiradora de los chalecos amarillos y no ha faltado a ninguna manifestación, aunque en Moldavia viviera en un bloque y trabajara en correos.

Yo no tengo nada en contra de los chalecos, como me reprocha ella echando salivazos —«tú crees que, como has sido profesora, eres muy lista»—, solo que no soporto la violencia.

Le pregunté cómo se sentiría si alguien quemara su coche o, no sé, su tienda, la panadería en la que ha invertido todos sus ahorros; ¿los seguiría apoyando?

Ella me respondió que quien tiene una panadería ya no es pobre, y que además los coches están asegurados, así que tampoco es para tanto.

Encima —y en esto último no quiero ni pensar— dijo que estaría muy bien que llegara al poder alguien que limpiara Francia de «arribados».

En una época, yo también me planteé trabajar ahí.

No como limpiadora, sino como vigilante, pero era demasiado complicado.

Para un puesto de responsabilidad tienes que hacer unos cursos, los cursos los haces cuando tienes tiempo libre, y el tiempo libre o lo tienes o no lo tienes.

Algunos nacen con la vejiga llena de tiempo libre; otros, con las tripas vacías.

Diga lo que diga Fima, a mí el Hormiguero me devolvió la vida.

Acababa de limpiar enseguida y luego, durante una hora, mientras ella hablaba con su hermana utilizando el wifi del museo, yo contemplaba las hormigas a mis anchas.

En el segundo piso, en una sala enorme, cientos de miles de hormigas viven en un hormiguero de cristal, sin sospechar que son vigiladas.

En cierto modo, entiendo que mi padre dijera, cuando le hablé de ellas, que es inhumano recluir a un ser vivo en una cárcel.

Pero era como si esas hormigas me hubieran hechizado, y me gustaba imaginarlas como criaturas afortunadas que no tenían otra cosa que hacer en la vida aparte de vivir y multiplicarse, porque todas sus necesidades las satisfacían las personas.

El Hormiguero me recuerda algo más: aquel año negro, mi año en el fondo del agujero, cuando, entre todas las posibilidades, la muerte me parecía la mejor solución.

Aquel año en el que toda la gente bien, toda la gente inteligente y cultivada que conocía, pasó de mí, pasó de mí como de la mierda, y solo me ayudaron Fima y Lenuţa, dos estúpidas que toman ajo por la mañana para reforzar el sistema inmunitario.

Mi primer par de pantis olía a camisa de hombre sudada.

Mi padre había vuelto a casa después de una semana de playa en Pitsunda, adonde fue solo con hombres y solo para cambiar de aires.

Así de bronceado, así de oreado, no encontraba ya su lugar en nuestro estudio abarrotado de alfombras de lana.

Lo recuerdo delante de la ventana, con los puños apretados y las venas marcadas como serpientes.

Si yo no hubiera sabido que acababa de llegar, si no hubiera contado una a una sus diez noches de vacaciones, imaginando para cada una de ellas cosas que le gustaban —granadas maduras, un mar sin medusas, cuencos de cangrejos—, habría pensado que aquel hombre descansado y triste, mi padre,

me estaba abandonando.

Sin embargo, eso no ocurrió entonces. Eso no ocurrió jamás.

Después del incidente de la bañera, hablaba poco conmigo o, mejor dicho, hablaba poco en casa, algo que en principio era lo mismo, pero yo, de todas formas, no me cansaba de él.

Me había acostumbrado a sus silencios angustiosos y a sus arrebatos de ira cada vez más frecuentes, a sus lecturas nerviosas en lugares poco adecuados y su escritura cifrada en cualquier cosa que cayera en sus manos, pero sobre todo a sus ojos hinchados,

que no eran en absoluto un síntoma de leer hasta muy tarde, como les decía Nina a las vecinas, sino de las borracheras interminables.