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El verano pasado Céleste pidió dormir en un arcoíris y Antoine le pintó las paredes de la habitación de todos los colores.
Grand-mère rezongó, pero él la invitó a descargar sus residuos tóxicos en otra parte.
Entonces ella decidió comprarle a su nieta una cama en forma de nube.
Si no sonara patético, diría que este es mi lugar favorito de todo el universo.
Ya trabajaba para ellos cuando él sacó a Céleste de su habitación.
Hasta entonces, había dormido en la misma cama que Antoine y, cuando él salía, yo la cuidaba por la noche sentada en una silla.
Solo una vez le pedí que me trajera un colchón para poder tumbarme, pero él saltó con que no me pagaba para dormir, sino para velar.
Eso fue hace seis años. Desde entonces han cambiado muchas cosas.
Él se ha ablandado y yo me he armado de valor.
Creo que es el único francés que ve también lo que fui, no solo esto en lo que me he convertido.
Cuando le conté que en Chisináu trabajaba en la universidad, que daba clase y que traduje libros con mi padre, él se puso muy contento. «¡Guau, Mila! Qué cool que cuides a Céleste. Ella es aplicada, no como yo. ¡Ya verás!» Siempre me ha gustado que Antoine se ría de sí mismo, no solo de los demás.
Una vez, habló de lo difícil que había sido cumplir las expectativas de sus padres, sobre todo las de su madre, que desciende de una familia rica.
Al ser hijo único, era inconcebible que no quisiera estudiar Derecho y, después de la muerte de su padre, la presión se volvió insoportable.
«Me vestía como la racaille,[27] hablaba como la racaille, desaparecía semanas enteras y dejaba que me buscara la policía en las casas de veraneo de todos nuestros amigos. Aunque ella no quiera reconocerlo, la que me cambió fue Adriana, pero con Ada cometí otros errores.»
Por otra parte, comprendo a su madre. Ha costeado todos sus caprichos y solo le pidió que estudiara, que continuara con lo que habían empezado sus abuelos.
Si fuera tonto, sería tal vez más fácil aceptar sus fracasos, pero no lo es.
Tiene la cabeza de diez racailles. Habría podido estudiar en las mejores universidades, desarrollar una carrera brillante, podría ser alguien, no contentarse con preparar comida tres veces al día para su hija.
No lo interrumpo cuando la critica, pero su madre no es tan miserable como él dice.
Nosotras nos hemos visto varias veces y debo decir que me cae bien.
Es una esnob, así la criaron, no conoce otra cosa.
No va a cambiar a los ochenta años. Pero tiene buen corazón y juzga a la gente por sus actos, no por las apariencias.
Me dijo que ella cree en los estudios, en la gente que se abre camino en la vida con la cabeza, no a codazos.
«Mis bisabuelos, Mila, tenían vacas y cultivaban lechugas. Tres generaciones trabajaron para salir del estercolero, pero Antoine quiere volver a los establos.»
Me preguntó también por mi padre, por mi infancia.
Me dijo que lamentaba que hubiera acabado siendo cuidadora, porque podría haber hecho muchas cosas si hubiera nacido en otro país o, al menos, en otra época.
«Vosotros habéis renunciado por necesidad, pero nuestros hijos han renunciado a todo por estupidez. Antoine no entiende con cuánto sacrificio hemos llegado nosotros adonde hemos llegado.»
También hablamos sobre la fe, sobre lo que significa la Iglesia para ella.
Le dije que me gusta que para los católicos todo gire en torno al amor y al perdón, porque nuestro Dios, el de los ortodoxos, es más severo y nos castiga más a menudo.
Al menos Fima y Lenuţa hablan todo el rato sobre el castigo y los suplicios eternos.
Suplicios eternos ya tengo aquí; allí me gustaría que fuera diferente.
En cualquier caso, lo que quiero decir es que esta mujer me gusta.
A la mujer de Haim, con sus pendientes y sus sedas, le queda mucho para alcanzarla.
Y no creo que haya en el mundo padres que no quieran cambiar a sus hijos.
No sé cómo habría sido mi madre más adelante, cuando yo hubiera crecido, pero de pequeña fui claramente una carga para ella.
Por mi culpa no pudo estudiar ni desarrollar una carrera.
Por mi culpa se quedó sin calcio y sin dientes, y también por mi culpa, pues tenía que llevarme a todas partes en brazos, tuvo que cederle la cámara de fotos a mi padre, «que fingía saber, pero no sabía».
De mi padre ¿qué más puedo decir? Después de aquel incidente con Malik, me juzgaba a cada paso.
Primero no fui lo suficientemente dócil, después no fui lo suficientemente previsora.
Con los hombres nunca he sabido callar, en la facultad hablaba demasiado y con demasiada brusquedad.
No le alegró que me marchara al extranjero.
No me lo reprochó abiertamente, pero sé que no le alegró.
Habría preferido verme como otras compañeras, pobres pero dignas, engañadas pero casadas.
Con Céleste parece fácil ser padre. Es obediente y alegre, y duerme en un arcoíris.
Dios quiera —tanto el de ella como el de Fima— que me conserven a su lado todo lo posible.
Fima me ha llamado esta mañana y me ha pedido que la sustituya en el Hormiguero.
«Mila, he cogido frío en el chochín. Estoy orinando sangre.»
Estaba en la habitación de Céleste y no he podido gritarle, pero le he preguntado qué estaba tomando.
«Si sangras, es una infección, no es que hayas cogido frío», eso he alcanzado a decirle, y así he desatado el Armagedón.
Estaba tratándose con baños de camomila.
Quiero a Fima. Por su corazón y por todo lo demás.
Porque no dejó que me tirara del puente aquel día y porque llama a Cora «borrica vieja y podrida», como se merece.
Sin embargo, tengo un gran problema con las mujeres de nuestra edad que usan la palabra chochín, como si tuvieran un pajarraco en las bragas.
Me da pena, claro que me da pena. Pero me fastidia todavía más que, por culpa de la infección en su garza, no podamos ir mañana a ver a Malik, tal y como habíamos planeado; él nos espera el día de su cumpleaños.
«No me digas cómo tengo que vivir», fue su respuesta de asquerosa, y antes de colgar me acordé de que estoy en deuda con ella.
Tampoco es la primera vez. Hace dos años, estuvo a punto de morir por culpa de una alergia a una mezcla de productos de limpieza.
Ella no utiliza guantes ni mascarilla, no respeta las instrucciones, las dosis, nada.
Cuando fui a verla, se me subió la sangre a la cabeza.
Tenía el cuello lleno de ampollas y lo de las manos parecían quemaduras de primer grado.
Lenuţa se agitaba junto a la cama como trastornada.
Le ponía compresas de clara de huevo, de bicarbonato diluido en leche, ese tipo de cosas.
Las había avisado muchas veces de que iban a morir las dos devoradas por virus y bacterias, por alguna enfermedad que se podía prevenir, pero ¿qué me respondió Fima?
«La gente que tiene la boca sucia come solo tierra en el otro mundo», y Lenuţa añadió: «Y cadáveres, tierra y cadáveres».
Por supuesto, ninguna de las dos se vacunó contra el covid e, incluso después de cinco años, me echan en cara que ellas no han estado enfermas ni un solo día, mientras que yo, con tres dosis, he caído dos veces.
Por lo demás, no tenía grandes planes para hoy.
El sábado es mi día libre, o debería serlo si no fuera suplente de chochines.
Quería dar una vuelta por el Marché Barbès, donde puedes encontrar pimientos morrones y albaricoques aterciopelados, como en Moldavia; a veces, incluso moras.
Tengo un antojo terrible. Pensaba pasar también por el Hema.
La última vez que estuve, salí con dos bolsas grandes llenas de cosas inútiles que me hacían recordar nuestra juventud, cuando nos podíamos permitir solo baratijas.
Comprar muchas cosas con poco dinero siempre me hace feliz.
Me importan un rábano la calidad, las marcas, la sostenibilidad.
Compro a lo loco plástico y vidrio, vestidos y faldas sintéticas que se estropean con el primer lavado, porquerías sabrosas llenas de conservantes que me engordan, me estriñen y me destrozan los dientes.
Después del Hema, he ido a almorzar. Hacía calor, el aire olía a jazmín y me he decidido por un sitio bueno, bueno de verdad.
Uno de esos lugares donde los camareros te miran por encima del hombro si pides solo un café y un botellín de agua.
He pedido de todo. He tomado lo más caro del menú: muslo de pato con judías y salsa de miel, patatas panaderas, un agua Perrier y un vino tinto, y de postre un babà de ron.
Recuerdo la cara del camarero jovenzuelo, un chaval argelino con los dientes separados, ¿qué habrá pensado de mí?
Cuarenta y ocho euros por un almuerzo. Una mujer que ni siquiera es guapa, una mujer simple con dos bolsas grandes del Hema. ¡Increíble!
Pero quiero pasar sobre todo por donde el mendigo.
Hay un hombre que pide junto a la estación; la última vez le prometí un paquete de cigarrillos y él hizo un gesto incrédulo con la mano.
Quiero ver su asombro cuando se lo dé. He empezado a detenerme más a menudo junto a la gente que vive en las estaciones de tren y que acarrea su vida en una maleta.
Pienso que alguna vez tuvieron amigos, trabajo, planes, pero han acabado con agujeros en la boca y mirada de asesino.
A Fima no le gustan y nunca les da nada.
Tanto ella como Lenuţa dicen que, si crees en Dios, si vives según su palabra, nadie te abandona en la calle como un mueble estropeado.
Yo, sin embargo, creo que, si soy buena con ellos, si les compro de vez en cuando vino y cigarrillos, me salvaré, porque algún día uno de ellos me contará qué error terrible cometió para perderlo todo.
Nunca he temido la muerte, porque la muerte te lleva, no te deja. Temo mucho más una vida en la que el dolor se convierta en tu nombre, la vergüenza se convierta en tu nombre, todo lo que te han hecho otros se convierta en tu nombre y ahí se quede. Pero primero… las deudas.
Después de abandonar la casa del Cerdo, las horas de limpieza fueron mi único medio de subsistencia.
Trabajaba con Fima en el Hormiguero y ganaba trescientos euros al mes.
Vivía de pan y leche, y si quería algo caliente, inflaba un tazón de fideos cancerígenos.
De día entraba en los grandes almacenes a tomar «muestras».
A veces ofrecían gratis yogures, galletas o trozos de pan untados con paté.