7 #3
Antoine y yo la tratamos con champús naturales, con aceites y esencias, pero no conseguimos quitárselos.
Al final tuvimos que cortarle el pelo y «ponerle venenos».
Creo que nunca he visto a Antoine tan furioso.
«Eres una miserable, una inconsciente», gritaba al teléfono mientras daba puñetazos en las paredes; estropeó una balda entera de copas.
Entonces rompió también la mesa, pero lo de la mesa no lo lamenté en absoluto, porque era de cristal y me enfriaba las manos.
La limonada está agria como la cara de Halagarda. En el vaso de Céleste, Antoine pone una cucharadita de miel, y en el mío, tres granos de pimienta rosa.
—Pruébala, Mila —me dice, chascando la lengua—, ¿notas la diferencia?
—Es ciertamente especial —le respondo con la lengua erizada, y pienso en la Fanta escondida en mi bolso y en las tres ciruelinueces. Palabras así son las que más le gustan: especial, inesperado, particular. Procuro contentarlo como buenamente puedo.
Entre otras cosas, he aprendido a fingir gracias a Haim.
«Quien te paga quiere que lo hagas todo como él, y es mejor todavía dejar que te enseñe», me dijo desde el principio, cuando Cora me sacaba de mis casillas con sus consejos sobre cómo escurrir el trapo o sacar brillo a los muebles y discutíamos cada día.
—Papá, Mila dice que, antes que acabar en una silla de ruedas, es mejor morirse. ¿A que sí, Mila?
Eso sí que no me lo esperaba. Bueno, sé de dónde salía, pero no me imaginaba que lo fuera a soltar de esa manera.
—No es exactamente así —respondo apurada—. Mila nunca ha dicho esas tonterías, Céleste. No exageres.
Antoine me mira con creciente interés y veo cómo se prepara para el ataque.
Nada le gusta más que atormentarme con todos esos ismos que él, nacido, criado y plantado en el barrio más caro de París, se sabe de memoria.
Un día, me alineó sobre la mesa un kilo de patatas y me explicó, como en la escuela, el racismo, el clasismo, el sexismo, el edadismo…
Este último, en su opinión, es el más dañino.
En fin, yo creía que eran unos cinco, pero resulta que son alrededor de quince.
Le mencioné también el comunismo y el socialismo, y no le sentó nada bien.
«El socialismo es otra cosa», me interrumpió con su cara de politólogo, como si no supiera yo que ha fracasado en todos sus estudios, incluso en los de cocinero.
«En la base del socialismo hay ideas muy buenas, pero se perdieron por el camino.»
En la base. Me daban ganas de meterle las patatas por la base.
—Yo no he dicho eso, Céleste —repito, enderezando la espalda—. Hoy he hablado en la iglesia con Virginie sobre su marido, que tiene metástasis y solo sufre, no vive. Quiere morir porque tiene dolores.
—Pero morirse es malo —dice Céleste, a punto de echarse a llorar.
—Tienes razón, ma poupette. La muerte nunca es lo mejor. ¿A que no, Mila?
—Claro, Antoine.
Me dan ganas de zarandear a Céleste. Hoy me esperaba un día más llevadero.
Después de la discusión con Haim, lo que me faltaba era otra con Antoine.
Dos gigolós que tiran del dinero de las mujeres y que me enseñan cómo vivir, cómo no bajar la guardia.
Espero que Céleste no se haya chivado de lo de las lavanderías de alfombras, aunque, al fin y al cabo, no le he enseñado nada prohibido ni pornográfico.
Si me pregunta algo, le diré que quería mostrarle lo que cuesta limpiar o algo así, que hay que respetar el trabajo de Pranika, el trabajo de la gente con menos privilegios.
Privilegiado es una palabra que a Antoine le disgusta profundamente.
Me di cuenta hace tiempo de que aquí los niños no saben mentir como mentíamos nosotros.
No son capaces de guardar un secreto, de protegerse.
Nosotros éramos un muro ante los padres, pero ellos ceden en tres segundos.
Todos temen la ley. Una vez oí a unos niños en el parque amenazándose unos a otros con la policía, con el fisco. Cada país con sus miedos.
Luego está el asunto del veganismo; me supera eso de salvar el planeta.
Nadie quiere comer carne ni tener hijos.
«La tierra está superpoblada y no necesita más gente», nos dijo Céleste una tarde, mientras comíamos biopasta con biosalsa de biotomate.
«Deberíamos pensar en cómo reducir el número, no en cómo incrementarlo.»
Me quedé boquiabierta, pero Antoine, en lugar de decirle que no hiciera caso a esas tonterías, la alabó por utilizar correctamente la palabra incrementar.
Me habría gustado preguntarle cómo pensaba ella reducir el número de personas, pero pensé que me arriesgaba a recibir una respuesta que no iba a gustarme.
«¿Y qué dice madame Dubois?», le pregunté en cambio.
Estaba convencida de que en la catequesis no podían explicarle lo mismo que en la escuela, al menos allí tiene que estar bien querer hijos.
«Madame Dubois nos ha dicho que, dentro de poco, en Francia solo quedará la gente que merezca la pena.» Al menos eso me ha quedado claro.
—Ahora viene un parfait de pistacho —anuncia Antoine, pero debe retocar algo. La nueva receta ha fallado, así que hay que esperar un momento.
Céleste salta de la silla al instante y yo la sigo contenta, antes de que Antoine me diga algo sobre limpiadores de alfombras o sobre esta última, la tontería esa de la muerte.