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—¡Ma poupette, comemos en cinco minutos! —grita él desde la cocina, y le digo a Céleste que deje de inmediato la película para no hacer esperar a su padre. Luego tendremos tiempo de hacer lo que queramos.
—Mila, ¿podemos mirar también lavanderías de alfombras? —me pregunta ella en susurros.
—Miraremos lo que queramos —susurro también yo—, pero ahora tenemos que cepillarnos las uñas.
Yo me ocupo de Céleste. Para la limpieza, Antoine cuenta con Pranika, una nepalí de cincuenta años a la que paga su madre desde que él estudiaba para actor, luego para diseñador de interiores —un poco—, después para fotógrafo y solo al final, «cuando comprendió quién era de verdad»,
el primero de los tres cursos de una prestigiosa escuela de cocina.
De ahí sus cutting boards de madera de olivo traídas de Italia, los cuchillos, los exprimidores, los hornos y los hervidores…
, aparatos como para llenar los estantes de una tienda.
Y, por supuesto, los souvenirs. En veinte años, Pranika solo se ha ausentado dos —cuando, para sorpresa de todo el mundo, Antoine trajo a casa a «la salope», la madre de Céleste—, pero regresó en cuanto él se divorció y ventiló y fregó todo.
Flis, flis, flis, Pranika anda por la casa frotando, limpiando, desinfectando.
Una diosa hindú de cien brazos, siempre dispuesta a ponerte en tu sitio.
Este trabajo me lo consiguió Fima a través de su conserje, y desde aquí llegué adonde Haim.
En definitiva, mi vida depende de estas dos familias: si no trabajara para ellas, tendría que ir corriendo a diez sitios distintos y limpiar hasta deslomarme.
Antoine me sacaba de mis casillas porque me parecía un tarado, pero lo fui conociendo y cambié de opinión.
No radicalmente, pero sí mejoró. Cuando necesité dinero para Malik, me lo dio sin que se lo pidiera, a diferencia de Haim, que se escaqueó rápidamente diciendo que el dinero lo lleva Cora.
Antoine es la única persona a la que se lo he contado todo sobre Malik.
Le hablé sobre mis más negras sospechas, con las que regresé de Lyon, sospechas que ni siquiera mi mente quiere aceptar.
«Mila, amar a alguien significa cambiar tú, no cambiar a la otra persona», me dijo entonces, pero no entendí demasiado bien a qué se refería, lo habría leído en algún folleto.
De todas formas, me dio el dinero y le estoy agradecida.
Con Céleste es fácil. La conozco desde que tenía tres años, ahora tiene nueve, nos vemos solo los lunes y los viernes y cuando me necesita él.
Los viernes, la llevo a catequesis en autobús, tres paradas hasta la iglesia, y espero dos horas mientras hablo con Fima por teléfono.
Por la tarde, volvemos a casa y tomamos una cena ligera preparada por Antoine; luego, pasamos la noche juntas.
El viernes es daddy’s night, «cuando todos los papis formales salen a pasarlo bien», nos recuerda él cada vez que sale de casa, vestido como un papagayo.
«Papá quiere encontrar una mamá buena para los dos», me dijo Céleste una noche. Sentí mucha pena por ella, porque estoy segura de que, entre todos esos papis, él no va a encontrarle una madre. Al menos no mientras viva la abuela, que lo paga todo.
Hoy tomamos tartar de langostinos sobre un lecho de cilantro, con láminas de aguacate que él nos corta directamente en el plato con uno de sus gadgets favoritos.
—¡El aguacate siempre al final! —grita Céleste levantando un dedo—. ¡Si no, se oxida!
Antoine le acaricia la coronilla y sonríe orgulloso. Hoy está más guapo que de costumbre. Se ha hecho la manicura, se ha depilado el pecho y lleva un perfume que me vuelve loca. Otro hombre que sabe preparar un aguacate, pero que no sabe follarse a una mujer.
—Mila, después de cenar, tenemos que hablar —anuncia, y me da un vuelco el corazón.
Espero que Céleste no se haya chivado de que miramos tonterías en el móvil.
Ha ocurrido dos veces, cuando vi que se aburría de sus juegos educativos, puzles y matemáticas, adivina el cuadro, adivina la melodía.
Pienso a menudo en lo desgraciada que debe de ser con un padre hogareño siempre encima de ella, con una abuela religiosa que la quiere solo a medias, solo a la mitad creada por su hijo, y con una madre que corretea por el mundo en busca de la mejor versión de sí misma.
Digo todo esto, pero en realidad admiro a Antoine.
De todas las cosas que empezó a hacer y que no terminó —estudios, una galería de arte en Le Marais, una tienda de aceites esenciales—, ser padre es la que mejor se le da.
Creo que no he conocido nunca a un hombre que cuide de su hija como él, y no hablo solo de cocinar.
Cuando Céleste tenía pesadillas, dibujaron juntos un cuadro con todos sus miedos, luego lo quemaron y «arrojaron sus cenizas al viento» para que no regresara ninguno.
Cuando ella decidió que quería ser vegetariana, se hizo vegetariano también él, y cuando quiso dejar el ballet impuesto por su abuela, él dijo «es tu elección, poupette», y no volvió a mandarla a las clases, aunque la vieja echara humo por todos los orificios.
A la madre de Céleste —una brasileña convertida a no sé qué— la he visto una sola vez, cuando la trajo de las vacaciones tres días antes de lo previsto.
Céleste tenía la espalda quemada y piojos —«nosotros no nos protegemos del sol, es fuente de vida»—, y durmió tres días como un tronco.