Cuando seas feliz, golpea tú primero 7
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El Pont des Arts fue el primer lugar que visité cuando me mudé a Francia, un ruego de mi padre.

Bueno, más una orden que un ruego, porque en su vida él solo rogó en el archivo y a los médicos.

Por lo demás, repartió órdenes y amenazas.

Sobre el Pont lo sabía todo. Quién lo construyó, cuánto costó, cómo murieron por él dos campesinos de Normandía, todo.

«Júrame que lo primero que harás será ir al puente», me pidió una tarde, después de prepararme una bandeja de empanadillas y llamarme a la mesa.

«Mila —dijo en tono grave—, en Francia hay que empezar con buen pie. Los artistas, el Panteón, eso es París, no las tonterías de las que habláis vosotros.»

Las semanas previas a venir a Francia me mudé a su casa.

Sabía que no estaba de acuerdo con mi decisión de partir, que se ponía triste de verdad cuando nos oía a los tres hablar por teléfono.

Ellos estaban ya en París y yo le había pedido a Malik que me buscara algo que hacer en Francia los primeros meses.

Me sorprendió que respondiera Ella primero.

«Cuidadora de niños, mujer de la limpieza, dog sitter…, eso es lo más fácil», dijo, y ni siquiera le tembló la voz.

Malik guardó silencio, como de costumbre, y al final añadió: «Tú ven, que no vas a morirte de hambre».

Mi padre estaba a mi lado y lo oyó todo.

«Vas allí como al matadero», me dijo aquella tarde.

Vino y se sentó en el borde del diván, el diván que me cedió a mí el último mes, su diván de siempre, que olía a alcohol y a yodo, a leche y a tila, un olor acumulado a lo largo de una vida entera, una pequeña fortuna.

En aquella cama había dormido él, al principio con mi madre; más adelante, cuando nací yo y ella dormía conmigo, solo.

Durante una temporada, avergonzado, con Nina.

Y hacia el final, cuando no distinguía ya entre el día y la noche, con su pichón.

Llevaba varios días sin afeitarse y vestía un jersey de lana de cuello vuelto, aunque era verano. Se parecía a Hemingway en la fotografía que tuvo toda la vida en su mesa y en la que había escrito a lápiz: «¡Magnífico el armenio Yousuf Karsh!».

«Mira, Mila —empezó tímidamente—, se me ha ocurrido algo que puede cambiar las cosas.»

Lo veía apurado. Aunque en casa hubiera mentido siempre, en ese momento parecía no encontrar las palabras y se frotaba las manos como si estuviera lavándose una suciedad imaginaria.

«Mi pensión es demasiado para mí y creo que deberías quedarte tú con la mitad. Eres joven y tienes gastos. Perdóname por no haberlo propuesto antes.»

Fue su último intento de retenerme a su lado. La última vez que lo vi con vida.

Una tarde, cuando regresé de la universidad, encontré en el pasillo una pila de diccionarios atados con un cordel.

Había un Larousse, un volumen de un diccionario apocalíptico rumano-francés, de Marcel Saraş, y Germinal de Émile Zola, de la Biblioteca para Todos.

Le había repetido mil veces que tenía un límite de equipaje.

¿Cómo iba a acarrear aquellos libros que pesaban cien kilos, cuando ya había empezado a renunciar a cosas esenciales?

«Los libros son cosas esenciales, Mila. No has entendido nada», me dijo, desgarrado por la tristeza.

Mi marcha lo destrozó, lo enfermó y lo convirtió en un anciano abandonado por su única hija.

No le hice caso y comprendí sus palabras mucho más adelante.

Yo solo hacía tonterías. Tenía en la cabeza la idea fija y perniciosa de que debía cambiar por completo, de que a un país nuevo tenía que ir una mujer nueva.

Me había cortado el pelo a lo chico, me lo había teñido y me había gastado casi todos mis ahorros en ropa nueva y adecuada.

Es decir, lo que pensaba yo que llevaban las francesas en París.

Recuerdo sobre todo algunos conjuntos de lencería vulgares y dos trajecitos provincianos, que aspiraban a ser deux-pièces, comprados en un mercadillo.

Mi prenda fundamental, sin embargo, era otra: un abrigo largo de lana, color burdeos, con un corte en la espalda, hecho a medida, que me costó dos sueldos de profesora.

Yo habría preferido que fuera blanco, pero no encontré lana blanca, y la modista me dijo que aquel color era más adecuado para una mujer como yo. Se llamaba «guinda podrida».

Me espanta recordar mi estupidez. Cómo pude perder no solo todo el dinero ahorrado con tanto esfuerzo, sino también la cabeza.

En lugar de pensar, como otras mujeres que se habían marchado antes, en cómo iba a ganarme la vida, en quién me ayudaría con los papeles, en cómo obtener títulos falsos de trabajadora social o de esteticista, que para tantas otras habían sido la salvación,

yo solo pensaba en las bragas que me pondría en París.

Estaba convencida de que encontraría trabajo inmediatamente.

Algo relacionado con el francés, con el ruso; tenía un máster, pensaba, tenía experiencia universitaria.

Había oído bastantes historias de éxito sobre vendedoras o antiguas trabajadoras de fábricas de tejidos que habían conseguido «arreglarse» con familias ricas de París y que ganaban más que todos sus jefes anteriores juntos.

Estaba además, por supuesto, el ejemplo de Renata, una estudiante que había ido a realizar unos cursos organizados por la Alliance Française y que se había casado con el nieto de un noble.

Barón, conde, algo así. También yo había visto la fotografía de su castillo de Charente, circuló una temporada por nuestro departamento.

Estaba claro que eso no iba a sucederme a mí, pero el hecho de que le hubiera ocurrido a Renata ya era todo un éxito.

Lo cierto es que no pensé en mí en absoluto.

Pensé en nosotros, en que estaríamos juntos de nuevo.

Nosotros tres en París. ¿Qué podía salir mal?

Al puente fui directamente desde el aeropuerto, donde me recogió Ella con su coche nuevo, un Renault Megane amarillo limón.

Estaba también Malik; callaba todo el tiempo y me sacaba de mis casillas.

Me hacía sentir culpable, como si hubiera estropeado vete a saber qué planes, aunque estaba al corriente, gracias a Ella, de que llevaban varios meses sin acostarse y de que lo consideraba un fracasado.

Por aquel entonces, Malik había empezado a trabajar en Lyon, en la obra de un marroquí, pero había venido a París solo por mí, «para estar todos juntos cuando llegues».

Nunca me contó lo difícil que había sido.

Si me lo hubiera dicho, habría estado más atenta y habría actuado deprisa antes de que se derrumbara todo.

Frédéric le había prometido también a él alojamiento y comida.

Alardeaba de tener contactos suficientes como para echarle una mano, encontrarle trabajo.

No le ayudó en absoluto. Solo una vez le propuso interceder por él en un lavadero de coches, el negocio de un amigo, y cuando Malik titubeó —no lo rechazó, solo titubeó—, el Cerdo se cabreó y le dijo que se buscara una casa, que él no tenía sitio para zánganos.

Malik fue más ingenuo que yo. Había venido a París, como descubrí más adelante, con doscientos dólares prestados y con su título de ingeniero traducido al francés en la hoja de un cuaderno.

Aquel día el puente estaba abarrotado. El ayuntamiento no había retirado los candados todavía y docenas de parejas —turistas, por supuesto— se besaban y prendían en la valla esos símbolos de eternidad.

«El desfile de los tontos», dijo Ella con maldad, aunque entonces me pareció solo un comentario elevado.

Estaba más guapa que nunca. Llevaba un vestido de lino con tirantes, pendientes de hilo de oro y un anillo con muchos diamantes al que daba vueltas sin cesar para atrapar el sol y lanzar «reflejos».

Yo quería ser como Ella. Pero tenía el aspecto de una profesora pobre del este, con el pelo corto y un rastro de tinte detrás de las orejas, y llevaba puestas unas botas con borreguito.

Pesaban demasiado como para meterlas en la maleta.

—Esto de los candados es, sin duda, una tontería —comenté yo—. El amor no es así, no es un hierro colgado del barandado de un puente, al menos no el amor verdadero.

También hablaba como una profesora, pero, mientras Ella me daba la mano, me sentía como si fuéramos dos niñas de nuevo y como si hubieran florecido los castaños detrás del cine. Cuando oyó mis palabras, Malik se deprimió del todo y se fue a comprar agua.

—Ven, quiero enseñarte algo —me susurró Ella cuando vio que él se marchaba, y empezó a empujarme por detrás, como hacía de joven cuando se impacientaba por llegar a algún sitio.

En aquel momento, debajo de nosotras pasaba un bateau-mouche en el que celebraban una fiesta de blanco—.

¡Ahí estaremos nosotras la semana que viene, tomaremos Aperol y comeremos huîtres!

—exclamó feliz, absolutamente feliz, mientras yo procuraba absorber todas aquellas imágenes y palabras nuevas.

—¿Crees que podrá venir Malik? —pregunté titubeante. Se había lamentado ya en el aeropuerto de que tenía que volver a Lyon esa noche. Debía terminar un tejado. Trabajaba como un mulo, el pobrecillo, y aquellos miserables ni siquiera le pagaban entonces un salario completo.

—¿Malik? —dijo Ella torciendo el gesto—. Malik estará en Lyon con sus constructores. ¡Vendremos nosotras solas!

En aquel instante comprendí que Malik se había equivocado.

Se había equivocado amargamente al dejar en Chisináu un mundo entero —a Dina Andreevna, que había regresado a casa enferma; su trabajo en la Politécnica; a sus amigos de verdad— y mudarse a Francia por Ella.

Fuera lo que fuese lo que había entre ellos, fuera lo que fuese lo que esperaba conseguir él, ya se había acabado.

Malik había perdido. Yo, en cambio, había ganado.

El París que yo conocía por los libros estaba, por fin, a mis pies.

Antoine trocea langostinos en la cutting board que no debo fregar, con el cuchillo que no debo tocar, objetos caros a los que lo unen algunos recuerdos.

Su cocina me recuerda a una morgue recién renovada.

Tres matices de gris, suelo de mármol, mesa y sillas de plexiglás macizo, hechas a medida.

El mes pasado cambió también el cubo de la basura.

Un huevo espacial que se abre en cuatro partes para cartón, plástico, vidrio y otros residuos.

Lo he buscado en Google Imágenes y cuesta trescientos euros.

No lo toco ni aunque me ahogue entre la basura.

La meto en el bolso y la tiro en la calle.