Cuando seas feliz, golpea tú primero 6 #2
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«Probad la confitura de tomates verdes», «impresionad a la familia con mermelada de remolacha», «servid en las fiestas un delicioso sirope de rabos de diente de león».

Estas tres son las primeras que me vienen a la cabeza.

Nina, sin embargo, afirmaba que ella no entendía «de eso», que sabía hacer «cosas sencillas, de pueblo», y vaya si las hacía, hacía verdaderas maravillas.

Mientras vivió con nosotros, nunca compramos dulces, porque siempre teníamos sobre la mesa las mejores mermeladas de frambuesa, ciruela, cereza amarga y albaricoque.

La de albaricoque, sobre todo, era su tarjeta de visita: añadía en el tarro también unas semillas tostadas en la sartén.

Los albaricoques eran la fruta preferida de mi padre.

En cierto modo, creo que eso fue lo único que ambos compartieron y en lo que encontraron un verdadero placer.

«Acompáñame, Miluţa», me llamaba ella con voz apagada, y me pedía que fuera, que fuera a cambiar el agua, a acercarle, si podía, el azúcar, que fuera sin más, para hablar como hacen las chicas, pero yo no fui jamás.

Sabía que no necesitaba mi ayuda, que lo que necesitaba era amistad; sin embargo, no le di nada, nada de lo que debería haber sido mío y de mi madre.

Durante todos aquellos años en los que vivió con nosotros, unos años en los que mi padre no salió con ella, no le compró ningún regalo y no le dijo ninguna palabra cariñosa, al menos no delante de mí, Nina hizo mermeladas y lo amó.

El primer año en famille fue el más difícil.

Fue difícil para mi padre. Fue difícil para mí.

Fue difícil para Nina. Él, como era de esperar, fue el primero en adaptarse.

Después de volver del viaje y de dedicarle a Isai todas las metáforas que se le ocurrieron, mi padre se ocupó de asuntos más delicados.

No sé qué clase de relación le había prometido a Nina para convencerla de que se viniera a vivir con nosotros, pero los arreglos nocturnos no pintaban nada bien para ella.

Nuestro estudio, que recibía el nombre oficial de «apartamento separado», estaba de todo menos separado, o tal vez solo lo estaba del resto del mundo.

Nos había costado mucho meter el diván de mi padre y una cama plegable para niños con los bordes arrancados para que me cupieran las piernas, además de una mesita en la que colocamos el televisor.

Por lo demás, cada espacio libre de la casa se había llenado inmediatamente de libros, diccionarios y toda clase de papeles que trajo él de la residencia para familias, y hasta allí desde el Dombás, y al Dombás desde Chernivtsí, donde había estudiado,

aunque de todas formas no se había librado de la pobreza y había tenido que deslomarse trabajando en la mina.

Sitio para Nina, evidentemente, no había.

Y tampoco deseo. «Dormiremos en función de las necesidades», nos dijo él la primera noche, con la voz de un hombre que parecía saber lo que decía.

Pero yo, acostumbrada a sus disparates, veía que hablaba por no callar.

En resumen, su plan era que los tres durmiéramos «donde nos entrara el sueño».

Nina, con un confort máximo, en su diván descacharrado, donde se acostaría él alguna vez, cuando no estuviera de viaje.

De todas formas, ella no debía esperarlo «en ningún caso», tenía que descansar a sus anchas.

Yo, como había dormido hasta entonces: en la cama para niños con los bordes retirados, «teniendo en cuenta que ya no estaba sola en casa».

Animado por la situación —dos mujeres escuchándolo con atención—, mi padre sacó toda la amargura acumulada en los últimos años con mi madre, en la redacción, con sus amigos escritores, algunos de los cuales habían empezado ya a gozar de cierto éxito y de cierta fortuna.

Que no lo dejáramos en ridículo ni lo tomáramos por tonto.

Que viviéramos con modestia y sin excesos.

Que no nos despendoláramos —«es lo más asqueroso que puede hacer una mujer»—, y que no saliera nadie de casa con el culo al aire o enseñándolo todo.

Él se refería, por supuesto, a Malik y a mí, pero Nina, pobrecilla, sin saber de qué hablaba, pensó que las palabras iban dirigidas a ella.

Vi cómo se ruborizaba, estaba a punto de echarse a llorar.

No la conocía demasiado bien, pero habíamos vivido unos días juntas antes de que llegara él.

Había visto sus batitas, sus bragas y sus sujetadores.

El desmadre, en su caso, era un temor infundado.

No sé si se cansó de sermonearnos o si se dio cuenta de que se había pasado de rosca, pero después mi padre intentó arreglarlo diciendo que teníamos entradas para el teatro al día siguiente, y luego, más generoso aún, nos anunció que durante «una temporada» se instalaría «en el pasillo,

en un colchón», para que nosotras nos acostumbráramos la una a la otra.

Si Nina no se marchó fue gracias a mí. «Me caías muy bien. Se veía que sufrías, y no tenías ningún vestido bonito, solo libros.» Mi querida Nina.

Desde aquí arriba mi vida se ve claramente casi hasta el final.

En una orilla, las cosas que han sucedido; en la otra, las que no van a suceder.

Rive Gauche, Rive Droite, ya habéis oído hablar de ello.

Cada viernes, antes de recoger a Céleste en la escuela, me detengo en el puente y pienso en nosotros tres.

¿Qué hemos ganado al venir aquí? Malik, nada.

Yo, nada. De ingeniero y profesora hemos pasado a guardián y cuidadora.

Ella al menos tiene a Marta. De hecho, no: Ella lo tiene todo.

Eso no nos lo dijo nadie entonces. Dinero, perseguid el dinero, niños.

De todos los inmigrantes que he conocido en París, los más felices son los que vinieron aquí por dinero.

Contemplo los barcos, las gaviotas, los edificios.

Ahí está la torre Eiffel, vigilando incansable la ciudad con su ojo reptiliano.

Ahí Notre-Dame, rejuvenecida y escondida entre los árboles.

Aunque no se vea bien la entrada, sé que aquel es el Louvre, dándole la mano al jardín de las Tullerías, donde tantas veces he soñado sentada en una silla metálica, junto al estanque.

Y más allá, el Musée de l’Orangerie, con los gigantescos nenúfares de Monet.

Me pasé un día entero ante los nenúfares.

Cómo me habría gustado que mi padre estuviera conmigo, sentarnos los dos en el banquito del centro de la sala y dejarnos abrumar por su belleza.

Yo le habría preguntado en broma si los nenúfares no son lotos, y él se habría enfadado y me habría dicho: «¿Cómo van a ser lotos, Mila? Los nenúfares son nenúfares, ¿es que no lees nada?»

. Y luego habría añadido que el nombre de Victoria procede de los nenúfares, no de las guerras, como creen algunos, y que él quiso llamarme Victoria pero mi madre se opuso.

Creo que no me habría gustado llamarme Victoria, pero me habría encantado pasear de la mano de mi padre por París.

En el lado izquierdo, mi lado izquierdo, no el de la ciudad, hay más lugares míos.

El árbol-padre de la plaza Viviani. El Musée d’Orsay con los cuadros más bellos pintados jamás y el reloj-cafetería, donde me siento a tomar el pastel de frambuesa más delicioso del mundo.

Haim. Si estuviera en mis manos, me quedaría a vivir junto a las Amapolas o junto al Tiovivo, o al menos junto a la Noche estrellada, que no se acaba nunca.

Haim dice que París nunca será mía porque en ella yo no veo brillo, sino problemas.

Pero ¿de qué otra manera puede llamarse una ciudad en la que te despiertas cada mañana y puedes adivinar la hora según la luz?

Tal vez París no sea solo mía, pero con toda seguridad es también mía.

Esta ciudad vieja e imponente, en la que dormimos en círculos, trabajamos en círculos, amamos en círculos.

En la que vivimos como en el vientre de un reloj oxidado.