Cuando seas feliz, golpea tú primero 6
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Cuando volvió de Deauville, Cora guardó silencio durante un par de días; luego me preguntó sin paños calientes: «Mila, ¿has vuelto a beber? Tienes una pinta horrible, nunca te había visto así».

Entonces me inventé la historia de mis problemas femeninos y del deseo de ser madre.

Le dije que quería un hijo y que estaba siguiendo un tratamiento que me hinchaba y que me producía dolores de cabeza.

«Voy a tener que faltar de vez en cuando», le dije como de pasada, orgullosa por que se me hubiera ocurrido de repente una mentira tan acertada.

No sé si me creyó del todo, pero desde entonces empezó a portarse conmigo de otra manera.

Una tarde, cuando terminó de seleccionar su ropa de verano, separó un vestido ancho.

Otro día me dio un aceite que le había traído la marroquí y me dijo que era bueno para las estrías.

A Haim le conté la verdad, pero me arrepentí.

«No hacía falta llevarlo tan lejos», dijo en tono seco.

Parecía sinceramente decepcionado conmigo.

Me dolió, lo reconozco. Después de todas nuestras confidencias, después de todas las horas en las que lo había escuchado maldecirla, preguntándose cómo habría sido su vida sin ella, ¿cómo podía ponerse de su parte?

¿Qué crimen había cometido yo que le pareciera tan grave?

¿Mentirle al decir que quería un hijo y que me tomaría algún día libre?

Tal vez desee de verdad un hijo, tal vez no fuera exactamente una mentira. ¿Qué sabrá él?

Al cabo de unos días, me pidió disculpas.

Admitió que había exagerado, que debería haberse mostrado más atento con mis «sentimientos», que se trataba, al fin y al cabo, de «una cuestión femenina».

Luego soltó todo un discurso sobre lo poco que le gustaba que mintiera o que dijera tacos; la idea de que pueda volverme algún día como Fima, vulgar e inculta, lo espanta.

Un cagón, vaya. Como Malik en su época. Como mi padre en su relación con Nina.

Como todos los hombres egoístas cuando tienen que elegir abiertamente entre dos mujeres.

Aquella tarde me planteé abandonarlos. Ahora que tengo casa, sé que me las apañaría con menos dinero.

Tengo a Antoine, pasearía otro par de perros, unas horas de interina, así tendría también tiempo para hacer algunos cursos.

Empecé a darle vueltas en la cabeza a esa idea hasta que llegó a parecerme buena.

En cierto modo, podría ser mi forma de salir de todo, de mi vida como criada, de mi espera miserable a que muera Cora, de la mentira de que podría vivir con un ciego.

Por la mañana, sin embargo, me levanté con otra disposición. Haim era mío.

En mis noches de insomnio, cuando hurgo en mi cabeza como en la maleta vieja de mi padre, se me aparece Nina cada vez más a menudo.

Nina avergonzada por no haber oído hablar de Baudelaire.

Nina retirando la comida fría de la mesa.

Nina acariciando en el armario los vestidos que me ha hecho y que no me he puesto jamás.

Nina llorando, Nina esperando, Nina marchándose…

, un cómic de la infelicidad. Su llegada no fue el intento de mi padre por rehacer su vida, como creyeron los vecinos, sino el desafío de Nina.

Después del fracaso en mis intentos por conseguir que Malik regresara, y de que Roza nos pillara desnudos en la bañera, mi padre empezó a buscar una mujer.

No creo que en principio le faltaran mujeres, pero pocas de aquellas con las que se acostaba eran adecuadas para el papel de madrastra.

Intentó muchas veces atraerme a su juego.

Llegaba a casa fingiendo alegría, como con las ciruelinueces, y me hablaba de «una mujer con potencial», «una mujer con talento para llevar una casa», «una ilustradora muy buena, criadora de abejas», y me preguntaba si quería conocer a alguna de ellas.

Yo no quería, por supuesto, «tal vez más adelante», decía él, «nunca», respondía yo, y así hasta que él se encerraba en la cocina y yo, en mi cabeza, le deseaba la muerte.

Todas eran mujeres honradas, bibliotecarias o enfermeras.

Conoció también a una asistente de laboratorio, Elvira.

Elvira trabajaba en un invernadero, y a él siempre le había gustado el calorcito.

Estuvo después con una maestra e incluso con una escritora.

Algunas vivían en Chisináu o en sus alrededores, a otras las conocía en sus viajes por los pueblos de Moldavia.

La que más le gustó fue una cantante de música popular, una mujer realmente guapa, me la enseñó en la tele.

«¡Mira qué traje lleva, una catrinţa[25] auténtica!»

Hoy pienso que mi padre y ella encajaban, y que, si se hubieran casado, yo habría tenido una vida muy diferente.

El problema era que la cantante no quería niños, y mi padre no quería renunciar a mí.

Tampoco el arreglo que propuso ella —enviarme al pueblo y recogerme solo en vacaciones— le pareció aceptable.

Una sola vez lo vi interesado de verdad en alguien: cuando conoció a Mioara, una investigadora de Bucarest que había llegado a Chisináu con un programa de intercambio.

Después de dos meses en los que estuvo saliendo con ella a restaurantes y saunas, fuimos los tres a una cafetería.

No a esa donde se reunía él con sus borrachuzos, por supuesto; a otra, una lujosa, pero aquella cita fue un desastre.

Yo hablé como una estúpida, intentando impresionarla con mi rumano afectado.

«¿Qué aficiones tienes, Mila?», me preguntó, hastiada.

«Me gusta estudiar diccionarios, pasear…»

, respondí yo. ¿Qué le iba a decir, que quería hacerlo con Malik?

Me agobiaba no sentirme segura de mí misma, de las palabras, de las expresiones.

Recuerdo que en un momento determinado dije «grandioso» o «requetebonito», las dos palabras favoritas de mi padre, y ella se rio como una idiota y dijo: «¡Adorable, adorable!» .

Me daban ganas de asesinar a mi padre. Se comportó como un miserable, pidió a lo tonto unos pasteles que ella ni se dignó a tocar, le compró flores mustias a una mendiga y le revolvió el azúcar del café con una cucharilla como si estuviera inválida.

Yo estaba tan avergonzada de él, de nosotros, que hubo un momento en que, por los nervios, me eché a reír a carcajadas y solo paré cuando él me mandó al baño para que me tranquilizara.

En fin, la cosa tampoco funcionó con Mioriţa, y después de esa cita nosotros dos dejamos de hablar sobre una «posible familia».

Sabía, por supuesto, que él salía con mujeres, porque esos días se vestía con más esmero, se ponía los gemelos morados y cogía dinero de nuestra reserva para las emergencias.

Por la noche, sin embargo, cuando lo veía regresar más cansado que cuando había salido, me quedaba claro que nada iba a cambiar.

Cuando Nina entró en nuestra casa, era primavera y estaba lloviendo.

Mi padre tuvo que salir de viaje en el último momento y quedó con el chófer de la redacción —un hombre llamado Isai, al que todos llamaban Davai—[26] para que la recogiera en la estación de autobuses y la llevara hasta nuestro patio.

La esperé dos horas en la calle, hasta que se me empaparon las zapatillas.

Estaba convencida de que se había equivocado de dirección o de que el autobús se había retrasado, pero en mi cabeza esperaba que hubiera tenido un accidente y que no llegara jamás.

En aquella época le deseaba la muerte a todo el mundo.

En la escuela bastaba con que alguien me molestara o cogiera mi regla por error para que le gritara al instante que se muriera, que se muriera ya.

Había días en los que me imaginaba que toda la gente que me había enfurecido alguna vez estaba muerta.

Roza, también ella murió varias veces, siempre entre suplicios.

Con vida quedaban tan solo mi padre, Malik, los animales; todos los seres de la Tierra se sometían a mí sin rechistar.

Mi padre me oyó un par de veces por casa deseándole la muerte a alguien, pero no le importó.

Mientras hablara un rumano correcto y utilizara palabras ingeniosas, no había ningún problema.

Me dirigía ya para casa cuando oí en el patio vecino «davai, davai, davai», y entonces distinguí entre los árboles a Isai, que azuzaba a Nina para que se retirara del camino y así poder marcharse.

La odiaba desde antes de su llegada, pero en el momento en que la vi, la odié todavía más.

Sabía que no era lista, pero tampoco era guapa, ni elegante: no era nada, y aquella nada iba a sustituir a mi madre.

Isai se largó pitando, aunque mi padre nos dijo luego que había pagado a aquel «desgraciado» para que nos ayudara con el equipaje.

Así que nosotras dos acarreamos, en primer lugar, un espejo con marco de cerezo; luego las cortinas, los manteles y las sábanas.

La máquina de coser y su ropa las llevó sola, y con los tarros nos ayudó un vecino.

Nina vino con treinta tarros para mermelada.

Muchos años después, cuando recordamos juntas ese día, admitió que fue su humillación más grande.

Mi padre le había prometido que la llevaría a la ciudad en un Volga blanco, que lo celebraríamos los tres en un restaurante e iríamos por la tarde al teatro.

Estuvo esperándolo en la puerta con todos los bultos amontonados hasta que vino la practicante a comunicarle que el fotógrafo no vendría, que tomara ella sola el autobús, y a darle el resto de las instrucciones.

«Pensé en quedarme en casa, pero sentí pena por ti, Miluţa. Sabía que me estabas esperando», me dijo.

Era una mujer soltera y pálida, hija de veterinarios, apasionada por la costura y por el teatro radiofónico.

Mi padre la sacó del pueblo recitándole unos poemas con los títulos cambiados, igual que Malik y yo sacábamos las arañas de la tierra con pan mojado en leche.

No la amó ni un solo día, pero necesitaba a alguien que me criara y, de todas las mujeres que le habían prometido seguirlo hasta el fin del mundo, solo ella aceptó mudarse a Chisináu.

Ahora que lo pienso, conservo de ella un solo recuerdo luminoso: Nina haciendo mermelada en la cocina.

Una mujer dulce, rodeada de montones de fruta con los que hablaba como si fueran sus hijos.

Nunca seguía recetas como las mujeres de ciudad; lo hacía todo a mano y a ojo, y no le interesaba probar nada nuevo.

Había aparecido, no sé de dónde, una moda de mermeladas refinadas y siropes, páginas enteras en revistas para amas de casa.