Cuando seas feliz, golpea tú primero 5 #3
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Me dijeron que empecé a dar golpes. Me lo creo, pero una ventana no es un vientre, no le duele, así que el problema, el único problema, de hecho, fue que me eché a llorar, porque aquí, en esta ciudad de estirados, lloras no cuando robas o matas,

no cuando quemas coches ajenos y ocupas las casas de otros, aquí lloras solo cuando eres culpable de verdad.

«¿Por qué llora, señora, dónde vive, señora, qué lleva en esta bolsa, señora?»

, y, cuando la lengua comenzó a descongelarse y a gotear sangre en el andén, «dé un paso atrás, señora», ese fue el segundo error.

Si entonces no perdí la cabeza, fue gracias a Onorica.

Debería llamarla algún día para ver qué tal está.

Después de lo de la policía, vine a casa, cogí el dinero que guardaba para las pestañas postizas y compré alcohol.

Tenía ciento y pico euros y me los gasté en unos pocos minutos en vino, en vodka, en licor.

Luego me di cuenta de que había también un par de botellas de ron, que yo no bebo, pero entonces sí que me las bebí.

Recuerdo cómo acarreé a casa toda mi alegría en una bolsa de rafia que me cortaba los dedos y cómo me miraba la gente y sonreía educadamente, creyendo que me estaba preparando para una fiesta.

«Alguien no va a dormir esta noche —pensaban seguramente—, pobres vecinos», y yo pensaba en cómo iba a mandar a la mierda a los médicos, a Haim y a la tonta de su mujer, que no me llevó a Deauville, a Ella y al Cerdo, a todos, y en que iba a beber hasta reventar.

Durante tres días no salí de casa. Bebí hasta perder la noción de dónde estaba.

Hubo un momento en que tenía tanta hambre que empecé a comer cebolla cruda.

Como si fuera una manzana. Luego me acordé de la lengua que se había quedado en la bolsa, la lavé para quitarle la sangre y la cocí un poco, pero ni de lejos lo necesario.

Era larga como una mano humana, tenía un aspecto horrible.

La mordí como un trozo de pan. Seguí bebiendo hasta que me meé encima, y me desperté en un charco de vómito.

Cuando paré, escribí a Fima y a Lenuţa. Les pregunté si querían dar una vuelta, pero estaban ocupadas, así que me lavé, salí al parque junto al bloque y me senté en un banco.

Hacía fresco, o al menos eso me pareció a mí entonces.

Temblaba y los veía a los dos por todas partes, en las flores, en los pájaros, juntos o solos, o en los cuerpos de los perros que pasaban a mi lado.

Me levantaba para acariciarlos sin pensar en las consecuencias.

Una mujer que había salido a correr se detuvo y me preguntó si me encontraba bien, si necesitaba ayuda, y yo, no sé por qué, le respondí en rumano que echaba de menos a Donna, y entonces ella siguió corriendo.

De todas formas, al menos se había detenido, y su gesto, del que hablé más adelante en terapia, me animó en aquel momento.

Al día siguiente fui al médico y le pedí que me cambiara el tratamiento.

Él no se opuso. Le dije que quería algo más fuerte, algo que me hiciera no sentir nada, no querer nada.

Entonces descubrí que aturdirse es fácil; lo difícil es volver a sentir algo.

Me alegró que no me hiciera demasiadas preguntas, solo qué me había llevado a recaer en la bebida después de «haber progresado tanto».

Le respondí que había tenido algunos problemas en el trabajo y él anotó algo en el ordenador.

Luego me mandó a examinarme la vista, a hacerme una resonancia magnética, un LCR —un desfile de letras que no me decían nada—, análisis de orina y de sangre, pruebas del corazón.

La mujer que me colocó los cables era una enfermera de Râşnov y, cuando vio mi nombre en la ficha, me preguntó en francés si era rumana.

Yo le pregunté por qué no me lo preguntaba en rumano si pensaba que era rumana, y ella dijo que no era su intención ofenderme en el caso de que no lo fuera.

«¡Parece el monte Omu!»,[24] exclamó cuando me entregó el electrocardiograma, y yo me eché a llorar y no paré ni cuando me trajo agua ni cuando me preguntó si quería que llamara a alguien con mi teléfono y se asombró al comprobar los pocos números que tenía.

Pensé en cuánto le habría gustado a mi padre saber que mi corazón era como la cima de una montaña, de una montaña llamada «persona».

Además, la enfermera se llamaba Onorica y eso también le habría gustado.

«¡Qué nombre tan grandioso!», habría dicho él. «¡Qué nombre tan grandioso, Onorica!»

Me quedé con ella un rato más y me habló de sus hijos, uno en Cluj, el otro aquí; de su trabajo, donde se sentía a gusto; de la suerte que tuvo con el título y con todo lo demás, y de que no había sufrido tanto como otras compañeras que vinieron en los primeros años.

Onorica había tenido suerte en la vida con todo: con su marido, con sus hijos, con la casa rodeada de abetos; «estaba muy bien, aunque ganaba poco».

Eso le habían enseñado sus padres y sus abuelos, a alegrarse de todo lo que la vida le daba y a dar gracias a Dios por todo lo bueno.

«Y tú tienes que hacer lo mismo», me dijo cuando nos despedimos, y esperó hasta que anoté «Onorica, enfermera», y la llamé para que también ella anotara mi número, «Mila Omu».

Salí de la consulta con los ojos enrojecidos y las manos temblorosas, como si hubiera recibido una noticia trágica, aplastada por la normalidad de Onorica y sintiéndome, por primera vez en todos estos años, verdaderamente enferma.