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Pero más que nada quería beber y olvidarme de todo, al menos hasta ese instante de mi vida, el primero, en el que mi padre dijo, seguramente, «voy a lavarme», y mi madre no dijo nada, pero pensó «te ruego que seas un niño, que seas un niño y que te llames Mihai o Nichita, en ningún caso Iosif, niña,
te ruego que seas un niño».
Echaba de menos a nosotros tres. A nosotros dos.
A nosotras dos. Esa nostalgia que te asalta solo cuando te ronda la muerte y que conozco muy bien, la nostalgia de las pequeñeces, la nostalgia de las cicatrices.
Así que pasé de los médicos, me bebí dos botellas de vino blanco, vi películas toda la noche y, por la mañana, me dejé arrastrar por la ola.
He revivido ese domingo cientos de veces, cada minuto y cada segundo, pero ni siquiera hoy comprendo dónde me equivoqué y qué otra cosa podría haber hecho.
Por la mañana, me desperté a las cinco, saqué la lengua del congelador y la envolví en una sola bolsa, creo que ese fue el primer error.
Las botellas las metí primero en dos calcetines de lana, luego las sujeté con una bufanda.
«Atadas no se rompen ni te amoratan las piernas», me enseñó Fima hace mucho, y desde entonces así lo hago.
Fima siempre da buenos consejos sobre las cosas que hay que transportar o frotar, incluso aunque no sean sus cosas ni las de sus conocidos.
La víspera había preparado las medias y un vestido.
No el de los crisantemos, en ese ya no quepo después de lo del hospital.
Uno amarillo y brillante que la mujer de Haim, por lo que le costó desprenderse de él, debió de arrancarse de un pulmón o algo así.
Un geste de gentillesse por haber alimentado a sus peces durante un verano entero sin que muriera ninguno.
Por lo de Haim nunca ha tenido ningún gesto de agradecimiento.
Sin embargo, esa noche pensé que quizá debería ponerme algo más sencillo, para que no dijera que me había esforzado, aunque acarrear por todo París una lengua de vaca congelada no deja de ser un esfuerzo, y Ella no nació ayer.
Me costó abrocharme los vaqueros y sentí al momento cómo se me metían por el culo.
Supe, sin mirarme en el espejo, que se me rozaban los muslos.
Había empezado a parecerme a las mujeres que me habían desagradado toda la vida.
El ajetreo por casa me llevó una media hora; el camino hasta la estación, otros veinte minutos.
Cuando llegué, irritada y bañada en sudor, los castores ya habían salido a la orilla a comer.
Entonces, justo entonces, debería haber regresado a casa.
Sacar las cintas del armario y llorar. Beber todavía más, llorar todavía más fuerte, concederme tres minutos para no decir que no había sido tierna conmigo misma, y luego arrastrarme al baño, meterme dos dedos hasta la garganta y dejar allí otra vez la desgracia.
No habría sido la primera vez, pero algo ha cambiado en mí, desde hace unos meses algo ha cambiado en mí, y esa mañana lo comprendí definitivamente.
Me imaginé que en unos minutos tomaría el primer autobús, que me golpearía en la cara el olor a plástico acumulado durante la noche, que me instalaría en el último asiento, que cerraría los ojos y disfrutaría, por fin, de una hora de tranquilidad.
Me gusta que los lugares huelan a cosas, no a personas.
Me gustaba ser la primera en algún sitio.
En el autobús había dos pasajeros más, un perro y su dueño, que iban a visitar a un amigo que se había mudado a los bloques junto al lago.
Un amigo pobre, pensé sin querer; alguien con dinero no se iría a vivir a un agujero como el nuestro.
Pero, a diferencia del conductor, no me apetecía nada escuchar otra historia de mierda.
Los viejos se quejan siempre de los mismos males —enfermedades, injusticias—; los pobres también, solo que al revés.
Aun así, no me quedaba otra opción. El ruso empezó a hablar y no paró.
Cuando le vi las botas de ante, supe que nos ahogaríamos en su palabrerío: todos los hombres que calzan ante son impotentes y hablan mucho para compensarlo.
Una esposa rica muerta de improviso, una nieta en Besançon abogada y lista, «esa juventud insaciable, esas mujeres pobres de cuello largo, que lo quieren todo y lo quieren ya, sin esperar, sin partirse el espinazo».
«Así es, así es», rio el chófer, y me lanzó una mirada interrogante en el espejo. Yo, por ejemplo, decía aquella mirada de pajillero, una mujer pobre en la que se veían todos los huesos rotos, un cuello corto e indeseable, ¿qué tenía yo que decir?
El perro se me acercó un par de veces, creo que olió la lengua o tal vez le interesara yo, pero cuando alargué la mano para acariciarlo, el hombre tiró con fuerza de la cadena y el animal se tumbó dócil entre sus piernas.
Tenía las patas y la barriga todavía húmedas del jabón en el que había chapoteado antes y olía vagamente a flores.
Eso me hizo acordarme de Donna, de su hocico suave, de su cuello ancho que se llenó de veneno.
Recordé los veranos con Ella, ahogadas en gladiolos; «flores de muerto, los adornos de los muertos pobres», decía Roza, pero a nosotras nos gustaban.
Nos hacíamos con ellos uñas, broches y coronas, nos cubríamos los pezones con un pétalo de gladiolo y jurábamos que nos casaríamos solo con almirantes o pilotos, con alpinistas o especialistas de cine, con ladrones, con criminales, con hombres de verdad, en una palabra,
no con ginecólogos y contables, con los que nos decía Roza que debía casarse una chica.
Ocurrió, sin embargo ocurrió, cuando estaba casi convencida de que me había librado y de que la idea de Haim de viajar temprano había funcionado.
Eso tendré que hacer cada vez, pensé; pero más adelante, en el tren, entró un anciana con una escalera plegable al hombro y comprendí que era mentira, todo era mentira.
La escalera y la vejez, la mañana y el perro, pero sobre todo la convicción de que tenía que ir allí a enfrentarme a Ella.
Sé que empecé a gritar. Los más difíciles son los primeros segundos, cuando la mente se esfuerza por separar la realidad de la imaginación, cuando tiene lugar la lucha entre lo que ves y lo que crees ver.