Cuando seas feliz, golpea tú primero 5
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Me gusta mirarlos mientras hago cosas por la casa, por nuestra casa.

Algunos días me veo como esposa de Haim; otros, como hija de Cora.

Así puedo seguir tendiendo puentes, entre flodni: unas veces como una solterona; otras, como una mujer deseada que algún día lo tendrá todo.

Antoine me dio la idea sin querer, por supuesto, como lo hace todo en la vida.

Sin querer. «Céleste ya no duerme con pijama y me pide manzanas verdes todos los días. Has puesto nuestra casa patas arriba», me dijo en broma, pero entonces se me ocurrió que yo también podría poner otra casa patas arriba.

Poco a poco reorganicé la cocina, «para que le resulte más fácil a Haim».

Cambié sus productos de limpieza por otros naturales.

Les cambié incluso las plantas del balcón.

Cuando empecé a trabajar aquí, tenían solo geranios, y yo no los soporto; ahora tienen jacintos y crisantemos, las flores favoritas de mi padre.

Es cierto que florecen solo en primavera y otoño, en verano je m’en fous.

Haim es grande y mucho, ella es bajita y poca.

Él está todo el tiempo en su habitación, en pijama, escuchando música o audiolibros, repartiendo en montoncitos el hachís y liando cigarrillos.

Ella vive en su sofá verde, leyendo revistas femeninas y limándose las uñas, o cotilleando al teléfono, vestida siempre como para una cita.

Cuando están en habitaciones distintas, parecen dos desconocidos que comparten el mismo apartamento para que les salga más barata la calefacción.

Hay, sin embargo, momentos en que los dos coinciden.

En la cocina, donde ella prepara un café, o en el balcón, adonde salen los dos a fumar. Entonces recuerdo que son una familia.

Él no ha cambiado demasiado desde que era joven.

Sigue siendo un hombre guapo, aunque esté «reparado» aquí y allá.

Tiene dentadura postiza y, por supuesto, no ve.

Pero, como no lleva gafas y conoce perfectamente el barrio, pocos se dan cuenta de que está ciego.

Ella, por su parte, no creo que fuera guapa ni de joven, pero, por las fotografías que me obliga a desempolvar cada semana, puedo entender por qué la eligió.

En todas sonríe y aparece vestida como una diva.

Un mar de joyas, relojes, diademas, ropa colorida y, seguramente, cara.

Seda como para volver deslumbrante incluso a una lombriz.

Y, por supuesto, dinero. Tal vez no mucho para un francés, pero suficiente como para retener a un judío llegado de Budapest para construir puentes.

Nunca olvidaré el día en que entré por primera vez en su casa.

Me recomendó la madre de Antoine; yo había empezado a cuidar de Céleste y le gusté a su abuela, que conoce a Cora desde su juventud.

Dos malcriadas que han atraído a hombres buenos porque tenían «algo más», y no hablo de personalidad.

«Mi marido necesita una acompañante discreta», me dijo Cora entonces.

«No ve bien, pero no se trata solo de eso. ¿Puedo contar con tu discreción, Pila?»

«Mila», le respondí yo. «Me llamo Mila y, sí, puedo ser discreta si llegamos a un acuerdo.»

A veces me pregunto si podría acostarme con él o si una diferencia de veinte años es demasiado incluso para mí.

Creo que podría. Seguiría paseándolo por los puentes, le liaría los cigarrillos.

Me trasladaría en primer lugar a la habitación de arriba, donde ya he estado; luego a la de abajo, la de los invitados.

Le prepararía más a menudo sopas e infusiones, le pondría compresas y le daría masajes, y una noche, después de tomarme una botella de vino, entraría en su habitación y me quedaría allí.

No creo que espere gran cosa de una mujer.

Una historia y algo con la boca, a lo que, seguramente, ella lo ha acostumbrado todos estos años.

Y un sábado, tendría que ser necesariamente un sábado, cogería su capazo favorito e iría al mercado, a ese mercado caro, donde me gastaría todo el dinero en manzanas verdes y mandaría a Halagarda a tomar por culo.

Por la tarde tengo a los perros, y ellos me tienen a mí.

En Chisináu, evitaba a los mastines. Nina me dijo una vez que no hay muerte peor que ser descuartizado por un perro rabioso; sin embargo, cuando crecí y conocí a la gente, ese miedo palideció ante la realidad.

Cuando éramos pequeños, la gente no solía tener perro en casa.

A nosotros nos habría encantado, por supuesto, no hay niño que no les haya pedido a sus padres un cachorro, pero muy pocos cedían.

Su generación, llegada a la ciudad desde el pueblo, aunque aprendió a llevar corbata y ligas, se guiaba todavía por las leyes de la tierra.

Además del pelo y del olor, argumentos invocados por las amas de casa, estaba también el convencimiento de que un perro criado en un edificio solo podía ser un animal atormentado, algo que con el tiempo acaba irremediablemente en rebeldía, en cuellos arrancados y en dedos roídos hasta el hueso.

En la escuela también nos enseñaban cosas sobre los perros, pero de una manera muy distinta a la de ahora, que se han convertido en un accesorio y un certificado de bondad, más que un amigo.

Si tienes perro, significa que te implicas, que eres buena persona.

Conozco a varias mujeres adineradas que vienen donde la esposa de Haim a tomar café, y todas odian a las personas.

Odian con un odio visceral a los pobres, a los gordos, a los enfermos, a los mendigos.

Los consideran despojos de la tierra, sucios dilapidadores de recursos.

Ninguna tiene hijos o, si los tiene, no mantiene relación con ellos.

Sin embargo, todas tienen perro. No las juzgo.

Es decir, sí las juzgo, pero a mí tampoco me gustan las personas.

Seguramente nuestras diferencias no son grandes y se basan tan solo en la clase de gente a la que odiamos.

No digo que nosotros fuéramos mejores. Solo digo que, para nosotros, los perros no eran inferiores a las personas, pero tampoco superiores.

En las clases de literatura leí con placer Mumú, de Turguénev, y el libro de Troepolsky, Bim, oreja negra, me hizo llorar a moco tendido.

El año en que estrenaron la película, los cachorros blancos con orejas negras llegaron a costar en los pueblos de Moldavia lo mismo que una cabra.

Mi padre, por supuesto, despreciaba esos libros, libros de relleno, y me dijo que, si me interesaba tanto «ese animal», mejor leyera Colmillo blanco de Jack London y Corazón de perro de Bulgákov, pero no antes de entender lo que leía.

Así pues, una infancia sin perros. La mayoría de los urbanitas se conformaban con gatos, peces o cobayas, otros se aficionaban a los periquitos o a las tortugas, y los más raros criaban lagartos o incluso serpientes.

Un chico del patio de al lado tenía una iguana.

Su padre, que era piloto militar, se la había traído de Cuba.

Se llamaba Che Guevara. Al principio, el bicho comía solo fruta y verdura.

La madre del muchacho recorría todas las tiendas del barrio y pedía a las vendedoras que le regalaran perejil mustio o manzanas agusanadas.

Las buenas eran bastante caras en la ciudad.

Sin embargo, con el paso del tiempo, Che Guevara aprendió a comer como los moldavos, y engullía con apetito mămăliga, borş,[23] chicharrones, todo lo que sobraba de la comida familiar.

En París atiendo a dos bulldogs; tengo que pasearlos dos horas, luego llevarlos de vuelta a casa, lavarlos, darles de comer, limpiarles la nariz y las orejas y prepararlos para recibir el amor de sus dueños.

Cuando vi que eran bulldogs, rechacé el trabajo.

Hasta entonces había cuidado de un labrador y de un caniche; los bulldogs me parecían feísimos con sus caras arrugadas y sus traseros siempre húmedos y remolones, pero los dueños, al ver que dudaba, me propusieron pagarme mejor.

Son dos familias agradables que viven en el mismo edificio y que, en principio, compraron a los perros por los niños.

Pero estos crecieron, se marcharon a estudiar y los dejaron a cargo de sus padres, a los que les quedan todavía diez años para jubilarse y ni pizca de ganas de cuidar de los chuchos.

Habría podido cederlos en adopción, me dijo uno de ellos, pero le dio pena.

Además, su hija lo amenazó con que no volvería en vacaciones si Max no estaba en casa.

En Francia se llega lejos con el amor, pero todavía más lejos con la culpa.

Me acostumbré a ellos enseguida, sobre todo porque, en cierto sentido, vi que nos parecíamos.

Son lentos y torpones, no les gusta moverse, pero les gusta comer hasta reventar.

Les dan miedo el frío y las alturas, y cuando se aburren, sienten un cosquilleo en el trasero y hacen tonterías.

El año pasado, la hembra enfermó de artrosis y, en cuanto me ve, quiere subirse a mis brazos.

Me mira mimosa con su cara fea, se frota contra mis piernas, me lame las manos.

Me lanza, como ahora, una sonrisa perdida.

Qué bien la entiendo. Cómo nos gustaría a las dos que nos llevaran en brazos como a otras.

En casa los llaman Max y Chaussette; yo, sin embargo, los llamo Scrof y Mila, y veo que mis nombres les gustan más.

Nos entendemos bien los tres, pero cuando los veo así, abrigados, comiendo de una lata y asustándose de los cuervos, no puedo creer que, al principio, fueran una raza de perros asesinos.

Vamos siempre al Parc Monceau, que está a diez minutos de casa, una distancia perfecta para Mila y para mí.

Debería pasearlos al menos una hora, hacerlos correr en círculos y lanzarles sus huesos perfumados, pero no estamos hechos nosotros para esos trotes.

En cuanto llegamos al carrusel, junto a los gofres, yo me tumbo en la mantita y ellos se despatarran sobre mí, y nos quedamos así hasta que llega la hora y nos arrastramos otra vez de vuelta a casa.

Es el dinero más fácil que gano, y además puedo pensar en mis cosas, no como cuando trabajo con gente y tengo que fingir interés.

Lo que no sabe nadie es que hace un mes fui a verla.

Fue un momento de debilidad, como este. Quería beber, quería que alguien me tocara, sumergirme en una bañera de agua caliente con Malik debajo de mí y que él jugara con mis dedos, que los midiera, que los chupara y me dijera «acércate un poco, Mila, que no llego».

Sí, quería que también a mí me chupara alguien.