Cuando seas feliz, golpea tú primero 4 #3
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Es una metomentodo, pero no es mala. ¿Preferiría que se muriera y que dejara de incordiar?

Sí, eso es lo que más me gustaría. Me veo fácilmente ocupando su lugar.

Bebiendo en su taza azul el café cada vez más flojo, con mis uñas intactas.

Dejándome caer en el sofá verde, con los cojines blandos abrazándome por todas partes.

Enseñándole a una mujer pobre del este lo que significa la vida.

Esta mañana, Fima me ha enviado un link a una noticia sobre un robo.

Una banda de ladrones ha entrado en una escuela, y se han llevado todo lo que han podido de la sala de ordenadores.

A mí la noticia me ha hecho sonreír. Estoy prácticamente segura de que en ese robo están implicados también algunos alumnos.

En principio, los franceses no temen los robos.

Todos tienen seguro, nadie guarda dinero en efectivo en casa y, si alguien les roba «algo electrónico», como dice Lenuţa, es decir, el ordenador, el teléfono o incluso el televisor, se limitan a maldecir y compran otro de inmediato.

Algunos ni siquiera denuncian el robo porque no quieren en su casa policía, papeleo, declaraciones.

No es como en nuestros tiempos, cuando, para comprarte un televisor, tenías que ahorrar dinero a manta durante medio año, y luego pasarte meses sin apenas usarlo, para poder devolverlo «casi nuevo» en caso de que se estropeara.

Los baños son lo más engorroso, así que empiezo siempre con ellos.

Dos ancianos, uno de ellos ciego, ya no son capaces de frotar nada.

Además, cada uno tiene el suyo, por intimidad y todo eso.

Con Haim hay poco que hacer: un champú, un jabón, los perfumes.

Instaló la bañera porque le resulta más sencillo entrar en ella.

Cora, en cambio, sigue con la ducha, pero con todo lo que ha ido metiendo dentro, ahora parece la torre Eiffel.

Un taburete, la barra de sujeción, una alfombrilla y una estantería telescópica, como si no fuera allí a ducharse, sino a mirar las estrellas.

El primer año me volvía loca husmeando sus tarritos y sus frasquitos.

Creo que tiene más de cien cremas y mascarillas, exfoliantes, sérums, esencias.

Algunos comprados, otros son regalos de su amiga marroquí, que no la soporta pero siempre le trae algo.

A mí, por ejemplo, me daría miedo aceptar obsequios de una persona que sé que me odia; aquí, sin embargo, los aceptan todos.

Sonríen, rechinan los dientes, la industria funciona.

Más que el pis de Haim me molestan los aceites de ella, con los que lo pringa todo y atasca el desagüe cada tres días.

Le pedí que no utilizara aceite en la ducha, y ella me preguntó: «¿Qué más no debo hacer en mi casa?»

. Pensé que al menos Fima se pondría de mi parte, pero últimamente también Fima se hace la mártir y me dice que el pelo no es gallinaza, que me calle y que lo recoja, que no se me va a caer la corona.

En la cocina no hay mucho que hacer. Los dos comen como jilgueros, fruta y grano, a veces tortillas, y si tienen pan y queso, no necesitan nada más.

Recojo las tazas y las migas de la mesa.

Retiro los posos de café de la cafetera o guardo los restos de comida descongelada en el frigorífico con bandeja y todo, por si quieren recalentarla más tarde.

La plancha la dejo para el final, porque me relaja.

También a mi padre le gustaba planchar. No recuerdo cómo hacía con mi madre, era demasiado pequeña, pero a Nina nunca le permitió que tocara su ropa, sobre todo las camisas.

En aquella época no teníamos plancha de vapor con base de teflón.

Todos planchábamos en la mesa o en el suelo, siempre sobre una manta, y si te descuidabas, lo quemabas todo, incluso la casa.

Mi padre tenía un metro de gasa que humedecía para planchar los trajes y las camisas.

A los pantalones les hacía siempre una raya perfecta; las camisas, por el contrario, no las planchaba nunca con raya.

«La raya en la camisa es una barbaridad, Mila», decía.

«No quiero engrosar las filas de pavorreales huecos.»

De un tiempo a esta parte, hago cada vez más cosas que le gustaban a él.

He empezado a tomar café con mucho azúcar.

Me he comprado cuatro plantas de interior, aunque es cierto que una ya se ha secado, y el domingo me pasé el día entero viendo películas de Louis de Funès.

He hecho también otras cosas. He jugado un par de veces al tenis de mesa.

He ido a la sauna, de donde estuve a punto de salir muerta, porque no sabía que tenía que hidratarme, y me he apuntado a un curso de ajedrez en el ayuntamiento, al que nunca he asistido.

Casi siempre lo echo de menos como es debido, como he leído en los libros que hay que echar de menos a un padre muerto.

Fue un hombre bueno, me digo, un verdadero intelectual, de esos que no nacen hoy en día, que vivió, murió y fue enterrado con un puñado de principios en el pecho, tan elevados que costó cerrar la tapa del féretro.

Otras veces, sin embargo, echo de menos al hombre sencillo, sin los principios y todo eso, y entonces grito.

Unos años, papá, si hubieras vivido unos años más, me habrías visto como siempre quisiste.

Con una carrera, con una Mila pequeñita, con un marido o tal vez sin.

Pero como has muerto, no hay nada que hacer, porque los muertos ya no ven ni sienten nada.