4 #2
De Malik nos deshicimos como de una prenda sudada.
Yo veía cómo sufría en la escuela, pero no me importaba.
Incluso aunque siguiera considerándolo mi amigo, ya no tenía nada que ofrecerme: yo la tenía a Ella, que se había convertido en mi sol.
Un día, él me pilló sola en el recreo y, con los ojos llenos de lágrimas, me rogó que fuera a su casa de vez en cuando.
«Mami está en Moscú, pero me ha dejado mucho dinero. He comprado halva y una tarrina entera de helado.»
Aquella tarde le propuse a Ella que fuéramos a su casa.
Le hablé de sus tortillas, de sus artilugios, de cómo Malik podía desmontar cualquier objeto hasta el último tornillo y montarlo de nuevo en unos minutos.
«Tonterías», me interrumpió irritada. «Ve tú, a ti te hace más falta.» Por supuesto, la elegí a Ella.
Tampoco entonces me resultaba fácil vivir con la idea de que estaba haciendo sufrir a Malik, pero ahora el recuerdo de aquellos días me pone enferma.
Durante un tiempo, lo visité a escondidas, procuraba salir de casa de Ella un poco antes, pero tampoco me demoraba demasiado con él, para que no me pillara mi padre.
Cuando se encontraba conmigo en el umbral, Malik se alegraba como si fuera un día de fiesta y no sabía qué hacer para conseguir que me quedara más tiempo.
Me enseñaba sus últimos inventos, me preguntaba si tenía ropa que lavar.
En aquellos momentos, mi corazón se llenaba de tristeza.
Quería recuperar a Malik, pero no lo quería solo mío. Yo quería un Malik nuestro.
Un sábado, cuando fui a buscarla para salir a jugar, me encontré a Malik en su casa, arreglando un aparato.
Estaba colorado, había acarreado hasta allí un nuevo juego de destornilladores, su mayor orgullo.
Me sorprendió que no pareciera molestarle verlos desperdigados por la casa.
A mí no me dejaba ni siquiera cambiarlos de sitio, mucho menos sacarlos del estuche de metal.
Ella llevaba un vestido fabricado con una cortina transparente y tenía el pelo tan rizado que parecía muy corto de repente.
Pensé que le habría llevado un buen rato peinarlo así.
Cuatro horas, me confirmó más tarde. Había utilizado un punzón candente.
Todo el mundo sabía que los sábados Roza llevaba a Gleb a hemodiálisis y que regresaban por la tarde.
Ese día la oía bailotear por la casa. Yo seguía soñando con el sábado y, hasta aquel momento, lo había considerado «nuestro» día, aunque nunca se lo dije.
Me quedé sobre todo por no dejarlos solos, si bien era evidente que no pintaba nada allí y que, fuera lo que fuese lo que habían estado haciendo los dos hasta entonces, había perdido todo interés en cuanto aparecí yo.
Aquel día, Ella nos contó que, antes del accidente, su madre había abierto en Tiraspol un videosalón.
Proyectaba cada noche películas extranjeras, vendía palomitas y cerveza o alquilaba cintas.
No era barato mantener un negocio así, ni tampoco legal, pero Gleb le había conseguido una sala y así habían podido salir adelante las dos.
Después de la muerte de su madre, Ella dejó de hablar.
Ni los médicos ni los adivinos podían aliviarla, y Roza no quiso llevarla donde los brujos.
Entonces empezó a imitar a las actrices de las películas.
Elegía un papel y, durante una semana, era Sarah Connor o Marion o Elvira.
A Roza no le hacía ninguna gracia que estropeara la ropa y se maquillara como una descarriada, pero Gleb le dijo que cerrara el pico y que, si las películas la ayudaban a olvidar, le dejara hacer lo que le gustaba.
Cuando comprendí de dónde venían sus caprichos —¡de las películas! —, me pareció el mejor juego del mundo.
Teníamos todo un ritual. Mientras Malik se ocupaba de los cables, yo iba a la tienda a comprar helado, y Ella cubría las ventanas con mantas para que se hiciera de noche.
Luego nos tumbábamos los tres en la cama, tan cerca unos de otros que nuestro sudor se mezclaba, y nos dejábamos transportar a aquel mundo nuevo y lejano, donde todo era diferente.
Tardábamos cuatro horas en ver una película de dos.
Parábamos primero en las escenas de las tiendas, nos acercábamos al televisor y mirábamos las estanterías para ver qué productos había.
Caramelos, chicles, patatas fritas. No huevos, harina y patatas como en Moldavia.
Malik pedía que paráramos en los coches y en las motos; nosotras nos fijábamos en la ropa, en las casas bonitas, en los jardines.
A Ella le volvían loca los jardines. Soñaba con una casa con jardín en la que plantar una glicinia, «blanca, solo blanca, de ningún otro color», y tumbarse debajo de ella hasta que absolutamente todo a su alrededor empezara a oler a su perfume favorito.
De hecho, Ella soñaba con muchas cosas a la vez.
Playa conchas champán, coche sexo cigarrillos, dinero dinero dinero y, por supuesto, el público, porque de nada servía ser feliz si no te veían los demás.
Parábamos algunas películas tantas veces que teníamos que verlas de nuevo para entenderlas. A Ella le gustaba Sharon Stone; a Malik, Schwarzenegger, y a mí, Demi Moore, porque se parecía a Ella.
Después de cada película, las dos cambiábamos de nombre y de forma de hablar.
Lo que más nos costaba era la forma de hablar.
Todas las películas estaban, por supuesto, en ruso, dobladas por una sola voz, y teníamos que detener la cinta una y otra vez para captar las palabras en versión original al principio de las frases o, alegría suprema, un fragmento de película que el traductor se hubiera saltado.
También Malik se mostró interesado en nuestro juego y un día intentó ser Schwarzenegger.
Malik-terminator. «Jugad vosotras», nos dijo enfadado; enfadado sobre todo conmigo, con Ella no fue capaz de enfadarse jamás.
«A películas» jugamos hasta el día en que ellos terminaron la escuela.
Entonces nos llamábamos Audrey y Donna, y todos los hombres malos se llamaban Bob.
Durante los primeros años, la diferencia de edad entre nosotros no se notaba, pero cuando ellos pasaron a octavo, yo me sentí excluida.
Por la mañana salíamos todavía del mismo patio y caminábamos juntos hasta la escuela.
No habrían podido dejarme atrás ni aunque hubieran querido, y estoy segura de que lo desearon más de una vez.
Pero Ella y Malik estaban en la misma clase y acababan más tarde; luego, él se quedaba a jugar al fútbol con los chicos y Ella se colaba por debajo de las vallas con otras chicas.
Los veía regresar a casa por la tarde empujándose, besándose, oliendo a tabaco y a lo que hicieran por ahí, porque algo hacían.
No puedo decir que Malik me evitara o que no me hablara; más bien, había perdido el interés en mí. Había empezado a tratarme como a una niña, mientras que ellos dos se comportaban como amantes.
Aún me quedaban los sábados. Afortunadamente, Gleb seguía necesitando diálisis, pero veía que tampoco entonces me echaban de menos.
En las películas, Malik no se colocaba ya en medio, como antes, sino a la derecha de Ella; decía que así le resultaba más fácil ocuparse de las cuestiones técnicas, pero, en realidad, la toqueteaba todo el rato por debajo de la manta.
Creo que también Roza añadió leña al fuego.
Le gustaba Malik, le parecía listo y espabilado, y no le pasó desapercibido que vivía casi siempre solo en una habitación grande.
También en la escuela había cambiado todo.
El sistema de notas, la relación de fuerzas.
Los alumnos no respetaban ya a los profesores.
Fumaban sin esconderse, respondían con descaro y faltaban a clase.
Los uniformes dejaron de ser obligatorios, algo que nos alegró durante una semana, pero que pronto puso de manifiesto las diferencias sociales, hasta entonces más o menos camufladas.
Algunas chicas empezaron a ir a clase vestidas como las de las revistas extranjeras y otras, como yo, parecían jilgueros desplumados en comparación con ellas.
Todo lo que necesitaba para la escuela lo adquiría mi padre en media hora en el Magazin Universal Central: compraba en primer lugar cosas baratas, luego azules.
Yo quería aunque fuera una minifalda, una cazadora vaquera o un par de deportivas con los cordones fosforescentes.
Quería un corte de pelo Aurora. Mi padre, sin embargo, no quería oír hablar de la moda, me decía que «no ha habido jamás unos tiempos más feos en el vestir», y del corte de pelo ni hablar.
«El pelo es para una mujer un arma de seducción, no el ombligo al aire, como lo llevan ahora las niñas, incluso tu amiga.»
Mi amiga, efectivamente, tenía de todo. Pero también yo tenía algo, algo que nadie conocía y que me iba a devolver a Malik. Tenía un plan.
El jueves es mi día preferido. Lo espero con más ilusión que el sábado, que debería ser mi día libre, pero desde que no bebo se ha convertido en una pérdida de tiempo.
Por la tarde tengo a Max y a Chaussette, y por la mañana vengo aquí varias horas para hacer la limpieza y plancharle cuatro camisas a Haim.
Una para cada día en que lo saco a la calle y una para cuando viene de visita su nieta, la fea, la heredera.
Con lo de las camisas llegué a un acuerdo con Cora cuando trabajaba a cambio del alquiler y, para ser justa, no me ha pedido que planche más o que planche también sus vestidos, aunque podría pedírmelo y se los plancharía.
A veces me siento culpable por hablar mal de ella todo el tiempo cuando, en realidad, fue Cora la que más me ayudó.