Cuando seas feliz, golpea tú primero 4
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Si mi padre me viera ahora, sería el primero en juzgarme.

«¿Quién quedará a tu paso?», me preguntaría.

«¿Cómo te recordará la gente?» Según él, las mujeres deben tener hijos obligatoriamente, mientras que los hombres pueden hacer lo que se les antoje, porque siempre quedará algo de ellos.

Y aquí estoy, pensando en cómo me recordará la gente.

¿Qué gente? Oí una vez a la mujer de Haim hablando de una conocida suya que acababa de fallecer.

«No puedo decir que la echaré de menos», le soltó a Haim.

«Tal vez vosotros compartáis más recuerdos, pero, por lo que a mí respecta, buen viaje.»

Sin embargo, tampoco él guardaba demasiados recuerdos de ella.

Tampoco a él le caía bien, nunca la había apreciado, pero habían trabajado media vida juntos y no podía faltar a su funeral.

Luego empezaron a discutir, como de costumbre, por culpa de su nieta de Deauville, sobre si deberían pagarle o no los cursos de sofrología, ampliar o no la casa de Croissy para trasladarse allí y dejarle a ella vivir aquí.

Aquella mujer fallecida tres días antes era ya una muerta de hacía cien años, de otra época, una desconocida momificada.

Ni una palabra agradable, ni un lamento, por pequeño que fuera, aunque digo yo que debieron de hacer algo juntos a lo largo de tantos años, alguna fiesta, una huelga.

Vivía justo en la calle de al lado, tal vez incluso fueran juntos a trabajar o regresaran juntos a casa.

¿De mí qué dirán? ¿Mila? ¿Ha muerto Mila? Ah, bon!, pásame la sal.

Por otro lado, ¿quién se acuerda de mi padre, aparte de mí?

Como mucho, algún ingeniero agrónomo o alguna tejedora de alfombras tradicionales cuya carrera prosperó gracias a sus artículos.

Los vecinos, si es que no están alcoholizados.

Los amigos que no hayan muerto. Tal vez alguna mujer, aunque, por cómo se portó con mi madre y con Nina, tampoco creo que ellas lo recuerden con cariño.

Así que, en cierto modo, mi olvido es casi bienvenido.

Olvidar a todos los que no me recordarán no es una gran pérdida.

Se mudaron al apartamento de arriba, algo que para mí, además del alboroto, supuso una fuente inesperada de inquietud.

Aprendí a adivinar lo que hacían por la casa gracias a los ruidos: cuándo comían, cuándo discutían, cuándo se les atascaba el retrete o se quemaba Roza en la cocina.

Sabía incluso cuándo se les fundían las bombillas, porque entonces Gleb pedía a gritos: «¡Rozunea, tráeme una bombilla nueva!» .

Los sonidos ahogados los emitía siempre él.

Se desplazaba por todas partes con las manos, sirviéndose de dos plataformas de madera que se había fabricado con las planchas viejas de un armario.

Las lijó, las forró con fieltro y les atornilló dos asas de metal.

Por la mañana lo oía en cuanto saltaba de la cama y se dirigía al baño, donde primero se aliviaba ruidosamente en varias tandas; luego tosía, se sonaba la nariz y, al final, escupía toda la porquería en la taza o en el lavabo —eso ya no podía adivinarlo— y regresaba traqueteando a la habitación.

Junto a la ventana, Roza acondicionó para él un espacio exclusivo que podría describirse, simplemente, como un «corral forrado de alfombras».

Allí pasaba el tiempo hasta casi la medianoche, arreglando cosas, estudiando esquemas y diagramas o llamándolas a gritos a las dos para que le llevaran comida, agua, vodka.

Aquellos años en que lo conocí, Gleb hacía de todo.

Reparaba electrodomésticos y zapatos, parcheaba ruedas de bicicleta y cambiaba espejos rotos, afilaba cuchillos y patines de trineo, y un verano, como encontró en un mercadillo unos grifos baratos, fabricó sifones para todos los vecinos.

Antes del accidente, Gleb trabajaba en una fábrica, pero no creo que su habilidad tuviera que ver con lo que hacía antes, sino con su forma de ser.

Era un superviviente y me fascinaba. Comparado con los otros hombres de nuestro entorno, sobre todo con los amigos de mi padre —intelectuales y artistas a los que la transición se llevó por delante—, Gleb parecía sacar fuerzas de donde no suele haberlas: del caos y del dolor.

Demediado como estaba, consiguió mantener a su familia en la época más difícil.

Solo una vez lo vi deprimido. Nosotros ya éramos mayores.

Había salido al patio con una camiseta sin mangas y era evidente que estaba borracho.

Roza me dijo que se habían negado a hacerle la diálisis.

Entonces había una crisis terrible en los hospitales, los médicos estaban en huelga todo el rato; seguramente lo vieron así, sin piernas, y pensaron que otros la necesitaban más.

Gleb fue el único hombre del mundo al que Ella no pudo manipular.

Roza estaba siempre en uno de dos sitios: o en la cocina, donde golpeaba tapaderas, rascaba cazuelas y aporreaba trozos de carne, o en la policlínica, donde volvía locos a todos los médicos de la sección poniendo en duda sus diagnósticos.

Parece que la estoy viendo ahora, con uno de sus vestidos demasiado ajustados, con su bolso de señora —grande como un día de verano, en el que, si hacía falta, cabía incluso un repollo—, dirigiéndose enfurruñada a la policlínica «a decirles lo que opinaba ella».

Una vez allí, ni pensar en hacer cola o en visitar al médico de familia.

Entraba en la primera sala que encontrara a su paso y descargaba en ella toda su furia.

Roza tenía preguntas para todos los médicos y conocimientos sobre todas las enfermedades de este mundo.

«Somos una familia de enfermos, no de idiotas», empezaba, y continuaba así hasta que a los pacientes que esperaban junto a la puerta se les acababa la paciencia y el doctor aceptaba cambiarle el tratamiento por enésima vez.

Acostumbrada como estaba a mi padre, su inclinación por la medicina no me impresionaba demasiado; las comidas que preparaba, en cambio, no las olvidaré jamás.

Era la mejor cocinera que he conocido. En su mesa había siempre tres platos: una sopa, carne o pescado y algo dulce, aunque yo sería una cochina ingrata si me limitara a llamar «algo dulce» a las maravillas que cocinaba Roza.

Los pasteles eran su principal motivo de alegría, y con ellos llenaba la mayor parte del día cuando no estaba en la policlínica o en la hemodiálisis.

Preparaba napoleones y hormigueros, cruasanes y barquillos, mermeladas y relámpagos.

Roza hacía incluso helados caseros en una época en la que a nadie se le había ocurrido algo así.

Pero a la que más oía yo era a Ella. Como descubrí más adelante, no era su hija, sino su sobrina.

Su madre, hermana de Gleb, había muerto en el mismo accidente de tráfico en el que él había perdido las piernas.

Era delgada como yo, pero su cuerpo parecía tener un peso distinto al mío.

Su cuerpo se oía, se veía, contaba. Sabía cuándo desayunaba por la mañana, porque Roza le preparaba siempre gogol-mogol,[22] que batía en una cazuelita de metal.

Sabía cuándo se lavaba, porque era la única de los tres que cerraba la puerta del baño.

Sabía cuándo dibujaba, porque jamás dibujaba sin afilar antes los lapiceros y, cuando el sacapuntas se llenaba de virutas, lo vaciaba golpeándolo varias veces contra la esquina de la mesa.

Y, ante todo, sabía cuándo se quedaba sola en casa, porque entonces abría de inmediato el tragaluz, ponía en el tocadiscos sus discos favoritos y bailaba.

En aquellos momentos, me la imaginaba desnuda por la habitación, sacudiendo su cabello negro cortado a capas delante de la cara, con sus ojos violetas que olían a malvas, aunque unos años más tarde, cuando le pregunté si bailaba desnuda por la casa, me dijo que nunca se había desnudado.

Cuando Ella bailaba, yo me tumbaba en el diván de mi padre, que estaba justo debajo de su cama y encima de la cama de Malik, cerraba los ojos y pensaba en nosotros tres, lejos, en una ciudad en la que no existieran las paredes de hormigón.

Al principio me sentía como si me hubiera tocado la lotería.

Por fin una chica, aunque fuera mayor que yo.

Una cómplice. Una amiga que me comprendiera en lo más profundo, sin tener que darle explicaciones ni enseñarle nada.

Era perfecta, y su belleza me desarmaba.

A diferencia de Malik, que me escuchaba pero nunca sabía qué decirme, Ella tenía una respuesta para todas las preguntas que me atormentaban.

Para las pecas, me preparó máscaras de nata.

Para los granos, me frotó la frente con patata rallada.

Cuando descubrió que era la única de mi clase que no tenía pechos, me cosió con un calcetín de felpa dos almohadillas y me las metió en el sujetador.

También me echó una mano con mi madre. «¿Has probado a decirle que tiene a alguien? ¿A despacharla?»

, me sugirió una noche, después de contarle que no podía librarme de sus interrogatorios sobre mi padre.

Roza alentó nuestra amistad desde el principio, nos decía que dos niñas sin madre tenían que apoyarse.

Me dejaba ir a su casa cuando me viniera en gana, me alimentaba con exquisiteces y, si se enteraba de que mi padre estaba de viaje, me daba también comida para el día siguiente.

Por desgracia, Roza la matriculó en una escuela diferente a la de Malik y la mía, pero eso no nos impidió crecer la una junto a la otra.

Después de clase, iba directamente a su casa y me quedaba allí hasta casi la hora de acostarme.

No recuerdo que hiciéramos cosas juntas, como había hecho hasta entonces con Malik.

Ni siquiera los deberes. A Ella le interesaban la ropa, las películas, los chismes sobre actores que rastreaba como loca en revistas y periódicos.

A veces, estábamos varias horas sin decir una palabra, pero tenía la sensación de que habíamos hablado de todo.

Iba a su casa por pegarme a Ella, por estar a su lado, al alcance de su mano.

Al principio me pedía solo cosas sencillas, que le hiciera una trenza o que le abrochara el vestido por detrás.

Pero nuestra proximidad crecía cada día que pasaba, y me di cuenta de que había empezado a comprender qué esperaba yo, qué era lo que más me gustaba.

Depilarle las cejas, porque en esos momentos nuestros rostros casi se rozaban.

Ser su «maniquí» para un modelo nuevo, porque tenía que quedarme en bragas.

Inventar historias de terror con gente a la que Ella quería castigar, y contemplarla mientras las escuchaba con los ojos cerrados, royéndose las uñas hasta hacerse sangrar.