Cuando seas feliz, golpea tú primero 3 #5
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Ella está bien, ha abierto varias tiendas de roscos, pero tampoco ha tenido una vida fácil.

Su marido fue víctima del crimen organizado en los años noventa, tuvo que vender parte de los apartamentos que había comprado para pagar a los delincuentes.

No le quedó gran cosa de su fortuna, pero al menos tiene unos hijos buenos.

A veces, yo también me siento orgullosa de mí, de la de entonces.

Profesora universitaria a una edad a la que los jóvenes de aquí viven todavía a costa de sus padres, no está nada mal.

La mujer que se ha sentado frente a mí sería del gusto de mi padre.

Polaca, por la pinta y porque está leyendo un libro en polaco.

Pero quién sabe, tal vez sea una francesa lista o aventurera, que ha aprendido el idioma por propia iniciativa.

El vestido por debajo de las rodillas, el cabello recogido en un moño.

«Entre dos edades», se decía en mi juventud de una mujer de más de cincuenta años, como si hubiera superado un punto de no retorno.

¿Qué podías hacer después de los cincuenta?

Algunas ya eran abuelas, otras viudas; las que eran como yo, solteras y sin hijos, a veces se convertían en jefas o, más a menudo, en nada.

Nina vino a vivir con nosotros a los cuarenta y ya me parecía vieja.

Me queda todavía una hora de viaje y me alegra que no sea uno de esos trenes que van a contramarcha.

Se me revuelve el estómago cuando los trenes van a contramarcha, cuando la gente y las casas surgen de espaldas, sin previo aviso, y en lugar de caras veo solo cogotes.

Prefiero saber con antelación lo que me espera, lo que viene hacia mí, aunque hace ya mucho tiempo que nadie me espera ni viene a mi encuentro.

He comido una ciruelinuez y me he acordado de mi padre, de su miedo en los últimos años a tener la espalda desprotegida.

De cómo sacó todas las cosas de casa y se hizo un huequito junto al radiador, donde escribía y dormía, escribía y bebía, escribía y pedía perdón.

He pensado también en Haim y en su mujer.

En qué pasaría si muriera, en qué pasará si no muere.

Después de la bronca de ayer, no me apetece verlo.

He vuelto a buscar en el móvil cómo hacerse funcionario en Francia.

Mi francés es ciertamente bueno y no me dan miedo los exámenes, pero la idea en sí me parece aberrante.

He tardado años en acostumbrarme a la vida de aquí y en encontrar la paz.

Al principio, me resultó difícil dedicarme a la limpieza.

Me parecía vergonzoso y degradante, no tanto recoger la porquería de los demás cuanto mostrar agradecimiento.

Las familias que me contrataban querían ver a una joven feliz, o al menos satisfecha, no a una mujer que venía a su casa alicaída.

Solo Fima y Malik sabían a qué me dedicaba.

Cuando me preguntaban otros, respondía vagamente que estaba haciendo unos cursos, que había venido a la Sorbona con una beca de la Universidad de Moldavia y que ayudaba a unos amigos como canguro.

Malik no lo comentó jamás, pero Fima me dijo que mi mentira se notaba a la legua.

Regresaba por la tarde con las manos enrojecidas de tanto frotar, apestando a productos químicos.

Había empezado a vestir ropa barata, comprada al peso, que no me importaba estropear.

«¿Te dejan entrar en la Sorbona con los pantalones rotos?»

, me preguntó Fima una tarde, cuando me vio con los vaqueros descosidos.

Durante un tiempo trabajé como dependienta, cuidé niños, paseé perros.

En invierno, Fima me llevó a su asilo de ancianos, pero no aguanté.

Cuando los veía tumbados en las camas y me pedían que los tapara o que les pusiera bien la almohada solo por tocarme, por tocar a alguien, sentía de repente un nudo en la garganta.

Pensaba que eso hacía también mi padre en Chisináu.

Decía que se sentía débil y que no veía o que le dolía muchísimo la espalda —la mente inventa enfermedades difíciles de comprobar— solo por pasar una noche más en el hospital, acompañado.

El verano en que cumplí cuarenta años, se despertó en mí una especie de ambición, como decía Haim, y me prometí vivir como habría vivido mi padre en mi situación.

También él fue humillado, también él lo perdió todo, pero no se degradó como yo, que había llegado a preocuparme tan solo de qué comer y dónde dormir.

Me compré ropa mejor, aunque seguía siendo barata.

Entraba en la Sorbona y me maquillaba o, al menos, me perfumaba.

Seguía siendo pobre, pero al menos parecía una persona que estaba haciendo unos cursos.

Un par de veces compré entradas para la ópera.

Estuve en la Comédie-Française para ver una obra de Molière.

Vi a Madonna en concierto. La entrada me la regaló la mujer de Haim, también a ella se la había pasado alguien.

Pero esto fue hace mucho más de diez años.

No duró demasiado. Oí que uno de mis conocidos, cuando se enteró de que había ido al teatro y a la ópera, dijo que no volvería a dejarme dormir en su casa.

«Si tiene dinero para el teatro, tiene dinero para un hotel», le dijo a Fima un amigo común que me había alojado un par de noches, aunque a cambio le había limpiado el apartamento durante un mes.

Agaché de nuevo la cabeza, más abajo, cada vez más abajo.

Dejé de hablar de cursos y volví a mis pantalones descosidos.