3 #4
Luego se inclinó hacia mí y me besó en ambas mejillas, cosquilleándome un poco con la lengua.
No pude evitar observar que, en lugar de pendientes, llevaba flores frescas, y en el cuello lucía un collar de ganchillo que me pareció de una belleza excepcional.
Malik estaba boquiabierto. Empezaron a temblarle las manos y vi cómo palidecía ante mis ojos, como le ocurría siempre que se asustaba y yo tenía que darle agua para que se recuperara.
Cuando terminó conmigo, se volvió hacia él e hizo lo mismo, solo que, al final, a él le metió un dedo en la boca y le humedeció los labios.
Luego no sé qué ocurrió, seguramente nada.
Ella fue a ayudar a su madre a acarrear los bultos.
Nosotros nos quedamos un rato así, aturdidos.
Aquella tarde, Malik no quiso comer nada, y por la mañana sus ojos brillaban como si estuviera enfermo.
Y no fue solo el beso. Todo lo que hacía Ella —cómo se movía, cómo echaba la cabeza hacia atrás sin motivo, cómo pronunciaba las palabras con voz grave, de fumadora…— era como de otro mundo. Los niños no hablaban así, ni siquiera los adultos hablaban así. Nadie en su sano juicio hablaba así.
Después de la práctica,[21] Malik y yo no nos vimos en una semana.
Él venía a mi puerta cada día con halva o con hematógenos y me suplicaba que le abriera para aclararlo.
Me habría gustado torturarlo un poco más, pero mi autoridad sobre él se había debilitado de golpe.
De mi casa iba directamente al patio, se sentaba en el banco enfrente del bloque y se pasaba las horas muertas allí, con la esperanza de que Ella saliera al balcón a tender la colada y lo llamara por su nombre.
Este recuerdo de mi Malik, cuyo rostro se serenaba cuando Ella lo llamaba por su nombre, me sigue matando hoy en día.
Si hubiera entendido entonces lo que sentía, no habría caído más adelante en la misma trampa.
Un buen día ya no vino solo, sino con Ella.
Parecía más trastornada que el primer día.
Se había prendido el pelo en mil trencitas, llevaba una falda abigarrada, que me pareció fabricada con una colcha, y tenía los labios pintados de un rojo encendido.
Malik estaba detrás con cara de colador, y mi primer impulso fue darles con la puerta en las narices.
Pensé, sin embargo, que el verano estaba a punto de acabar; un poco más y me saldría una costra de no hacer nada.
Al fin y al cabo, ¿qué podía perder? Salí con ellos y así empezó todo.
¿Cuál es mi trauma? ¿Que crecí sin madre, que abandoné a mi padre, que no cuidé del hombre al que amaba y acabó como acabó?
¿O acaso tiene razón Benoît Gérard y mi trauma es, de hecho, nuestro trauma?
¿El de Malik, el de Fima, el de todos los que abandonaron su país en busca de una vida mejor, pero no la encontraron?
Aunque quizá algunos la encontraran. Fima es feliz aquí.
Paşa es feliz. Ella es muy feliz. Yo no lo soy, pero tampoco lo sería en Moldavia.
Pienso muchas veces que, en el fondo, mi felicidad consiste en esto: en tener un lugar en el que lamentarme.
Liduţa dice que soy una exagerada. Su Miranda me llama «tía Mila, la drama queen».
Sé que no lo dice con maldad. Miranda me ha prometido que vendrá a París solo para llevarme al centro, que vea lo bonito que es y deje de criticarlo todo el rato.
Me alegro por sus éxitos como si fuera mi hija.
Un año más y se libra de la London School of Economics.
Edward habría preferido casarse enseguida, él es bastante mayor y quería tener hijos, pero Miranda insistió en acabar sus estudios, trabajar unos años, crearse una reputación, y solo después ocuparse de la familia.
«Es importante que me quieras tú, pero más importante aún es que me quiera yo», le dijo ella al parecer, y Liduţa me lo contó a mí.
No sé cómo ha salido esta joven tan lista y tan resuelta.
No se parece nada a su madre, que es otra lerda como yo y que ha confiado toda la vida en los hombres.
El cagón de su marido ni vivió con su segunda esposa ni cuidó de sus otros hijos.
He oído que ahora anda por Italia, pero no está claro a qué se dedica.
«Creo que a follarse a viejas», me dijo Liduţa una vez, y nos partimos de risa las dos.
Después de mi marcha a Francia, también ella abandonó la universidad.
Trabajó una temporada como traductora para una ONG, pero desde hace unos diez años da clase en una universidad de Chisináu.
Siempre que hablamos por Skype, tiene que corregir cuadernos, así que hablo sobre todo yo.
Le pregunto si es capaz de concentrarse, pero ella me responde que no necesita demasiada concentración para revisar ensayos copiados de internet o redactados con ChatGPT.
«Ya no encuentro ni errores, escriben todos mejor que yo, pero si les pregunto algo sencillo al día siguiente, no saben de qué les estoy hablando.»
Le conté lo de la discusión con Haim y su idea de que me haga funcionaria, pero no pareció entusiasmada.
—A los treinta años habría tenido sentido, pero ¿ahora? ¿Qué significa ahí ser funcionaria? ¿Dónde trabajarías?
—En el ayuntamiento, en una guardería, en un museo. —Le enumero todas las posibilidades como hacía mi madre en su época de sueños no realizados.
Cuando cumplí veintitrés años, la edad a la que enterré a mi madre, empecé a enseñar francés en la Universidad Estatal de Chisináu.
Comparada con ella, que ni siquiera se había licenciado, yo había llegado en verdad muy lejos.
Sin embargo, no era una gran victoria. En los años de transición, los intelectuales eran considerados unos fracasados.
Ser médico, ingeniero o profesor —en definitiva, ser funcionario— significaba no cobrar un salario durante meses, no tener dinero ni para la luz o el gas y que tus hijos fueran a clase vestidos como pobretones.
Otras eran las élites por aquel entonces.
Los especuladores. Los traficantes. Las prostitutas.
Los fontaneros eran más respetados que los doctores en ciencias.
Mi padre había acabado siendo pobre, pero tenía a Nina.
Ella nos mantuvo a los dos como pudo. Con la comida que le enviaban del pueblo.
Cosiendo vestidos para las vecinas. Privándose para que nosotros tuviéramos más comida.
Él, en cambio, estaba muy orgulloso de mí.
Les contaba a todos sus conocidos que yo era profesora, y no en cualquier sitio, sino en la universidad más importante del país.
Le pedí un par de veces que dejara de presumir de mí.
Me hacía sentir mal, ¿a quién le importaba una profesora?
La hija de nuestros vecinos se había casado con el hijo de unos propietarios de microbuses; ganaban tanto dinero que no sabían cómo gastarlo.
Compraron dos plantas en un bloque de apartamentos, unas cuatro parcelas de terreno en las afueras, coches.
Viorica sí que era un ejemplo. De entre todos nuestros vecinos de entonces, solo mantengo el contacto con ella.
Una sobrina suya estudia ahora en la Sorbona, quedamos una vez y me puso al día.