Cuando seas feliz, golpea tú primero 3 #3
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Fuera huele a azúcar quemado y a pintura fresca.

Al fondo del sendero, Anaïs vende sus gofres y, junto al canal, unos hombres han empezado a pintar el carril bici.

El antiguo se ha borrado por completo en verano y ha acabado como una raya delgada de leche.

—Deberíamos salir enseguida —grito desde la ventana abierta—, va a llover.

Sé que nos escucha desde el dormitorio. Su frente pegada a la pared, su mano tendida hacia mi voz. Se ha afeitado. Y se ha perfumado el cuello con lavanda. Y se ha abotonado la camisa hasta arriba. O tal vez no. Tal vez hoy se demore por otros motivos.

Regreso a la mesa como a un funeral. Su rostro salpicado de manchas es todo boca. Me la imagino de noche, con su joroba desnuda entre sus rodillas huesudas, ahogándose, rogándole que pare. Muerdo un trozo de flodni como si fuera su cuello anciano.

—Probaré con la boca —respondo—, no me da asco.

Lo oigo salir de la habitación y me levanto para ayudarle.

A ella le doy de nuevo las gracias por los flodni.

Nunca le he dicho que están secos y que huelen a perro, que pone demasiado azúcar y muy pocas semillas de amapola, que debería echarles mantequilla, mantequilla derretida, vieja estúpida y podrida, no aceite rancio.

Todos estos años, todos estos miércoles, no le he dicho nada a la mujer de Haim.

Desde que decidí ir a verla, aparte de que no consigo terminar ninguna tarea y deambulo por casa como un fantasma, estoy intentando recordar todo lo posible sobre nosotros tres a la edad de Marta.

Qué comíamos, cómo nos vestíamos, qué hacíamos los sábados.

Hay mucho que recordar. Son dos vidas que recordar.

La primera, una vida corriente, en la que yo iba a terminar los estudios, hacerme periodista, casarme con Malik y mudarme con él a la habitación de su padre, porque para entonces él habría encontrado a una mujer con casa o habría muerto de cirrosis.

Y la otra, salvaje, vergonzosa, provocada por Ella como una enfermedad exótica de la que no conseguimos curarnos jamás.

No sé si la primera vida habría estado mejor.

Solo sé que, aquel verano en que Ella irrumpió en nuestro patio con su belleza, con sus heridas, con sus manzanas verdes —como una bruja joven disfrazada de luz—, Malik y yo lo perdimos todo.

En primer lugar, la cabeza. Luego, uno tras otro, el corazón.

Y, al final, lo más precioso que habíamos tenido nunca: la amistad.

Tras su llegada, Malik no volvió a ser el mismo.

Nada volvió a ser lo mismo. Aquel equilibrio frágil de cuidados y afecto que habíamos construido como arquitectos de nuestro futuro se resquebrajó, y a través de esa grieta en nuestra vida se coló la podredumbre.

Ni siquiera hoy, después de más de treinta años, puedo describir sin caer en el ridículo lo que sentí cuando se acercó a nosotros y nos ofreció manzanas.

Alegría, miedo. Pero, ante todo, por encima de todo, una necesidad casi física de abandonarnos a su fuerza y someternos, aunque eso solo nos hiciera sufrir.

De los nuevos vecinos habíamos oído hablar ya en invierno, y solo cosas malas.

Unos decían que estaban todos muy enfermos.

Otros, que estaban malditos. Dina Andreevna averiguó que eran unos criminales, y el hecho de que hubieran conseguido comprar su apartamento, cuando nadie había oído hablar todavía de las privatizaciones, lo decía todo.

Teníamos miedo. Nos aterrorizaban aquellos monstruos, que no personas; sus crímenes secretos, sus enfermedades insólitas, pero lo que más nos aterrorizaba era que fueran vampiros de energía.

El doctor Kaşpirovski[17] nos había enseñado a todos cómo era el perfil de un vampiro de energía, y a ellos les iba como anillo al dedo: criaturas desgraciadas, con traumas, que vivían mejor que los demás porque se alimentaban de energía humana.

Confiábamos en que no lo fueran, pero si lo eran, pensábamos nosotros, habían llegado en el momento perfecto.

Nuestra conciencia estaba fortalecida, y la autosugestión, programada para la victoria.

Precisamente ayer me dijo Fima que Kaşpirovski ha retomado el business.

Tiene ochenta y cinco años, el mismo corte de pelo y más fuerza que antes.

No sé qué mentes lavará ahora, pero en aquella época no había en nuestro patio un alma que no hubiera visto sus sesiones de hipnosis televisadas.

Y no niego que incluso allí se produjeran cambios, pero no como en otras partes, donde los enfermos se curaban del cáncer y de la próstata, de diabetes y de hepatitis, y el lupus y otras enfermedades autoinmunes desaparecían por completo tras una sola emisión.

Escuchábamos con el corazón en un puño los telegramas enviados desde toda la Unión Soviética, que el doctor leía en el plató con modestia, procurando parecer impasible ante aquellas noticias verdaderamente extraordinarias.

«Milagros», se diría hoy en día; «факты»,[18] decía él entonces.

En la aldea de Veşka, a un anciano «se le habían empastado los dientes al instante» y se le había «desencanecido» el cabello, y, desde una granja de Cheliábinsk, un telegrama trajo la maravillosa noticia de que una anciana había dejado de tartamudear y había dado a luz a los setenta años.

Malik juraba que le había desaparecido un lunar de la tripa, pero la más ilusionada era Dina Andreevna.

Ella confiaba en recuperar su pecho amputado y veía los programas sin sujetador, pegándose de vez en cuando a la pantalla para que el efecto fuera mayor.

Mi padre fue el único vecino que no sucumbió a la histeria colectiva.

A Kaşpirovski lo catalogó como «timador de raza», y me recomendó que, en lugar de escuchar a «rasputines ateos», leyera a la inigualable Maria Treben, cuyos libros ya había comprado él; los tenía en la redacción.

[19] A mi padre no le llevé la contraria, pero yo también me planté delante del televisor con un frasco de tres litros de agua, para «cargarla», y me la bebí a lo largo de un mes, confiando en que me crecieran los pechos.

Dina Andreevna había cargado tantos tarros de agua por la casa que habría podido llenar una piscina.

Había pasado la mitad del verano, un verano polvoriento en la ciudad durante el que no ocurría nada, ni siquiera la lluvia o alguna enfermedad.

A nuestro alrededor no había ni rastro de niños.

La gente estaba de vacaciones y solo en algunos patios se adivinaba algo de vida.

Viejos jugando al dominó, mujeres preparando encurtidos.

De vez en cuando, las dos recogedoras de vidrio que seguían la estela de los borrachos en busca de botellas.

Mi padre llevaba una semana de viaje por los pueblos de Moldavia.

Había conseguido unos fondos de la Academia de Ciencias y estaba preparando un catálogo «superbísimo» de oficios populares.

A casa venía solo a lavar las camisas y a preguntarme qué había leído.

Tampoco a Malik le iba mejor. Dina Andreevna trabajaba en dos turnos; a Fiódor le había sucedido algo en el trabajo y le había escrito que ese verano no podría venir a verlo.

A él no le importaba. Él, a diferencia de mí, vivía de cualquier manera y en cualquier sitio, como el moho.

Veía la televisión todo el día, comía helado o quemaba las pelusas de álamo que se acumulaban entre las casas.

«Malik, ¿crees que estoy demasiado delgada?»

, le pregunté yo aquella desafortunada mañana, después de pasarme una hora entera delante del espejo y de medirme por todas partes con una escuadra.

Había leído en una revista que la mujer perfecta debía tener las uñas cuidadas y la piel limpia, y medir 90-60-90.

Yo había alcanzado con gran esfuerzo la mitad de esos centímetros.

Confiaba en que me dijera algo alentador, como hacía yo cuando él me preguntaba si tenía orejas de soplillo o los labios demasiado gruesos.

Estaba arreglando un transistor y tuve que preguntarle por segunda vez: «Malik, ¿crees que soy fea?»

. Me respondió solo cuando terminó de pegar unos cables y se colocó las gafas en la coronilla. «Matilda es más fea.»

Le dije que me iba al patio y que no me siguiera.

Pensaba pasar por la farmacia y comprar hematógenos[20] para comérmelos yo sola.

Y quemar unas pocas pelusas de álamo. Recordé que había visto a una gata a punto de parir.

Bajé las escaleras corriendo, para que no me pillara alguna vecina y me mandara a comprar pan.

Malik gritó algo a mis espaldas, pero no le respondí, pues estaba convencida de que, de todas formas, en unos segundos estaría junto a mí.

Esperaba, en definitiva, lo de costumbre.

En ningún caso lo que me encontré en el patio.

Después de tantos meses de especulaciones, un camión con antigüedades.

Lámparas, muebles, cortinas. En cuanto a las enfermedades, una mujer con psoriasis con un vestido demasiado ajustado y un hombre sin piernas al que los mozos de cuerda bajaron del camión como si fuera una butaca.

Y, para complicar todavía más las cosas, de la cabina del chófer saltó al final una niña.

Sostenía en las manos un plato con manzanas verdes y era la criatura más hermosa que yo había visto en mi vida.

Se acercó a nosotros —Malik había venido, por supuesto, con el rabo entre las piernas— y nos dio una a cada uno.

«Para que seamos amigos», dijo de manera extraña. Y, durante un tiempo, lo fuimos.

Aunque le llevó varios años reconocerlo, Malik se enamoró de Ella al instante y se comportó como un cretino desde el primer momento.

—Yo soy Malik-Malik y esta es Mila-Mila —balbuceó mientras tomaba la manzana de su mano. Luego añadió, con una voz que yo no le había oído hasta entonces—: Mila es casi mi hermana.

Era la primera vez que me llamaba así. En la escuela decía que éramos pareja, no por alardear delante de los chicos, sino por esconder su total falta de interés por otras chicas.

Habíamos acordado ensartar toda clase de mentiras para acrecentar nuestra «autoridad» ante nuestros compañeros.

No hacíamos nada de lo que decíamos, por supuesto.

Contábamos lo que veíamos en las películas, repetíamos escenas de libros que yo adaptaba a nuestra lánguida vida cotidiana o, simplemente, nos lo inventábamos.

¿Hermana? Esperaba sus disculpas, pero siguió otra cosa.

—Ho-la, Mi-la ca-si-mi-her-ma-na —pronunció Ella muy muy despacio, tirando de las palabras como de unas espinas en la planta del pie.