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En parte tiene razón, pero no del todo. Hace veinte años, sí, habría tenido sentido empezar; ahora, sin embargo, ¿qué voy a empezar tan cerca del final?
La gente puede cambiar de vida a los cincuenta, pero no desde los cimientos y no sin un objetivo.
Ganaré lo mismo y, además, ¿quién sabe qué pasará con mi enfermedad dentro de un año?
En momentos así, lamento no haberle hecho caso a Nina y no haber vuelto a casa.
Tenía el dinero del piso de mi padre, ella me habría alojado.
Y Liduţa está sola, pero vive. Me las habría apañado.
Por la tarde fui a casa de Fima para hablar del cumpleaños de Malik.
Dónde celebrarlo, qué vamos a hacer. Lenuţa había prometido que vendría si la avisábamos con tiempo, pero en el último momento envió un mensaje diciendo que no iba a venir.
Se le está subiendo su sacerdote a la cabeza, pero no quiero estropearle la ilusión.
Reconozco que yo fui donde Fima sobre todo para enterarme de si el Cerdo mantiene su plan de ir a Burdeos.
¿Va solo, irá con Marta? Me gustaría estar segura de que va a ir.
Si se lo piensa mejor y se queda, todos mis meses de preparativos habrán sido en vano, y no creo que tenga fuerzas para volver a esa casa por tercera vez.
Podría haber llegado más rápido, pero me bajé dos paradas antes para pasear un poco por su pomposo barrio y pensar en mis cosas a mi aire.
Hace seis años, Fima se mudó a una chambre de bonne del distrito XVI y se convirtió oficialmente en la mejor «instalada» de todos nosotros.
No lo habría conseguido sola ni en mil años, pero la propietaria tiene una madre anciana en el mismo inmueble, y su acuerdo fue que Fima pagara un precio simbólico al mes a cambio de ir tres veces por semana donde esa señora: limpia la casa, hace la compra…
, la ayuda, en resumidas cuentas. Tanto Lenuţa como yo hemos intentado convencerla de que no se conforme, porque así son todos los franceses ricos, te prometen la luna y luego te descuentan del salario hasta las horas que duermen los niños.
No es broma. Algunas familias se niegan a pagar a las cuidadoras las horas de sueño de sus hijos, porque entonces ellas pueden descansar. Pero parece que nos equivocamos.
Fima se lleva bien tanto con la dueña como con su madre, se lleva bien incluso con la conserje, que se comporta con los demás como una mercenaria.
Lo que más me asombra, sin embargo, es que ha encontrado una lengua común con sus vecinas delgadas y gangosas como yeguas, que miran por encima del hombro a cualquier mujer de más de cuarenta kilos, y eso que Fima pesa por lo menos cien.
Todas aman a la gordinflona, la escuchan encantadas criticar a otros espantajos y le regalan cosas estropeadas, que ella arregla luego en la iglesia y reutiliza como nosotras.
Eso hizo Fima con la cafetera exprés para baristas, con una tostadora vintage y con una batidora portátil.
Por no mencionar las alfombrillas de baño y las jarras filtradoras de agua; tiene mil.
Fima me recibió riendo, y me alegré como una niña cuando me llegó el olor a berenjenas asadas, a pimientos fritos, a crisantemos.
«¿Has asado berenjenas, Fimuţa?», pregunté mientras me descalzaba en el trapo húmedo de la puerta, y cuando entré en la cocina y vi aquella mesa colmada, me dieron ganas de comérmela a besos.
Había hecho incluso mămăligă[14] y pastel de hígado, y şuba,[15] y en un cuenco cubierto con un paño me dijo que tenía empanadillas de queso.
No consigo entender cuándo había podido prepararlo todo.
Fima me confirmó que allí todos estaban «listos para el viaje» y que este año, puesto que es una cifra redonda, Frédéric le había comprado a su madre un billete para un crucero o algo así, no se había enterado bien.
Si no me cayera tan mal, lo pondría como ejemplo de amor filial.
En los veinte años que hace que lo conozco, no recuerdo que haya faltado una sola vez al cumpleaños de su madre.
Fue a Burdeos incluso aquel otoño en el que se cayó de la moto y se rompió la pierna por dos sitios.
Los médicos le recomendaron que guardara cama la primera semana, y él les dijo que por supuesto, que se quedaría tumbado, que no tenía intención de conducir seis horas, solo que iría tumbado en el coche.
Recuerdo que Ella estaba en ascuas porque era peligroso, le dijo que tenía que pensar también en su propia familia.
En el fondo, rabiaba porque no la había llevado nunca a Burdeos.
Quería meterse también debajo de la piel de la vieja, embrujarla como había hecho con él, pero Frédérique —porque así se llamaban, Frédérique la madre y Frédéric el hijo— le soltó a la cara que ella no recibía a putas en su casa.
Por aquel entonces no tenían a Marta. Él quería hijos, Ella se lo estaba pensando, discutían sin parar.
«Nadie, pero nadie en este mundo es más importante que una madre», le dijo él entonces.
«Si tuvieras un hijo, tal vez llegarías a entenderlo.»
Y descargó tres películas en el iPad y se largó.
Como decía antes, merece todo mi respeto.
—¿Qué tal está Ella? —le pregunté, cuidándome de parecer demasiado curiosa, con la intención de que le transmitiera mis palabras.
Estoy convencida de que tampoco Fima es trigo limpio y de que no duda en chismorrear sobre mí en cuanto se le presenta la ocasión.
Cuando yo me marché de allí, se pegó a ellos como una garrapata y ahora les exprime todo el dinero que puede.
Que los exprima. Antes que darle el dinero a una desconocida, que se lo lleve una de los nuestros. Además, así me entero yo de algo.
—Aparte de llevar la casa —me dijo Fima, igual de cuidadosa—, se dedica a criar a su hija.
No creo que mi visita cambie demasiado las cosas.
Después de todos estos años, somos, seguramente, más desconocidas y más diferentes, y, sin Malik entre nosotras, el único que sabía rellenar nuestros vacíos, los recuerdos de la infancia empiezan a parecer fotografías quemadas con un cigarrillo.
Haim me reprende por haber ido a verla en balde, dice que nada va a reconciliarnos, pero yo pienso que, con todas las cosas que he hecho en balde, con lo inútil que ha llegado a ser mi vida, poco importa ya una inutilidad más o menos.
Me gustaría hablar con Ella mientras yo sepa todavía con quién hablo.
Preguntarle por el perro, hablarle de Lyon.
Ver a Marta. Me encantaría ver a Marta. Aunque no me guste cómo se ha criado, además de que no es culpa suya, fue mi primera hija.
Hay algo en esa niñita que hace que me sienta fuerte y confiada en el día de mañana.
El apetito con el que come, el ímpetu con el que mete las manos en el hocico de un perro, la facilidad con la que mira a los ojos a una persona hasta que esta cede y hace lo que le haya pedido.
No sé qué habrá heredado de sus padres —es, por supuesto, guapa y todo eso—, pero en lo más profundo de mi alma me gusta pensar que, a partir de las historias que tantas veces le conté yo, Mărtuţa descifró todos mis miedos y juró destruirlos.
Cada miércoles, la esposa de Haim me alimenta con flodni[16] y me repasa.
Alaba mis caderas anchas, que no paran de ensancharse, por su piel firme y brillante.
«Eres una pececita —me dice—, una pececita.»
A veces, su mano, torpe por culpa del reumatismo y los anillos, se cuela bajo mi vestido, me agarra los pechos y los amasa.
«Son demasiado pequeños. No tienes ni pezones ni nada por arriba», y entonces me mira apenada, como si fuera una taza nueva que se ha agrietado. «Tenemos que pensar algo.»
Para llegar aquí a las ocho, como quiere ella, viajo una hora en autobús, cuatro paradas de metro, cruzo un puente a la carrera y subo cinco pisos.
Trabajo aquí desde hace cinco años, me paga desde hace tres, y durante todo este tiempo, yo espero a que ella muera y ella intenta encontrarme un hombre.
—¿Y si te compro algo de oro? ¿Algo que se vea? —En esta casa, las cosas que se ven siempre por delante.
Pienso en el anillo de alejandrita de mi madre, la única joya que conservo.
Me metía con él debajo del edredón, recitaba mentalmente la tabla de multiplicar y esperaba a que la piedra cambiara de color.
Nina me metió en la cabeza que, si la piedra estaba verde, eso significaba que allí arriba mi madre estaba triste y que tenía que alegrarla haciendo algo útil, obligatoriamente a oscuras, hasta que el verde se volviera rojo.
Para la simplona de Nina, para su imaginación de costurera, fue una idea brillante.
Sus cuentos siguen siendo, incluso hoy, las fantasías más bellas de mi infancia demasiado breve.
Simples, claros, sin mensajes ocultos ni grandes enigmas que resolver.
Los buenos, los malos, un zorro traidor.
Mi padre, por supuesto, los despreciaba.
Se lo llevaban los demonios y no consentía que se los repitiera.
«Solo los moribundos cuentan historias fantásticas», se lamentaba por casa cuando nos veía acurrucadas una junto a la otra, contando cuentos o, todavía peor, leyendo algún libro recomendado en la escuela.
«Mal escrito, mal ilustrado, un folleto», me gritaba a mí, porque, de todas formas, Nina no lo habría entendido.
Me animaba a leer más, con más profundidad, «¡con el ojo de la mente!»
, y, por supuesto, a escribir sobre todo lo que sentía.
«La escritura como medicina, la escritura como venganza», escribir y escribir, ese bastardo al que quiso más que a mí, con el que violentó a todas sus mujeres y con el que trató de emparejarme también a mí, solo para sentirse un hombre realizado.
La única vez que me puse el anillo de mi madre fue cuando Malik me llevó a Odesa para quedar con Ella y comer cangrejos.
Por aquel entonces, me parecía feo, e incluso lo era.
Los jóvenes llevaban plástico y metal. Éramos jóvenes, carne fresca. Ahora no me cabe en ningún dedo.
—¡Sin pestañas, sin color!
Su voz como una legra envenenada hurga en mi interior y siente lástima por mí.
Si pudiera, me separaría las piernas y lloraría también ahí.
Me llenaría de lágrimas la mujer de Haim.
Cada vez que sacude la cabeza, mi vida pierde un placer, una alegría, un parto.
Un poco más y mi útero todavía inutilizado se secará del todo y rodará por su parqué reluciente.
—Tal vez puedas ganártelos con la boca, ¿o te da asco?
La veo cansada y sé que ya no queda mucho.
Me levanto de la silla y abro la ventana de par en par.