Cuando seas feliz, golpea tú primero 3
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De Malik me gustaba todo y nada. Era un chico, eso menos.

Era formal, eso más. No sabía hablar y no entendía de libros.

Preparaba, en cambio, unas tortillas de muerte y sabía vendar una herida.

Me resulta difícil describir nuestra relación de entonces.

Éramos, evidentemente, mucho más que un hermano y una hermana, pero no habíamos empezado a dormir juntos todavía.

Ni siquiera más adelante significaría el sexo gran cosa para nosotros.

Tanto él como yo despreciábamos nuestros cuerpos.

Los considerábamos inferiores respecto a lo que podíamos hacer con la mente y estábamos convencidos de que, por su culpa, la gente no nos valoraba como merecíamos.

Hoy me parece extraño que, mientras que a nuestro alrededor nadie hablaba abiertamente sobre sentimientos, nosotros dos no tuviéramos ningún sentido de la vergüenza.

Andábamos desnudos por casa, nos quitábamos mutuamente los granos y nos arrancábamos con los dientes las hebras de vello que crecían enquistadas.

Con Malik me compré mi primer sujetador.

Él me explicó lo que tenía que hacer cada mes para no empaparme de sangre. A él se lo mostré por primera vez.

Lo que más me gustaba era bañarnos juntos.

Él era el primero en tumbarse en la bañera, para que el calor no me quemara la espalda, y yo me acostaba sobre él, en sentido contrario, y apoyaba los pies en su pecho.

Con lo que sé ahora —después de mucho tiempo tratando de comprender cómo empezó todo—, diría que ambos éramos asexuales.

Aunque no creo que fuéramos ni eso. Aparte de aquella desnudez resbaladiza, que no exigía esfuerzo alguno y estaba al alcance de la mano, la carne no nos interesaba en absoluto.

Una sola vez, ya en París, mantuvimos lo que podría denominarse una conversación sobre sexo.

Los dos éramos pobres, nuestro orgullo estaba hecho añicos.

Quedábamos una vez a la semana para emborracharnos y para odiarla a Ella.

Malik me preguntó si yo sería capaz de practicar sexo por dinero y yo le respondí que sí.

Entonces me preguntó si sería capaz de acostarme con una mujer y respondí que sí de nuevo.

¿Y con dos a la vez? ¿Y con un hombre malo?

Estábamos tan borrachos que no nos importaban las palabras, las soltábamos al azar; de todas formas, nos entendíamos.

Sin embargo, todo aquel mal-mal suyo me dio que pensar y le pedí que me jurara que no se había metido en ningún lío con los magrebíes.

Le dije con toda sinceridad que para mí no había diferencias respecto a quién entregarme, hombre, mujer, joven, anciano; lo importante era que la persona a la que tenía enfrente me quisiera de verdad.

«Yo pienso lo mismo —dijo él entonces—, yo pienso lo mismo.»

Aquellos fueron unos tiempos extraños, y nosotros fuimos más extraños si cabe.

No conozco otros niños que crecieran así, en una libertad total, sin reglas ni límites.

En la escuela, alardeábamos de que a nosotros no nos llevaba nadie, de que éramos nuestros propios amos, pero la vida demostró lo contrario.

Aquella libertad nos quitó más de lo que nos dio.

Entonces nació Zavodskaia. Entonces nació Lyon.

Entonces brotaron en nuestra mente pensamientos y placeres que nos desgarraron por dentro con el paso de los años.

Una niña sin madre y un niño sin padre. Se daba por hecho que estaríamos siempre juntos.

Ayer, cuando regresamos del centro, Haim se descalzó ruidosamente y se dirigió a su habitación.

Se sentía humillado, pero me daba igual.

Desde hace unos meses discutimos casi todos los días, siempre por culpa de «mis amigas vulgares».

Esta vez sí que hemos discutido por una tontería.

Le conté que Fima había ido a ver cómo había quedado la renovación de Notre-Dame, y que no le había gustado.

«Nuestra iglesia es más bonita. Tiene más iconos y más candelabros de oro», me dijo ella, y yo se lo transmití a Haim palabra por palabra, creyendo que nos reiríamos los dos.

Sin embargo, él se enfadó y pasó al ataque.

Fima es una inculta, una salvaje que no ha leído un libro en la vida pero se permite opinar.

Una creyente fanática, Fima. Una delincuente que roba zanahorias en las tiendas.

Una estúpida. «Por culpa de gente como esa no sois apreciados por aquí los de Europa del Este.»

En cierto sentido, nada nuevo, si no hubiera sabido a qué se refería.

La semana pasada, Cora regresó de la plaza con el bolso rajado y sin dinero.

Había perdido cincuenta euros —de todas formas, nunca lleva más—, pero gritaba como si hubiera perdido quinientos.

Por supuesto, era culpa de los inmigrantes, porque durante toda su juventud, incluso en tiempos difíciles —difíciles para quién, me pregunto yo—, a ella no le había robado nadie.

Haim le preguntó, divertido, por qué estaba tan segura de que el ladrón había sido un inmigrante, y ella respondió que un francés no le habría rajado el bolso, que así solo actúa la chusma balcánica.

«¿No has visto en la tele que todas las redes criminales son de allí? Perdona, Mila, pero es la verdad.»

Entonces Haim se las dio de gran geógrafo y le recordó que Moldavia no está en los Balcanes, y yo, más divertida todavía, le pregunté por qué pensaba que los carteristas eran de Moldavia.

En conclusión, ayer acabamos fatal, pero no me da la gana de que meta a Fima en el mismo saco que a los traficantes de droga.

Luego, arrastrado por la corriente, Haim empezó a insistir también en mi degradación.

«Relajación», como la denominó él sutilmente.

«Mila, es demasiado pronto para que te relajes», y empezó a sermonearme con consejos hasta que lo dejé plantado en el banco y le dije que, puesto que conocía tan bien la ciudad, podía volver a casa solo.

Regresé, por supuesto; yo no lo dejaría tirado así.

Sin embargo, él siguió gritándome y terminó lanzándose a un monólogo alucinante que no había manera de interrumpir.

En un momento dado, y eso sí que no me lo podía creer, se puso como ejemplo a sí mismo: que él había llegado a París sin hablar francés, pero que había salido adelante gracias a su ambición.

Yo quería decirle que había salido adelante gracias a Cora, no a la ambición, gracias a Cora y a su padre, que le facilitaron un primer contrato y lo promovieron en toda clase de consejos de administración; tal vez no abiertamente, pero se sabía que era su yerno, esas cosas siempre se saben.

¿Y qué gran ambición le hizo falta para mantener una vida ya montada, con apartamentos, con muebles, con una casa de verano a su disposición cuando se le antoje?

Una vez oí contar a Cora que su padre le había regalado incluso los trajes de Fabrice, su difunto hermano, porque tenían la misma estatura.

¿Ha tenido Haim algo suyo, ganado y perdido, como mi padre?

¿Ha vivido él en casetas de obra, comiendo comida caducada y llenándose de lombrices como Malik?

Estábamos juntos cuando lo ingresaron en el hospital.

Había empezado a vomitar sangre y lo llevé a urgencias por la fuerza.

Le encontraron parásitos y le dio por bromear con que a él no se lo iba a comer una lombriz, que se tomaría un aguardiente y la echaría, pero el médico le agarró la mano y le dijo con severidad «sí que te va a comer», y que no era solo una.

Cuando me mostró las radiografías, me dieron ganas de vomitar.

Una infestación semejante solo es posible cuando alguien come de la basura.

«¿Tú comes de la basura, Malik?», le pregunté yo, y él rehuyó mi mirada.

Comía, comía lo que pillaba. En fin, eso tampoco quiero recordarlo.

Ambición. Haim no tuvo que desear siquiera platos o una almohada.

Nunca olvidaré el día en que fui a IKEA a comprar cosas para la casa, mis primeras cosas de persona adulta.

Tenía cuarenta y cinco años, y hasta entonces solo había vivido en pisos de alquiler, en casas compartidas o con amigos que se ponían enfermos cuando veían mi número en el teléfono.

«Mierda, otra vez Mila.» «No respondas, que es Mila.»

«Que le den por culo, ya está otra vez sin casa.»

Compré entonces algunas cosas básicas. Cuatro platos, un juego de cuatro cubiertos y tres vasos, porque eran de esos que se vendían de tres en tres, y seis eran demasiados.

Cuando llegué a las almohadas y vi cuánto costaban, me compré un cojín, barato, de rebajas.

Estaba todavía al principio de la lista, pero ya me había gastado unos cien euros.

Me quedaban el baño, unas ventanas podridas que había que cubrir con algo, el suelo desnudo.

Me eché a llorar allí mismo, con el cojín en el carrito y la ambición enrollada.

Lloraba, pero me sentía feliz. Contaba, por fin, con un espacio propio.

No tenía que andar de puntillas en apartamentos ajenos, mear de noche poniendo la mano para no hacer ruido, salir al balcón con la excusa de que tenía calor cuando lo que quería era tirarme un pedo, porque por culpa de la menopausia me tiraba pedos y me apestaba el sudor.

Pero sobre todo, sobre todo, no me veía obligada a recompensar la caridad de los demás.

Ni siquiera me preguntaban si podía ir, si tenía tiempo, si me encontraba bien.

Cuando necesitaban mano de obra gratuita, me llamaban para decirme que fuera, que fuera, que me necesitaban.

Cuidar niños, limpiar casas, alimentar mascotas. Mila, Mila, Mila.

«No me relajo, Haim. ¿Pero qué quieres que haga?»

, solo eso pude replicar, como si él no supiera que hay miles de jóvenes con estudios recién terminados que ni aun así encuentran trabajo, solo avanzan en la cola del paro.

¿Quién me contratará a mí, una taruga, por más que pueda y que sepa?

No me contrataron a los veintiocho, cuando todavía parecía una intelectual e incluso tenía cierta ambición.

Entonces me partieron las piernas con la burocracia.

Luego, tampoco me contrataron a los treinta y cinco, con papeles, tenía papeles, dirección, contrátenme.

Quisieron en Lidl, en Auchan, pero tampoco del todo.

Cuando nos calmamos los dos, Haim habló en tono benevolente.

Me propuso que me presentara a las oposiciones para ser funcionaria, que encontrara un trabajo con el que poder jubilarme y que empezara a moverme en otros círculos, con otra gente, sin Fima.

Esas fueron exactamente sus palabras, tal cual.

«Si empiezas, te ayudaremos nosotros. Tienes que empezar, Mila.»

Desde entonces estoy dando vueltas a sus palabras.