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Cuando yo tenía que hacer los deberes y escribir mi diario, Malik murmuraba «vale, Mila» y encontraba de inmediato algo que arreglar por casa con el destornillador.
A mí no me gustaba llevar un diario, pero mi padre me obligaba a escribir cada día por lo menos dos páginas y me pedía que le leyera «las anteriores».
Nunca estaba satisfecho conmigo. «Has hecho una descripción escueta del jueves. ¿Cómo que hizo buen tiempo?»
Él quería que utilizara comparaciones y metáforas, pero sobre todo oxímoros, que le gustaban incluso más que la bebida.
Con el tiempo, le pillé el tranquillo y empecé a llenar páginas y páginas de «silencios ensordecedores», «dientes de león lechosos como vacas» o «liebres con orejas como las de Eduard Dudcă».
También Dina Andreevna pasaba todo el día fuera.
Una mujer pecosa, con un seno amputado, exhausta y sudorosa.
Me daba la impresión de que volvía a casa no para cuidar de Malik, sino para que él cuidara de ella.
Le había enseñado desde pequeño a cocinar y a lavar la ropa, y él siempre cocinaba de más.
«Por si viene mami», decía avergonzado mientras pelaba otra patata o añadía más macarrones a la leche.
[12] «Los vestidos de mami», les explicaba a las vecinas cuando salía a tender la colada lavada a mano.
«Te pareces a mi madre», me decía a menudo, seguramente por las pecas; otra cosa no tenía por aquel entonces.
Y, aunque no me sentía halagada por la comparación con una mujer a la que consideraba vieja, nunca se lo reproché, porque sabía que lo decía por amor.
Ningún niño ha querido a su madre como él quería a la suya.
A Fiódor, su padre, lo conocí al año siguiente, cuando vino de visita diez días.
Era marino mercante y tenía otra familia en Jabárovsk.
Los primeros años pasaron deprisa. Era buena estudiante, me llevaba bien con mis compañeros.
Nuestra maestra era una persona decente y no esperaba, como las demás, propinas ni obsequios.
Ante su puerta nunca había padres con regalos.
En cierto sentido, también eso fue una suerte, porque, después de matricularme en la escuela, mi padre no volvió a poner un pie allí en diez años.
Estaba terriblemente ocupado. Las reuniones del Frente Popular.
El trabajo. Las borracheras. Estaba en todas partes, luchaba por todo.
Por la lengua, por la unificación con Rumanía, por las reediciones, las reestructuraciones, las rehabilitaciones.
Mientras él y sus amigos luchaban, otros, más listos, decidían.
El tiempo demostró que la segunda opción era la mejor, porque decidir requiere una simple elección, mientras que luchar implica un credo.
Lo apreciaban mucho en su trabajo. Los periódicos habían adoptado el alfabeto latino, necesitaban redactores y correctores de estilo.
Los periodistas jóvenes no sabían escribir correctamente, la mayoría procedía del sistema soviético, así que él les ayudaba.
[13] Les preparaba listas con los errores más frecuentes, les llevaba diccionarios y les recomendaba «lecturas».
Mi padre conocía el rumano mejor que los demás, podía hacer incluso traducciones del ruso o del ucraniano.
Trabajaba cada vez más y en más sitios todavía.
Le pagaban lo mismo, pero el dinero no le interesaba.
Decía que eran los años más hermosos del país, «sin comunistas y sin lagartijas».
Sus años de gloria, en los que jugó con las palabras como le vino en gana, si bien no con las más grandes y no ante quien era necesario.
Mi padre, tan inteligente, muerto con todas las palabras dentro.
Cuando regresaba a casa cargado de bolsas de comida, casi siempre de madrugada, torturaba la cerradura de la puerta, se dirigía directamente a la cocina y se quedaba allí hasta la mañana.
Yo fingía dormir para no disgustarlo, pero escuchaba con el corazón en un puño cada ruido que traspasaba la gruesa puerta de vidrio, intentando adivinar qué estaba haciendo.
De costumbre, me preparaba la comida para el día siguiente, escribía, traducía, dibujaba.
Cuando me despertaba para ir a clase, él ya se había marchado y yo volvía a ser una niña sin padre, volvía a sentir nostalgia de mi padre.
En la mesa encontraba arroz con leche o sémola con leche o buñuelos con leche, y siempre una tila en una tetera de metal, envuelta sin falta en un paño de felpa para que conservara el calor.
No sabía que yo nunca desayunaba, un hábito que mantengo incluso hoy en día, y que entraba en la cocina solo por sentir su aroma.
A tabaco y a leche, así olía mi padre, mi padre, tan precioso como las grullas.
Me instalaba con los ojos cerrados en la silla en la que se había sentado él y me imaginaba lo que había pensado mientras me preparaba aquellas exquisiteces.
Me preguntaba si me consideraría guapa, si me consideraría lista, si me consideraría lo suficientemente buena como para poderle decir algún día al mundo entero que yo era su Mila, su hija, su niñita.
Aparte de comida, encontraba otras cosas.
Hojas arrugadas con poemas inacabados, retratos de amigos dibujados a cera y toda clase de notas escritas a lápiz en tiras de galeradas.
«Mila, en la cazuelita tienes la salsa» o «Hay que lavar estas zapatillas» o «Mila, los amigos son como brotes de espigas».