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La última vez que estuve tan cerca de un hombre era invierno, estaba borracha, todo terminó como de costumbre.
—Pasa el barco de la basura —le digo mientras le lío un cigarrillo—. Dos japonesas con bolsos caros. Una tiene el pelo rosa. La otra es tu tipo.
—¿Menuda? —me pregunta.
—Vieja —le respondo, y nos echamos a reír al unísono. Nos reímos siempre de las mismas cosas, pero Haim tiene dentadura postiza y parece más feliz que yo.
Al final del sendero, una cuidadora con dos niñas se detiene delante del puesto y le compra un algodón de azúcar a cada una.
La pequeña camina un par de pasos y el algodón se le cae al suelo; la otra corre para poner a salvo su propio algodón.
Aquí nada me recuerda a mi país, a la alegría con la que vagabundeábamos sin vigilancia por las calles de Chisináu y compartíamos un helado, un Tarhun,[10] un algodón de azúcar entre tres.
Me asusta haber olvidado el sabor del algodón de azúcar, pero conozco de memoria las estaciones de metro de una ciudad extranjera.
—Qué más —me pregunta en tono dulce. Le tiembla la voz y sé en qué está pensando.
Le doy la mano y él enrosca su dedo en mi dedo.
Nunca le he preguntado cuánto ve. Pienso que distingue algo, contornos, una luz intensa, o quizá vea con un ojo mejor que con el otro.
Tampoco me interesa. Me gusta pensar que me necesita, que sin mí no podría vivir.
Pero querría saber cómo soy en su mente.
Cómo piensa en mí cuando se acuesta, porque sé que piensa en mí.
Querría que me viera más joven y más delgada.
Con el rostro menos hinchado y ropa más cara.
Me gustaría que me viera como una mujer, no como una cuidadora.
El humo del hachís me adormece el cerebro y recuerdo brevemente a mi madre.
Otro recuerdo equivocado: mi madre oliendo a hachís.
Es como si en él se hubiera mezclado todo —los muertos, los vivos, el entonces, el ahora—, como los botones de colores en los cajones de Nina.
Me pregunto si el año que viene reconoceré a alguien.
Si los médicos tienen razón y la enfermedad avanza deprisa, Haim será para mí un desconocido.
Aunque no sé qué me traerá el olvido. Tal vez recordaré bastantes cosas, solo que no significarán nada.
Puede que se me presenten imágenes con Malik en la playa, nosotros dos en el jardín, Nina haciendo mermelada, y que yo me pregunte en qué película o en qué revista he visto a esas personas.
También puede que sea al revés. Que ni siquiera recuerde a esa mujer del espejo, ese pecio abandonado que aún se cree velero.
«Son unos años preciosos en los que debería explicarles a sus seres queridos lo que le sucede», dijo el médico listo.
O tal vez no dijera exactamente eso. Tal vez no dijera «a sus seres queridos», sino solo «a la gente», y estoy segura de que no dijo «preciosos», sino solo «años».
Y tampoco los médicos lo saben todo, nadie lo sabe todo en este mundo.
Antes de mudarnos a la nueva casa, mi padre sacó trescientos rublos del banco y visitó a los vecinos para saldar sus deudas.
Algunos se sintieron ofendidos y no quisieron aceptar el dinero.
La mayoría, sin embargo, lo aceptó. Por la noche, tras pasar un buen rato lavándose las manos con jabón, como después de una tarea extremadamente sucia, mi padre se sentó a la mesa y arrancó del cuadernito los tres gastos que habían supuesto una carga: ataúd, aguardiente, comida.
Luego me habló una hora entera sobre lo importante que es en la vida hacer borrón y cuenta nueva.
No nos resultó fácil. Comer comíamos bien, siempre se las apañó en la cocina, pero, más allá de eso, no sabía qué hacer con una niña cualquier día que no fuera domingo.
Él se había acostumbrado a salir de casa temprano y regresar tarde o no regresar, y yo me había acostumbrado a tener madre.
Como observé desde los primeros días, él ni siquiera tenía ropa de andar por casa.
Todas las «operaciones de traslado» las hizo vestido con pantalones de traje y una camisa blanca arremangada. No se puso corbata, eso sí.
Recuerdo con una claridad dolorosa la primera vez que eché en falta a mi madre.
Había salido del baño y tenía los ojos llenos de lágrimas.
Él no solo había dejado en la residencia la bañerita y los patos, sino que se había negado en redondo a comprarme el champú con el que no picaban los ojos, a frotarme la «espaldita» o hablar conmigo, como había hecho mi madre hasta entonces.
De los cuentos antes de dormir no tenía ni idea.
«La casa está llena de libros», me soltó por encima del hombro, y me mandó a la cama.
En septiembre, convencido de que así se libraría de mí y de que todo volvería a ser como antes, me apuntó al parvulario.
Pero no lo fue. Las cosas fueron incluso peor.
El parvulario era ruso, los niños no me entendían y él discutía con las educadoras cada mañana, lo que me convirtió rápidamente en una paria.
No iba bien vestida, me mandaba allí despeinada y sin lazos, y por la tarde era el último en venir a recogerme, mucho después del cierre.
Un par de veces, para escarmentarlo, las monitoras me dejaron con el guarda.
Pero esto no solo no lo volvió más responsable, sino que lo animó a demorarse todavía más, contento de haber encontrado una solución.
El problema principal, sin embargo, era otro.
Yo lo intuía y había empezado a sentirlo en mi propia piel.
Por mi culpa, mi padre ya no podía viajar, y eso lo sacaba de sus casillas.
Un domingo, sin paños calientes, me preguntó si estaría dispuesta a quedarme sola en casa tres días.
«Con comida, con la tele, con todo», me dijo, como si estuviera recitando un poema, y yo me eché a llorar.
Acababa de cumplir seis años, apenas conocía el nuevo barrio.
Todo lo que me rodeaba era desconocido y no tenía amigos.
Además, aunque él no lo supiera, mi madre se aparecía cada noche junto a mi cama y me preguntaba qué había hecho él ese día.
¿Qué camisa se había puesto? ¿Olía a tabaco?
¿Había bebido? ¿Con quién? Mi reacción lo decepcionó profundamente, me di cuenta al instante.
«Si te vas a poner así, no hay más que hablar», farfulló, y durante una temporada así fue.
En cambio, mi padre era sorprendentemente apreciado por los vecinos.
Tenía para cada uno una palabra de ánimo, un consejo, una explicación.
No pasaba nunca junto a una mujer sin reparar en sus ojos o en el corte de su vestido o en lo extraordinariamente sano que tenía el cabello y, con toda seguridad, también las encías.
Mi padre piropeaba incluso a los perros: «Mira, Mila, qué perro tan azulado, y qué pecho tiene, ¡como una hogaza!» .
Sin embargo, lo respetaban sobre todo por sus consejos médicos.
Tenía pasión por las plantas y estaba obsesionado con los medicamentos, una combinación peligrosa que le permitía hablar sobre males y enfermedades incurables durante horas y horas, como un médico jubilado.
A las vecinas les recomendaba remedios para los dolores menstruales y las hernias, y a los vecinos les decía cómo tratarse la próstata y las micosis.
«Aquí tiene, Maria, le he apuntado la receta de una tintura de caléndula que hace milagros», o «Anton, ¿ha probado a masajearse la zona con llantén?»
. Por desgracia, yo no era una niña enfermiza.
Muchas veces he pensado que, si me hubiera puesto enferma más a menudo, tal vez nos habríamos acercado más.
Aunque, cuando me resfriaba como los demás niños, se limitaba a prepararme una infusión de frambuesa y me decía que me quedara tres días en la cama, no más, para que la enfermedad no anidara en mí.
La solución llegó en invierno gracias a una vecina médica que también criaba sola a su hijo.
Al ver los esfuerzos que teníamos que hacer, cómo mi padre me sacaba por la mañana a la puerta como una locomotora y cómo me traía de vuelta del parvulario por la tarde con cara de mártir, Dina Andreevna le dijo que sería más sencillo mandarme a la escuela,
porque en el colegio podría quedarme después del horario escolar.
Al día siguiente, mi padre habló con la directora.
«Va a cumplir siete años en julio, no es para tanto», dijo en tono autosuficiente y la directora estuvo de acuerdo.
Ciertamente, no era para tanto. De todas formas, yo me sabía todas las letras y contaba bien hasta diez: mi madre solía contar con los dedos, hasta diez, todas las oportunidades que había perdido en la vida por mi culpa, y eran diez.
Periodista, fotógrafo, viudo…, todo eso también contó a favor de mi padre.
El hijo de la doctora se llamaba Malik. Era un niño menudo y callado, y cuando se emocionaba o se asustaba por algo, repetía las palabras.
Duele-duele, bonito-bonito, coche-coche.
Malik era tres años mayor que yo, pero nos volvimos inseparables enseguida y todo lo hacíamos juntos.
Él me protegía de los perros y me ayudaba con las matemáticas, yo le forraba los libros y le resumía las lecturas obligatorias.
Pero lo que más hacíamos era salir al balcón, comer pipas de calabaza y jugar «a las personas».
Era distinto a cuando jugaba con mi padre.
Las personas de Malik no eran nunca plantas, estaciones del año o virtudes, solo coches.
La mujer, un Kamaz; el viejo, un Mazda; el policía municipal, un Opel.
Para Malik, cualquier cosa tenía un código técnico, y su divisa suprema eran los fantice[11] de los chicles Turbo.
Estaba loco por ellos; una vez me dijo que su objetivo en la vida era alcanzar los mil coches, y lo consiguió.
La última vez que fui a verlo a Lyon, me enseñó una carpeta de plástico con mil cromos.
Algunos los recordaba de los años de escuela.
Otros eran más nuevos y más cuadrados, con números escritos a mano en la esquina derecha.
También tenía motos, pero no las había contado.
Había contado solo los coches, y eran justo mil.