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Haim alardea de conocer el barrio mejor que yo. Camina y camina. Más rápido de lo que puede, más lejos de lo que debería. Me explica que tiene en la cabeza un plano por pasos de las calles que «no va a cambiar en cien años», porque esto es París, nadie construye como le viene en gana.
—Hay cosas que cambian incluso en París —le digo—, solo que tú no quieres oírlo.» Aparcamientos de bicicletas eléctricas, showrooms, baños portátiles o barber shops, que han brotado como setas después de la lluvia. Antoine me comentó que la mitad son tapaderas para vender droga.
O, por ejemplo, ahí, en la esquina, los chicos de Paşa han vuelto a montar los andamios, y tendré que llevar a Haim de la mano.
La última vez pisó cemento húmedo y se estropeó los zapatos.
Maldijo a Paşa toda la semana, y Paşa a mí todo el mes.
Ese sí que entiende de dinero. Hace cinco años trabajaba para los polacos por días, acarreaba brochas y bocadillos, y ahora va a la obra en un Mercedes nuevo.
Es cierto que sigue acarreando brochas y bocadillos, pero al menos no los acarrea para otros.
Ha reparado ya dos veces el edificio ese.
Es antiguo y bonito, pero, desde que la china abrió en la planta baja un salón de uñas, el precio del alquiler ha bajado.
Los vecinos firmaron un montón de peticiones para que la echaran, y Halagarda estuvo a un tris de perder la voz.
Se plantaba cada día delante del edificio y gritaba a pleno pulmón «¡de día uñas, de noche pollas!»
, con la esperanza de espantar a las clientas.
Fue muy feo. Todo el mundo sabe que Halagarda es una racista y que grita solo a los inmigrantes, algo que a los vecinos por un lado les disgusta y por otro les conviene.
Así que hicieron también ellos lo que mejor saben hacer por aquí: se quitaron de en medio.
—¿Queda mucho hasta donde Anaïs? —me pregunta Haim, y lo veo hurgar en los bolsillos en busca de dinero.
Justo lo que me temía. Generalmente nos paramos y él compra dos gofres o dos crepes o dos helados, pero este mes he decidido no comer dulces.
He alcanzado los noventa y siete kilos, parezco Roza, la de la policlínica, y no quiero presentarme allí así de gorda.
Me queda solo una semana. Si consigo no comer después de las seis, salir a correr y no beber, debería al menos desinflarme.
—Hoy no se ve su puesto —miento, y veo que Haim tuerce el gesto.
Qué historia también la de esta mujer, Anaïs.
Yo no la trago. Es una mentirosa y siempre finge no tener cambio; claro que tiene, solo que no te lo da.
Además, me saca de mis casillas con sus quejas interminables sobre los impuestos, las vacunas, la edad de la jubilación.
Todo va mal en este país: los ministros son demasiado jóvenes; los alumnos, unos vagos; los inmigrantes, unos mimados.
Solo ella es trabajadora y lista y entiende cómo funcionan las cosas.
Los vecinos del barrio, sin embargo, la aprecian y prefieren comprar gourmandise[5] donde «la pauvre Anaïs, le sel de la terre»,[6] aunque todo sea más caro y ni siquiera especialmente bueno.
Allá ellos con su sal. «Tenemos que adaptarnos, no adoptarlos», dijo una vez la esposa de Haim, hablando de los inmigrantes y los derechos que deberíamos tener nosotros en Francia.
Cada vez que llevo a Haim al centro, pienso en mi padre.
En mi padre joven y vigoroso, en mi padre con su camisa amarilla que brillaba entre los castaños de Chisináu, en mi hermoso padre muerto.
Creo que no estaría contento conmigo ni con lo que hago aquí, pero tampoco él contentó a nadie mientras vivió, así que estamos en paz.
De todas formas, antes de su muerte conseguí aquel contrato en la AFP[7] y se alegró mucho.
Cuando lo llamé para decirle que iba a dedicarme a «las fotos» en la principal agencia de prensa de Francia, oí cómo su voz se animaba.
Ese mismo día fue a la Biblioteca Nacional, donde examinó una pila de álbumes y antologías.
«Apunta ahora mismo estos nombres», gritaba al teléfono, y me los dictaba deprisa, con errores, por miedo, como de costumbre, a gastar dinero.
Por aquel entonces no había tantos medios como ahora.
Para llamar a casa, había que gastar dinero.
No era mucho, pero no era poco, sobre todo porque yo no tenía nada.
«Mila, ¿estás tomando nota o qué? An-sel Adams, Ro-bert Capa, Lanj Doroti;[8] creo que se escribe diferente a como suena, tendrás que buscarlo. Pero tú debes empezar sin falta con Henri Car-ti-er Bresson, el padre del fotoperiodismo francés, ¿me oyes?»
«Vale, papá. Vale, papá.» «Mila, ¿tienes alguna biblioteca por ahí cerca o solo hay tiendas?»
En el año que pasé en la AFP pienso como en otra vida.
Un buen trabajo. Me lo encontró una de las señoras que venían a tomar café, ni siquiera tuve que enviar un currículum.
Hablé diez minutos en ruso con una asistente, y ella me pidió que fuera al día siguiente para que me pasaran los ficheros.
Tampoco me interesaba el dinero, solo hablar francés de verdad con franceses de verdad y trabajar con la cabeza.
Estaba convencida de que, a partir de entonces, todo iría a mejor.
El siguiente contrato podría ser más largo, tal vez incluso indefinido.
Si tenía un contrato, podría alquilar algo por mi cuenta.
Si tenía un espacio propio, podría traer a Malik a vivir conmigo.
Una tarde, les hablé a mis compañeros del tema de mi tesis doctoral y se quedaron muy impresionados.
«¡Ni siquiera nosotros sabemos tanto sobre Balzac!»
, me alabó la jefa, una mujer delgadita, madre de cuatro hijos, que parecía una cría.
Así sería yo en unos pocos años: una madre con un hijo, con trabajo, con Malik.
Generosa con mis compañeros más jóvenes.
Sin embargo, todo acabó tan rápido como había empezado.
La chica de recursos humanos regresó de la baja maternal y se asustó al comprobar que yo no tenía papeles ni dirección.
Contrató en mi lugar a una finlandesa que se había pasado el verano follándose a un ruso de Petrozavodsk y que había puesto en su currículum que hablaba ruso. Fluido.
La alameda está llena de perros gordos y de castañas secas.
Aquí es mejor comer perros que castañas, pero te puedes comer también a ti mismo.
De vez en cuando se distingue alguna flor, aunque tampoco quedan demasiadas.
Lo mismo ocurrió el verano pasado. Una enfermedad las ennegreció sin ponerlas mustias, y quedaron colgando de las ramas hasta que las lavaron las lluvias.
He leído que es un microbio que ataca la médula y paraliza al árbol.
Han muerto millares. Un bosque entero no lejos de París.
Mi padre llamaba «velas» a las flores de los castaños y con ellas preparaba una infusión.
«Se han apagado las velas, se han encendido los ojos de los diablos», decía, recitando un verso.
Estoy convencida de que ahora me lo recitaría o compondría otro más bonito.
Al menos ha salido el sol. No recuerdo un verano más feo.
Solo lluvia y los gritos de Halagarda. No he ido a ningún sitio, no me he comprado nada.
Me dieron una semana de vacaciones en junio, cuando se marcharon los dos a Deauville, a la boda de su nieta.
Haim habría querido que los acompañara, pero Cora dijo que era solo para la «familia más cercana».
Sentía curiosidad por saber qué iba a inventarse esta vez.
Otros veranos fueron los obreros, los peces, las flores.
Necesitaba algo a largo plazo y encontró la familia más cercana.
De todas formas, yo podría haber hecho algún plan, pero Fima no estaba y Lenuţa tenía que limpiar donde el sacerdote.
Me quedé en casa y bebí sola, y no quiero ni acordarme de ese domingo en que fui a su casa. Se perdonó él solo.
Hay cola en la floristería y veo a Aniuta desembalando tallos de juncos.
Recuerdo que había prometido llamarla. Me dejó dos mensajes de voz, y vi también una llamada perdida de su croata.
Duje, Dujin, algo así. Aniuta está aquí desde que empezó la guerra, pero en invierno regresará a Ucrania.
Ha ahorrado un dinerillo y ya no aguanta la estupidez de los extranjeros.
«Ellos tienen sus guerras, Mila. A nosotros no nos comprende nadie, dicen que nos matamos entre nosotros», se quejó en una borrachera, pero al día siguiente vino a buscarme de buena mañana para pedirme que no lo comentara con nadie, porque se había enterado de que su jefa era trumpista.
Aniuta es mucho más joven que yo y, claramente, más lista.
A los veinticinco años, yo hablaba por los codos.
Tenía mis convicciones y se las soltaba a cualquiera, sin pensármelo.
Tenía unos principios que no me reportaron nada, pero me arrebataron una cátedra.
Saludo a Aniuta con la mano y ella me responde triunfante, blandiendo un junco.
Un poco más y llegamos a nuestro banco. Veo que está vacío y me pongo contenta.
Cuando está ocupado, me adelanto corriendo y le pido a quien sea que nos ceda el sitio.
«Es su banco preferido. No ve, pero siente», gimoteo, y la mayoría se levanta de inmediato pidiendo disculpas.
Solo una vez tuve problemas, cuando intenté camelar a una pareja con tres niños pringados de chocolate, que discutía por unos billetes anulados.
«Je m’en fous!»,[9] me respondió la mujer.
«En este país no todo es para los viejos. Nosotros pagamos impuestos.» Salvo esa vez, todos me hacen caso.
Un grupo de niños pasa a nuestro lado volando una cometa y Haim sonríe al escuchar sus voces.
Sonrío también yo. Me gustan los niños que juegan con tirachinas, que saltan a la comba, que hacen barquitos de papel o dibujan rayuelas en el suelo.
Los juegos antiguos producen una alegría pura, una alegría que pide ser compartida con todo el mundo, no solo con los que han comprado una entrada.
Cuando veo una cometa de papel en el aire, mi corazón fatigado se eleva también un poco.
Qué le voy a hacer, me enternecen, todavía me enternecen los niños.
Incluso los revoltosos, incluso los desobedientes. Ellos aún están a tiempo de cambiar.
Le doy un golpecito entre los omóplatos y nos detenemos.
Lo sujeto de la cintura, le desabrocho el primer botón de la camisa y lo pongo de cara al sol.
Es guapo. Todo lo que nos rodea es bonito.
La luz inunda la ciudad como si no la hubiera tocado en mucho tiempo.
Su cuello huele a limpio y a hierbas. Hago como que le arreglo el cuello de la camisa y hundo la cara en él.