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E incluso aunque nunca la interrumpiera, ni siquiera cuando sentía que se me escapaba el pis, siempre le parecía que no la escuchaba con atención o que dudaba de sus palabras.
Entonces se tumbaba rápidamente bocabajo, sacaba de debajo del sofá un saquito de fotografías en blanco y negro —sus creaciones, realizadas con su cámara de fotos— y me las plantaba delante como una prueba irrefutable.
Las veo como a través de la niebla. Un puente, una calle con farolas que no podía ser Chisináu, una fiesta con hombres melenudos y mujeres con vestidos trapecio.
Fotografías banales, desgastadas de tanto toquetearlas, sobre las que un director de cine de Moscú al parecer dijo en algún momento que tenían la visión de un genio.
Mi padre dijo que el director era un comemierda.
Para ser sincera, aparte de ofendida o esperando a su marido, guardo pocos recuerdos de mi madre.
Me acuerdo sobre todo de sus cosas, que, una tras otra, se mudaron de nuestra habitación estrecha a mi imaginario vacío y construyeron allí un mundo entero solo para ella.
Cuando estoy mal, me basta con cerrar los ojos para encontrarme de repente en aquel espacio extraño, siempre cambiante, como una gigantesca fotografía movediza, donde el aire huele a cigarros mentolados y de su vestido de muerta crecen flores y pájaros de seda.
Nadie sabe lo que ocurrió antes de que yo naciera, pero por la actitud de mi padre en el funeral, comprendí que los dos permanecieron juntos no por mí, sino por mi culpa.
Mi padre no derramó una sola lágrima; sacó en cambio dos rollos de fotos que reveló al día siguiente.
Al cabo de unos años, descubrí que la cámara de fotos era efectivamente de ella.
Mila-Manila, Mila-tequila, Mila-camomila.
Si quieres que te vaya bien, que te oigan los oídos, que te vean los ojos, que te palpite el corazón, tienes que mimar tu nombre.
«Avión, melón, rincón», gritaba yo, y así la mañana se llenaba de amor por nuestros nombres, nombres sencillos pero impolutos, y el domingo empezaba con buen pie.
Eran pocos aquellos domingos, pero eran requetebonitos y no los compartía con nadie.
En otoño nos deteníamos en el parque junto a la casa y nos lanzábamos sobre las hojas «¡para escalar este monte antes de que se nos derritan los pies!», y en invierno nos revolcábamos los dos por la nieve, «creo que voy a llevar un poco de nieve a casa, Mila. La pondremos a germinar».
A veces íbamos juntos al mercado, donde él me enseñaba a elegir los tomates rascando la piel con la uña, o las frutas más sabrosas.
Otras veces íbamos al planetario, porque todo el mundo tiene que saber dónde están Orión y la Osa, o al menos la Hidra, la constelación más grande.
«¿Qué estudiáis en la escuela si no sabéis ni eso?»
Cuando hacía buen tiempo, dábamos de comer a las palomas y a los cuervos.
Mi padre llevaba siempre mendrugos de pan en los bolsillos de la chaqueta, y cuando le preguntaba de dónde los había sacado, me respondía muy serio que toda su ropa estaba confeccionada con sacos de trigo y no permitía que nadie pasara hambre.
De la lluvia nos resguardábamos en las librerías; elegíamos libros al azar y los comentábamos en voz alta para escándalo de las vendedoras.
Si encontraba algún libro patriótico o, como decía él, escrito por encargo, lo abría con devoción, separaba las piernas y lo leía cadenciosamente, como si estuviera en un escenario.
Luego venía mi momento favorito. Mi padre se sacaba del bolsillo un cuadernito del que no se separaba jamás, escribía en él unos títulos de libros inventados y, con cara de niño bueno, se dirigía a la vendedora para preguntarle: «Estimada señorita, ¿tienen por casualidad este libro maravilloso?» .
Eran títulos tontísimos: La lucha del renacuajo de barro, El criador de rimas, El enigma del semáforo daltónico.
«¿No será el criador de lombrices?»,[4] preguntaba la joven, azorada.
«Tenemos una guía práctica para pescadores.»
«¡Dios mío, Dios mío!», exclamaba entonces él, muy ofendido.
«Nada de eso; son rimas. El autor del libro es ante todo un gran poeta, y solo después pescador. Estoy seguro de que habrá oído hablar del ilustre Eduard Dudcă; de lo contrario, no sé qué hace trabajando en una librería.»
Mi mayor regocijo, sin embargo, era cuando me llevaba al café del centro, donde nos quedábamos hasta pasada la medianoche.
De esas salidas vivía yo semanas enteras, recordando cada palabra: qué había dicho, qué habíamos dicho, cómo iba vestido el hombre que se había parado a saludarnos y sobre el que mi padre me había susurrado que era un gran poeta o un gran canalla.
Él tomaba cafés, más cafés, y a mí me pedía un batido y un pastel, luego otro y otro más.
Hablábamos por los codos. Me hablaba sobre las vidas controvertidas de gente controvertida; sobre la solución ingeniosa de un traductor, por lo demás mediocre; sobre Prometeo y sus suplicios, insignificantes en comparación con el drama de Eduard Dudcă, «que escribe lo que ve,
pero no ve lo que escribe»; sobre el hecho de que las rosas se multiplican también a través de semillas, no solo de injertos, y de que los grillos viven solo un año. De mi madre no hablábamos nunca.
No sé qué era lo que más me gustaba: que estuviéramos juntos o que él fuera, por fin, solo mío.
«Mi hija», «mi Mila», «la señorita Mila», «esta chiquilla», me presentaba a todos sus amigos, y ellos me sonreían, me daban un cachete, me recitaban versos propios o me decían: «Por desgracia, te pareces a tu padre, pero quizá se te pase».
Eran todos unos locos hermosos, escritores, fotógrafos o simples alcohólicos… , su manada.
Volvíamos a casa en autobús cuando queríamos jugar «a las personas» —inventando una historia para cada persona que nos encontráramos—, o en taxi si después de mis batidos la manada pedía también vino, pero siempre volvíamos felices.
Por lo demás, mi padre estaba en la redacción de lunes a viernes, cada sábado, todas las fiestas de noviembre y febrero, de marzo y mayo; en aquel entonces no celebrábamos la Pascua.
Iba a la redacción el día de su cumpleaños y el día de mi cumpleaños; en Nochevieja solo trabajaba hasta la tarde, pero trabajaba, y en vacaciones, si estábamos juntos, iba unas horas, pero iba.
Enfermo, resacoso, apenado, asqueado, mi padre estaba siempre en la redacción.