Cuando seas feliz, golpea tú primero 1 #2
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A pelearme con quien fuera. Le habría contado todo eso de un tirón, pero Benoît Gérard tenía otros métodos.

«¿Qué efectos le provoca la bebida?» «¿Qué tipo de alcohol prefiere?»

«¿A qué imagen asocia el vino?» Un montón de pruebas estúpidas, supuestamente asociativas, que me recordaban a las clases de francés en la escuela, cuando, como yo ahora, Senea-drocilka[2] respondía rápido, pero mal, a todas las preguntas de la profesora.

«¡Gagnant, Senea, ga-gnant!», le gritaba Elena Vasilevna, exhausta, chistándonos a todos, como si fuéramos insectos, con su vara de madera.

«Piensa un poco…, ¿qué haces tú en el gimnasio?»

«El potro, la comba, prisidănii»,[3] respondía él con la cabeza gacha, y nosotros, colorados de tanto reír, esperábamos la siguiente palabra, que por asociación solo podía ser perdant, lo que nos hacía reír incluso sin sus respuestas.

La fase tangible de la consulta fue otro espectáculo: Benoît Gérard me presentó como material didáctico un cráneo de plástico de colores. Retuve el hipocampo y el hipotálamo, porque uno se ocupa de la memoria y el otro, de la vejiga, y yo las tenía, sobre todo la segunda, llenas a reventar.

Después de aquel ping-pong inútil, me quedó claro que o bien él no era muy buen especialista, o bien yo no era alcohólica. Como de lo mío estaba segura, me levanté dispuesta a marcharme, y solo entonces dijo él algo que se me quedó grabado.

No le interesaba tanto lo bien que me sentía cuando bebía —que describí con metáforas y comparaciones, como le habría gustado a mi padre— cuanto el dolor que intentaba esconder bajo la bebida.

«En la raíz de toda adicción, hay un trauma. ¿Cuál es nuestro trauma?»

, me preguntó también en plural, y a esas palabras he vuelto más de una vez.

Al final, no me marché de allí con las manos vacías.

De los folletos de su colega, el reflexólogo, aprendí que el punto de la garganta se encuentra en la base del dedo gordo del pie.

Miro a la vieja que bebe agua y quiero vino.

Miro la barriga de la embarazada y la veo llena de vino.

Veo que no viene el tren y querría que viniera.

Ayer hice de tripas corazón y se lo conté todo a Fima.

No para que me aconsejara, por supuesto, sino para saber que lo sabe alguien más.

De todas formas, Fima no me entiende y nada de lo que me dice tiene sentido para mí.

La vida eterna, las habladurías de la gente, el pecado.

Un ángel caído que vierte brea caliente en la garganta de los borrachos.

Ella, como es creyente, se ve ya en el otro mundo, con sus santos, con sus balanzas, disfrutando de la recompensa por todas las buenas acciones que no ha hecho todavía.

Yo, sin embargo, nunca tendré otra vida y tampoco la espero.

Yo quiero vivir esta como me merezco. Trabajar de lo que he estudiado, comer bien y poder dormir al menos los domingos, al menos hasta el mediodía.

Me gustaría también disfrutar de fines de semana largos y vacaciones.

Pintarme las uñas de rojo y veranear en la playa con un hombre sano, al que no tenga que cargar en una silla de ruedas o empujar entre los omóplatos.

Un hombre que me vea y que desee lo que ve.

Pero, como no tengo nada de lo que debería ser mío, al menos tenía el alcohol, que me arrastraba a través de esa negrura, como por un puente largo, hacia unos tragaluces iluminados donde tenía padres, Malik era mío y nosotras dos nos llamábamos por nuestro nombre. Ahora ni siquiera tengo eso.

«Date un bofetón y se te pasa», me aconsejó Fima.

«Así murió también mi madre, y mi hermana, y mi abuelita, así mueren todas las mujeres que beben y lo ocultan. Mueren solas y meadas, sin dientes y sin familia, enterradas por desconocidos que se quedan con su casa a cambio del ataúd, que se quedan con sus vestidos en lugar de donarlos,

porque la ocasión hace al ladrón, no lo olvides, la ocasión hace al ladrón.»

Tras la muerte de mi madre, mi padre recibió un apartamento gracias al periódico y nos mudamos a las afueras de la ciudad.

Hasta entonces habíamos vivido en una residencia para familias, de la que no recuerdo gran cosa.

Los vestidos de ella, las corbatas de él, mis anginas y la última Nochevieja, con un abeto tan frondoso que bloqueó durante tres meses la única ventana de la habitación.

Adornamos el abeto por turnos. Yo puse las bolas, mi madre modeló unos ovillos de algodón y los ensartó en una guirnalda.

No encontré la estrella, pero encontré una coronita de plástico de uno de mis disfraces, la coloqué en la punta y quedó bien.

Él acababa de llegar de un viaje. Un koljós, una reserva forestal, algo así, de donde vino con orejas de cerdo, nueces y ciruelas pasas.

No sé con exactitud cuándo empezaron a discutir, solo sé que hablaron sobre incompatibilidades y puntos de no retorno; luego salieron al pasillo, y allí mi madre dio rienda suelta a las acusaciones.

Le reprochaba que no hiciera nada en casa, como si no existiéramos.

«¡Siempre con tus amigos, esa manada, malditos sean todos!»

, gritaba. «Oportunidad», «conducta de esposa», «tu payaso», respondía él.

Y así hasta que a mi padre se le agotó la paciencia y adoptó otro tono, su tono de hombre obligado a casarse con una mujer insustancial: «Haz el favor de callarte ya, no hay necesidad de molestar a los vecinos».

Cuando regresaron a nuestra habitación, mi madre cogió las orejas y se fue a cocerlas en la cocina comunitaria; él fingió estar animado y me propuso que fabricáramos adornos para el árbol con las nueces y las ciruelas pasas.

Las atamos de dos en dos con un cordel, las bautizamos como «ciruelinueces» y colgamos las que habían quedado sueltas.

Recuerdo que, mientras adornábamos el árbol, recitó a Eminescu, a Blok y un poema de Rilke que no se sabía de memoria y que tuvo que buscar, apurado, entre sus libros impresos en papel biblia.

Parecía desdichado. Quería estar en otra parte, con otra gente, haciendo otra cosa.

Pero eso podía decirse de cualquiera de nosotros.

Dispensado de la actividad agotadora de las ciruelinueces, se puso una camisa limpia, afiló los lapiceros, que en sus viajes se desgastaban «como las rimas de Eduard Dudcă», y se fue al archivo.

Mi madre era lluvia. No tormenta, no ventisca; a veces también podía serlo, pero entonces no lo era.

Era solo lluvia. Había hecho grandes planes para Nochevieja.

Un vestido de seda, un lucio relleno, diversión.

Había comprado cuatro sombreros plateados y cuatro máscaras, también plateadas, y había quedado desde el otoño con una familia de vecinos «intelectuales» para celebrarla todos juntos en nuestra casa.

Sin embargo, él le anunció que había hecho otros planes, más interesantes que su pescado relleno y la cuenta atrás con una contable del Palacio de los Ferroviarios.

Se iba a un pueblo del norte «a recopilar rarísimas tradiciones y costumbres de invierno».

La Cabra, los Jinetes, los Sargentos. Una oportunidad verdaderamente única.

Dejamos puesto el abeto hasta marzo. Yo me tumbaba debajo con mi madre, comíamos ciruelinueces y mirábamos los adornos.

Éramos muy diferentes mi madre y yo. A mí me gustaba la zanahoria; a ella, el cohete.

A mí el submarino; a ella, la luna. Mi madre quería volar, ser invisible y volar por todas partes detrás de mi padre, y yo quería ir en trineo como los demás niños, arrastrada por uno de ellos dos.

Creo que así terminó ella en el cielo y yo en el hoyo: eligiendo ese invierno los adornos equivocados bajo un abeto asesino.

Mi madre murió un domingo. Las mujeres estaban guisando en la cocina comunitaria; ella, pobrecilla, preparaba una sopa, y a mí, pobrecilla, me calentaba la leche.

Y así, sin más, apoyó las manos en la pared, soltó un gemido y se fue, se fue la pobrecilla, de repente.

He escuchado tantas veces esta historia, contada siempre con las mismas palabras, colocadas en el mismo orden, que he llegado a pensar que, si cambiara al menos una, al menos una coma o una letra, la magia negra que me la había arrebatado se rompería y ella, pobrecilla, resucitaría.

Mi padre estaba de viaje ese día. Entonces no había teléfonos móviles, solo fijos, y solo en los ayuntamientos; así que, para cuando dieron con él en uno de los cinco pueblos adonde había ido para escribir sobre ordeñadoras hacendosas y agrónomos prometedores, habían pasado tres días.

Las familias de la residencia lo organizaron todo.

Las mujeres le pusieron su vestido azul, todavía nuevo.

Los hombres recaudaron dinero y compraron un féretro.

Como los dos eran huérfanos —mi padre no lo era, aunque eso decía él—, los vecinos no avisaron a nadie más, y se alegraron cuando lo vieron entrar por la puerta de la residencia.

Llevaba corbata, la cámara de fotos en una mano y un taco de galeradas en la otra. Había pasado antes por la redacción.

No sé si sufrió, porque no sé si la amaba.

Los vi juntos pocas veces. El espacio donde vivíamos era tan pequeño que no había sitio para movimientos rápidos, menos aún para grandes gestos.

Comíamos por turnos, dormíamos juntos, nos aseábamos en baños distintos.

Mi padre solo pasaba por casa a cambiarse de ropa y descansar para las cosas verdaderamente importantes: el trabajo en la redacción, los amigos, los viajes.

Para mi madre, en cambio, el trabajo era yo, y lo verdaderamente importante era la emoción.

Antes de casarse, quería dedicarse a algo relacionado con el arte.

«Actriz, bailarina, fotógrafa», enumeraba, después de alguna discusión, todas sus carreras malogradas.

Películas, giras, exposiciones. Hipóstasis a las que había renunciado por cuidar de mí.

Cuando hablaba de lo que habría podido llegar a ser si no se hubiera quedado embarazada, mi madre resplandecía.

Sus ojos se agrandaban todavía más, sus cabellos largos se desparramaban por todas partes y rozaban la pared como carámbanos electrizados.

Yo la escuchaba siempre en silencio. Desde la bañerita de plástico, llena de patos amarillos y champú Krea-Krea, de la que salía al cabo de un rato con la piel arrugada.

O desde el borde del sofá, donde comía con el plato sobre las rodillas, porque nuestra mesa estaba ocupada por las cosas de mi padre: apuntes, diccionarios, hojas a medio escribir que él llamaba «manuscritos».