Cuando nos encuentren 98 REBECCA BEAUMONT
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98 REBECCA BEAUMONT

—Te juro por mi vida que voy a vomitarle encima cuando lo vea.

Lina se ríe al otro lado de la línea.

—No creo que sea una muy buena cita entonces, Becca.

Quiero reírme, pero realmente no puedo porque tengo un nudo de nervios en el estómago que no me deja pensar.

—¡Cállate, que es en serio! Estoy demasiado nerviosa. Me voy a desmayar.

—Si eres exagerada, hablas todos los días con él. Además, has sobrevivido a un secuestro, un tiroteo y una herida de bala. Puedes sobrevivir a una cita.

—Sí, pero no lo veo ¡hace un mes! Es demasiado tiempo.

¿Cómo lo saludo? ¿Qué tengo que hacer? ¿Qué espera de mí?

¿Y si... y si todo lo que sentimos fue solo...

el trauma? ¿La adrenalina? ¿Qué pasa si ahora, en un restaurante, a la luz de las velas, nos damos cuenta de que no tenemos nada de qué hablar?

Lina se ríe.

—Él solo espera que seas tú misma, como siempre has sido, Becca. Y obviamente lo vas a saludar con un beso apasionado de película. Le vas a saltar encima, lo vas a rodear con las piernas y le vas a declarar tu amor eterno. Van a hablar toda la noche y vas a tener la mejor cita de tu vida.

Una carcajada al fin se escapa de mi garganta, porque Dios mío, quiero hacer todo lo que dice. Soy la mujer más cursi del universo entero.

—¿Y después de la cena? ¿Se van a tu casa? —pregunta, y esa pregunta precisamente solo logra aumentar mi ansiedad.

—¡No! Se va a quedar en un hotel mientras está en la ciudad —respondo—. Basta de hablar de mí. ¿Tú cómo estás?

—Tengo algo para contarte, pero lo hablamos luego cuando no estés al borde de un ataque de ansiedad.

—¡No me hagas esto! ¿¡Ahora me vas a dejar con más ansiedad aún!?

Ambas nos reímos, y por primera vez en semanas, el sonido es ligero, genuino.

Suena el timbre. Mi corazón da un salto hasta Hong Kong y regresa. Luego se detiene.

—Lina, está aquí. Te dejo.

—Mucha suerte. Y Becca... no lo pienses demasiado. Solo siéntelo.

Cuelgo. Mis manos tiemblan. Bajo las escaleras y el sonido de los tacones suena contra la madera.

Llego a la puerta. Respiro hondo con mi mano sobre el picaporte gélido.

Abro.

Él está allí. Lleva un abrigo oscuro, jeans y un suéter sencillo. Se ve increíble. ¿Cómo alguien puede ser tan perfecto?

Nuestros ojos se conectan, y el mes de separación se evapora en un instante. Todo el dolor, el miedo, la distancia... todo desaparece y solo queda esta tensión eléctrica que vibra entre nosotros.

No dice nada. Simplemente da un paso adentro, saca sus manos de los bolsillos del abrigo y me toma por la cintura, acercándome peligrosamente a él. Su pulgar roza mi cadera y me estremezco. Las piernas me tiemblan.

Inhalo su aroma, que se ha convertido en mi lugar seguro, y antes de darme cuenta sus labios están sobre los míos.

Me besa como si fuera el último beso del mundo.

Nos fundimos en un solo latido, en un solo cuerpo.

Lo tomo por el cuello, y lo acerco más a mí, con mis latidos acelerados, y mi cuerpo en pleno cortocircuito.

Sus labios son suaves, y su lengua recorre mi cuello y mi garganta. Jadeo, no lo puedo evitar. Me tiene entre sus brazos con tanta determinación que me siento absolutamente completa.

—Te extrañé tanto, mi amor —susurra en un suspiro contra mi cuello.

Aspiro su aroma y siento que me voy a caer. Si no me estuviera sosteniendo, ya estaría derretida en el suelo.

Me acerco aún más a él, y siento su miembro firme contra mi cuerpo.

Dios.

Doy un paso atrás y lo jalo conmigo. Cerramos la puerta de casa de una patada.

Me alza entre sus brazos y me pierdo en el deseo, en la pasión.

—Yo más —me atrevo a decir finalmente, mientras me lleva hasta la sala de estar y me deja en el sofá—. Te extrañé cada día, Nate.

Sus ojos son fuego. Son un incendio que arrasa con todo con solo mirarme, y reduce el mundo a nuestro alrededor a cenizas.

—No tendrás que hacerlo más nunca.

Abro los ojos de par en par y me pongo de pie en un instante.

—¿Qué quieres decir?

—Me mudé a Boston.

Lo miro, perpleja.

—¿Qué? —pregunto aún sin caer en cuenta de sus palabras, de lo que significan.

—No quiero estar lejos de ustedes. Nunca más.

No sé si me derrito más ante el hecho de que haya cambiado su vida por completo y se haya mudado a Boston, o por el hecho de que no dijo “por ti”, sino “por ustedes”.

Me lanzo de nuevo sobre él, más emocionada y feliz que nunca… Lo beso de nuevo.

Un beso que sabe a reencuentro, a alivio, a promesa . Es un beso que dice que estoy en casa .

Estamos en casa .