96 NATHANIEL VANCE
Las luces rojas y azules de la patrulla pintan el interior del coche en un silencio rítmico. Es el único sonido además del motor y la respiración entrecortada de Frannie.
La tengo en mi regazo, envuelta en una manta de emergencia que uno de los agentes del SWAT nos dio.
Está temblando, pero ya no llora. Está en ese lugar de shock donde el terror es demasiado grande para hacer ruido.
Su pequeño cuerpo está tenso, sus manos aferradas a mi camisa.
Esa que todavía está manchada con la sangre de su madre.
Isaac conduce, su mandíbula apretada, sus ojos fijos en la carretera.
—¿Novedades? —Mi voz es un graznido. Ni siquiera la reconozco. Isaac me mira por el retrovisor.
—Están trabajando en ello. —Habla bajo, para no despertar el terror de Frannie.
No es demasiada información.
Cierro los ojos con fuerza.
Aguanta, mi amor.
—¿Mami? —La vocecita de Frannie es tan pequeña que casi me rompe. —¿Dónde está mi mami?
Mis manos, aún cubiertas de la sangre seca de Rebecca, tiemblan al apretar la manta alrededor de ella. Tengo que encontrar las palabras. ¿Cómo explicarle a una niña que su madre está al borde de la muerte con una bala en el abdomen?
No sé qué palabras usaré, pero tengo una cosa clara y es que no le voy a mentir.
—Tu mamá está un poco enferma, Jirafran. —Trato de calmar mi respiración y mantener un tono de voz estable—. Los médicos la están ayudando ahora mismo, y estamos yendo a verla.
Sus ojitos brillan, y me miran esperando que diga algo más que la consuele.
—¿Estará bien? —pregunta en el mismo tono de voz que me destroza el alma.
—Rebecca es la mujer más fuerte que conozco —le digo, mi voz más suave de lo que pensé que era capaz—. Si alguien puede recuperarse, es ella. Tengo fe en ella. Tú también debes tenerla.
Ella asiente contra mi pecho.
—Los hombres malos... ¿Ya se fueron?
—Sí, pequeña. Se fueron. Ya no van a lastimar a nadie.
Silencio. Siento cómo su cuerpo procesa la información. Y entonces, otra de las preguntas que he estado temiendo desde que la saqué de esa casa.
—¿Y Alissa?
El hielo que se había roto en mi pecho vuelve a formarse, pero esta vez es un dolor frío, punzante. Miro a Isaac por el retrovisor, buscando ayuda. Él me devuelve la mirada, pero solo niega con la cabeza, sus ojos llenos de dolor. Trago saliva.
—Frannie... —Me detengo. ¿Cómo carajos le dices esto a una niña? Ni siquiera sé qué vio—. ¿Qué es lo último que recuerdas?
—Los hombres malos la golpearon con algo y se cayó al suelo. Después me llevaron muy rápido y no vi más nada.
Dios mío.
Vio cómo le pegaron un tiro, solo que no supo identificarlo.
Respiro profundo antes de contestar, y espero honestamente no meter la pata.
—¿Sabes qué es la muerte?
Debo tantear el terreno con cuidado. No sé si me estoy equivocando, pero sí sé que la mentira nunca trae nada bueno.
—¿Cuándo alguien se va para siempre? —su voz se corta al responderme.
—Es cuando el cuerpo de alguien está muy enfermo y no resiste permanecer en este mundo. Pero… la persona que muere siempre se queda contigo, Frannie. Su alma, sus recuerdos y todas las semillas de cosas hermosas quedan en ti para siempre. Mientras no las olvidemos, seguirán con nosotros.
Su voz tiembla cuando pregunta:
—¿Alissa se murió?
Asiento con una nueva lágrima cautiva recorriendo mi rostro.
—Sí, pequeña. Lo siento mucho. Alissa fue muy, muy valiente. Tú también lo has sido.
La aparto un poco para que me mire a los ojos.
Frannie no grita. Solo deja que sus lágrimas caigan por su rostro, y me abraza con más fuerza.
—No te mueras nunca, Jack Jack.
Termino de romperme. Con un nudo atragantándome, logro decir:
—No te dejaré nunca. Yo te cuidaré. Te lo juro.