94 NATHANIEL VANCE
La ambulancia desaparece de mi vista, pero aún escucho el sonido de las sirenas a la distancia.
No puedo pensar en Rebecca en este momento si quiero concentrarme en recuperar a Frannie. Es lo único útil que puedo hacer ahora, y el solo pensamiento de que algo pueda llegar a salir mal me carcome las entrañas.
Voy a rescatar a tu hija.
Me giro, limpiándome la sangre de ella en mis pantalones, justo cuando veo a Isaac salir de la iglesia con un hombre esposado. No es cualquier hombre, es el hijo de puta que estaba frente a ella, vestido de blanco. El malnacido que se la quería llevar.
Aprieto mis puños a mis costados, porque no puedo pensar con claridad. Solo quiero venganza. Sangre.
Los otros agentes traen a un par más, también esposados. Pero sé que, si quiero una respuesta, es el hombre que trae Isaac quien me la dará.
Me acerco a ellos a paso acelerado.
—El resto murió en el tiroteo o escapó por los túneles secundarios —dice Isaac, sin aliento. El sudor le corre por la cara.
No me importa. Mis ojos están fijos en el detenido. La ira me consume. No hay miedo en su rostro, solo arrogancia.
—¿Dónde está la niña?
En este momento no me interesa ni su nombre; solo sé que debo encontrar a Frannie. Necesito encontrarla.
Sus ojos se clavan en los míos. Su labio se curva. Y se ríe. Una risa ahogada, arrogante. Ese sonido sella su destino.
Antes de que Isaac pueda reaccionar, mi mano está en su garganta. Siento los cartílagos de su tráquea crujir bajo mi agarre. Los agentes me apuntan.
—Bajen las armas —replica Isaac, y me asesina con la mirada. A pesar de que quiero terminar lo que empecé, hago caso.
—No va a hablar —digo en un susurro hacia Isaac. Él entiende la mirada que le doy. Sabe quién soy. Sabe lo que fui. Sabe lo que haré por ella—. Dámelo.
Isaac no responde, pero lo lleva esposado hasta una patrulla y mete al hombre en la parte de atrás. Lo sigo en silencio.
—Sube —me dice, y eso hago. Me subo al asiento del copiloto y él toma el volante. Enciende el auto y desaparecemos por una carretera oscura, sin decir a nadie.
Un par de kilómetros después, cuando estamos solos y no hay rastros de los agentes, detiene el vehículo.
—¿Darte a quién? —me dice.
Es todo lo que necesito. Salto del carro y abro la puerta de atrás. Agarro al hombre con brusquedad por el brazo y lo arrastro hacia el bosque, sin decir nada más.
—Vance —me dice, y volteo a verlo—. Hago esto por Frannie, pero tienes mi carrera en tus manos.
—No te salpicará. Lo prometo —respondo, y sigo mi camino con el hombre a rastras.
Nos adentramos entre los árboles, alejándonos cada vez más de las luces de la patrulla.
Tan pronto veo una zona que me gusta, lo arrojo contra el tronco de un roble. La oscuridad nos traga. Aquí no hay agentes. No hay reglas. Solo estoy yo. Y yo soy la muerte.
—¡No puedes hacerme esto! Irás preso de por vida —grita.
Mi respuesta es un puñetazo seco a sus costillas. Oigo un crack, seguido de un jadeo de dolor.
—¿Dónde está?
—¡Jódete!
Saco mi navaja del bolsillo. No estoy para tonterías. Necesito que hable antes de que la hagan desaparecer.
El tiempo es un desgraciado que se escabulle y juega en nuestra contra. Cada puto segundo cuenta, y podría costarle la vida.
Sus ojos, iluminados solo por la luna que se cuela entre los árboles, brillan con un pánico que no había visto allí. La arrogancia tardó muy poco en desaparecer. Este maldito cobarde se va a quebrar rápido.
—¿Qué haces? —pregunta con la voz ahora temblorosa.
Tomo una de sus manos con desprecio, mientras que con un movimiento abro la navaja y le digo:
—Última oportunidad.
No dice nada. Tampoco le doy demasiado tiempo para hacerlo. El filo de la navaja se hunde bajo la uña de su dedo índice y la levanto con la fuerza de un puma.
El grito es tan profundo que no parece humano.
El dolor se nota a leguas en cada parte de su cuerpo, en sus ojos aterrorizados.
Llora como una maldita rata asquerosa.
—Tienes diecinueve uñas más. ¿Sigues sin querer hablar?
Jadea, aun llorando, y abrazándose hacia su mano herida. Con la otra, me hace una señal, pero aún está demasiado adolorido para hablar.
No espero a que retome el aire. Voy por la segunda para demostrarle que no es un juego. Poco me importa lo que me pasé, ya veré como lo resuelvo.
Su grito desgarra la noche y me da energía. Su dolor alivia mi alma herida.
—¡E... está bien! —jadea entre sollozos—. Te diré dónde está.
El dolor y el terror finalmente rompen su arrogancia.
Este maldito hijo de puta nunca tuvo una oportunidad contra mí. No es un criminal que pueda soportar este tipo de tortura. Es simplemente un imbécil sádico que siempre se ha creído superior a los demás. Intocable. Pero no lo es. Es una basura inmunda.
Lo agarro de la mandíbula, mis dedos hundiéndose en su piel.
—Habla.