93 NATHANIEL VANCE
La visión se me nubla cuando me percato de que Rebecca está herida.
Salto sobre los cuerpos. Mis ojos solo ven una cosa.
—¡Huyeron por el túnel trasero! —grito al agente del FBI detrás de mí, mientras me acerco a ella—. ¡Necesitamos a alguno vivo! ¡Necesitamos saber dónde está la niña!
Me agacho en el suelo y Rebecca yace allí. La sangre se escurre por su cuerpo, y su respiración es lenta. Demasiado. Está pálida, inmóvil. Desnuda, pero no hay tiempo para perder. Debo actuar. Ahora.
La levanto entre mis brazos. Un charco de sangre oscura queda en la piedra.
—Becca…
No responde. Sus ojos están cerrados, su piel está fría.
Isaac irrumpe en la habitación, con el arma en alto, seguido por más agentes. Su mirada recorre la escena: los cuerpos de la secta, yo con Rebecca en brazos.
—Se escaparon por allí —le grito. En mi voz hay una urgencia que no reconozco—. ¡Tráeme a uno vivo!
No espero su respuesta. Comienzo a correr por el pasillo.
Corro. Corro con ella, y me sumerjo de nuevo en los túneles oscuros.
Varios agentes pasan a mi lado, hasta que dos se unen a mí, sin decir nada. Me siguen el paso a la misma velocidad, de vuelta hacia la salida de los túneles.
—Aguanta, Becca. Aguanta, mi amor —susurro en su oído, presionando con una mano la herida.
El corazón no me late, pero mi cuerpo actúa por inercia.
No puede estar pasando esto. No puede estar herida así.
Los agentes me ayudan a sacarla por la escalera empinada, y finalmente salgo a la superficie que da a la sacristía.
—¡Tenemos una herida de bala! ¡Despejen el camino! —grito, desesperado.
Corro a través de la iglesia vacía, saliendo a la noche fría. Las luces de la ambulancia me dan una chispa de esperanza entre tanta desgracia.
—¡Herida de bala en el abdomen! —grito al acercarme a los paramédicos. La coloco en la camilla que despejan al vernos. Comienzan a actuar de inmediato, y siento que finalmente puedo dar un respiro.
Una mujer trata de detener la hemorragia, mientras la otra la cubre con una manta, le pone oxígeno y le coloca una vía.
Me quedo paralizado por un segundo, mis manos cubiertas de su sangre.
Un paramédico me mira.
—¿Viene con nosotros?
La sirena empieza a aullar.
No. No puedo.
Frannie.
Niego con la cabeza. Rebecca sigue desmayada, pálida como la muerte, pero de igual forma me inclino sobre la camilla mientras se preparan para subirla. Ignoro a los paramédicos, ignoro la sangre y sobre todo ignoro el terror que me hiela por dentro el alma.
Poso mis labios sobre los suyos, aún calientes. Me acerco a su oído y le susurro la única promesa que importa:
—Voy a rescatar a tu hija.