Cuando nos encuentren 92 REBECCA BEAUMONT
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92 REBECCA BEAUMONT

Podemos decirnos que siempre hay que luchar… hasta el final.

Siempre fui una luchadora, pero a veces llega el final y no hay más opción que rendirse.

Si quiero tener una ínfima posibilidad de salvar a mi hija, es lo que debo hacer.

El sótano huele a lujuria, pero yo lo único que siento es un hoyo negro en mi estómago que amenaza con tragarme.

—Empecemos, entonces —susurra.

Sus manos van al broche de mi sostén. Me estremezco con tanto asco que un espasmo me sacude el cuerpo, pero no digo nada.

Madison suelta las cadenas de la pared y ambos me llevan hacia una especie de cama de roca en el centro de la habitación.

Esta vez no puedo ignorar a los rostros enmascarados que me sonríen con lascivia.

No. Por favor.

Mi mente grita, pero de mi garganta no salen las palabras. Mi cuerpo solo reacciona con obediencia enfermiza.

El sostén finalmente se desprende, pero mis manos están atadas por delante. No pueden sacarlo, por lo que Madison busca una tijera y lo corta por el centro. Luego la tela de mis bragas cae también, y estoy completamente indefensa. Vulnerable.

Me acomodan en ese espacio de roca, que se me clava en la espalda causándome un dolor intenso.

Sigo sin decir nada.

Sin dudas, el dolor no es lo peor que vendrá.

Se acomodan a mi alrededor, y se abre una puerta al otro lado de la habitación. Una puerta trasera. No veo quién es hasta que se erige frente a mí.

Un Flamekeeper. Me estremezco. ¿Será Benjamin? Solo vislumbro sus ojos y su mandíbula. No parece él.

—Hola, Becky. —No necesito que se quite la máscara, porque de inmediato reconozco su voz.

Harry.

Debí haberlo imaginado. Mierda. La bilis me trepa, pero me trago el sabor ácido que me quema por dentro.

Tiemblo. Por dentro y por fuera.

Un sonido ensordecedor irrumpe de pronto en la estancia y me incorporo de inmediato para ver qué está pasando.

Mis ojos no saben a dónde mirar. Todo es caos. Las personas corren.

Disparos. Gritos. Sangre.

Harry se abalanza sobre mí, me pone de pie y me jala con él hacia la puerta por la que había ingresado minutos antes.

—¡Llévensela! —grita alguien. Estoy demasiado abrumada como para comprender lo que está sucediendo.

Más gritos. Mi nombre. Más disparos.

El caos es absoluto.

De pronto, un dolor punzante me atraviesa el abdomen y me doblo, cayendo al suelo. Harry me mira y veo pánico en sus ojos. Sube la mirada hacia atrás y sale corriendo, dejándome allí tirada.

Mis manos buscan el origen del dolor y, cuando toco mi abdomen, un líquido cálido me empapa las manos.

Me estremezco aún más.

El olor a cobre inunda mis sentidos. El sótano empieza a desaparecer. Las luces y los gritos se vuelven solo estímulos demasiado lejanos, hasta que, de nuevo, me sumo en la más profunda oscuridad.