91 NATHANIEL VANCE
—¡Nate! —La voz de Isaac retumba desde la escalera.
Sus pasos son rápidos—. No hay nada. Ni huellas, ni rastro de neumáticos.
Es como si se hubieran esfumado. —Su mirada se desvía hacia el desastre que acabo de hacer con los cajones.
Luego vuelve la vista hacia mí y me entrega algo—. Solo encontramos esto.
Lo tomo y no tardo en comprender que se trata del teléfono de ella.
Tiemblo al sostenerlo, y lo presiono tan fuerte que creo que lo rompo entre mis dedos.
Los ojos de Isaac recorren el sótano. Las paredes, las cajas de madera, hasta que se clavan en los míos. Veo como una chispa de algo enciende su mirada.
—¿Qué estás pensando? —pregunto para no gritar.
No pierde tiempo respondiéndome, sino que toma su teléfono y llama a alguien.
—Necesito los planos de este lugar —dice, serio—. No, esos no. Los que no están censurados. Pidan la autorización que sea necesaria, pero los necesito ahora.
Cuelga, y recién allí me responde.
—Esta zona era conocida a principios del siglo xx por ser utilizada por contrabandistas de licor para almacenar la mercancía. Muchos hicieron túneles y sótanos ocultos en iglesias y casas antiguas.
Quizás vio el brillo de esperanza en mi mirada, porque se apresuró a agregar:
—No te ilusiones, Nate. Es solo una corazonada, pero puedo estar equivocado.
—Lo sé —respondo con la total consciencia de que es un tiro al aire, pero es mejor que nada—. ¿Cuánto tardarán en enviarte los planos?
—No sé —reconoce—. Puede ser algunos minutos o algunas horas. Quizás un par de días.
—No tenemos ese tiempo.
—Ven —dice, y vuelve a subir a la planta principal—. ¡Escuchen todos! —Los agentes dejan de lado lo que estaban haciendo y se reúnen alrededor de nosotros—. Existe la posibilidad de que esta iglesia tenga túneles ocultos que solían usarse para contrabando.
Un murmullo resuena con eco, pero nadie lo interrumpe.
—Quiero que todos dejen lo que están haciendo y traten de encontrar cualquier pista que nos indique si, efectivamente, hay tales túneles o sótanos.
En caso afirmativo, necesitamos ubicar la entrada.
Busquen paredes falsas, palancas que no deberían estar en determinado lugar, botones o cualquier otro mecanismo similar. ¿Entendido?
—¡Entendido! —responden los agentes al unísono. Isaac se gira a verme—. Vamos, tenemos que encontrarlas.
El tiempo se vuelve denso y cada segundo que pasa es un clavo más en el centro de mi pecho. Los agentes se dispersan, sus voces retumban en la piedra.
La frustración es como bilis en la garganta.
Pasamos una hora sin encontrar absolutamente nada. Tampoco hay noticias de los planos, y mi desesperación va en aumento.
Mientras los agentes revisan la estructura principal, Isaac y yo nos concentramos en la sacristía, donde se derraman kilos de cera negra derretida, y donde los símbolos en las paredes son más intensos.
Hicieron un ritual aquí, y no quiero ni imaginar cuál fue.
Dejo que Isaac revise las paredes de piedra, buscando paneles falsos. Yo me enfoco en el suelo. Barro la cera derretida con mi bota. El suelo de piedra está cubierto de basura, cera, hojas caídas, ramas y quién sabe cuánta mierda más.
Sigo despejando el suelo, cuando un sonido me alerta. Algo que sobresale chocó contra mi pie.
Me arrodillo, limpiando la mugre con la mano enguantada. Las cucarachas se escapan de mí.
Asco.
—Isaac. —Me cuesta disimular la urgencia en mi voz—. Aquí. —El haz de su linterna ilumina lo que el polvo ocultaba y ambos clavamos nuestros ojos en la vieja cruz de hierro, oxidada, empotrada a ras del suelo.
Isaac se agacha a mi lado. Deja la linterna a un costado y trata de mover la cruz, a ver si pasa algo.
Está dura.
Cuando estoy por intentarlo, algo suena.
Un clic sordo y pesado retumba bajo nuestros pies, seguido por el gemido de piedra raspando contra piedra. Una losa del suelo se levanta y se desliza, revelando un agujero negro.
El corazón me vuelve a latir, esperanzado.
El olor que asciende es nauseabundo. Humedad, tierra, encierro.
—Mierda —susurra Isaac. Saco mi arma de inmediato y me lanzo hacia abajo por las escaleras. Escucho a la distancia cómo Isaac llama a dos agentes y en pocos minutos estamos los cuatro en un túnel subterráneo, solo iluminado por nuestras linternas.
El goteo constante de agua es el único sonido, junto con el de nuestras respiraciones agitadas.
En la pared, hay marcas y símbolos como los de arriba. Ojos. Triángulos. Llamas. Frases en un idioma que no reconozco.
Caminamos los cuatro, alertas y con las armas preparadas para disparar.
Durante demasiados minutos, seguimos un camino estrecho y oscuro.
La ansiedad se empieza a apoderar de mí, y no me queda más que acelerar el paso.
Los hombres me siguen, hasta que me detengo en seco.
El túnel se bifurca. Dos caminos diferentes.
Miro a Isaac y, sin necesidad de decir nada, él asiente y se lleva a uno de los agentes por el camino de la izquierda.
Hago una señal y el otro hombre me sigue por el otro camino.
El aire es cada vez más espeso, y una sensación en el centro de mi pecho me inquieta. Estoy más alerta que nunca.
Caminamos lo que parecen kilómetros. Y entonces, lo escucho. Un murmullo. Voces a la lejanía.
¿Música?
Le hago una señal al agente. Apagamos las linternas y la oscuridad nos consume a ambos. Recién entonces, avanzamos fundidos entre las sombras y guiados únicamente por el sonido.
Mi corazón se acelera, y la sangre circula con mayor fuerza por mi cuerpo.
Una luz tenue parpadea más adelante. Nos acercamos en silencio y vemos el contorno de una puerta de madera cerrada. La luz se cuela por las grietas, rendijas y bordes.
Te encontré.
Giro hacia el agente, que me hace una seña para que volvamos por refuerzos. No hay chance de que me vaya de aquí sin ella. Lo ignoro. No me importa si no me sigue o si me deja solo. He estado en situaciones mucho peores y he sobrevivido; esta no será la excepción.
Me acerco sigilosamente hasta la puerta, y me sorprendo al escuchar los pasos del hombre a mi espalda. No se fue.
Me agacho y trato de mirar a través de una de las grietas y…
La ira se funde con mi alma, y de pronto solo veo rojo.
Voy a matarlos a todos.
La habitación de piedra está llena de hombres y mujeres en túnicas. Algunos llevan máscaras. Unos desnudos, otros con ropas de cuero y encaje.
Dos guardias armados se vislumbran a pocos metros de la puerta, flanqueando la entrada.
Y en el centro de todo, sobre una cama de piedra... está ella.
Rebecca.