Cuando nos encuentren 90 NATHANIEL VANCE
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90 NATHANIEL VANCE

El rugido de las aspas del helicóptero es un martillo constante contra mi cráneo. Mi mandíbula está tan apretada que me duelen los dientes. A mi lado, Isaac grita algo por el intercomunicador a los agentes del FBI que nos siguen desde tierra.

No lo oigo. Solo sé que hoy voy a matar a alguien, de nuevo. Tan pronto ponga mis manos en el hijo de puta de Benjamin.

Mis ojos están fijos en el punto azul parpadeante de la pantalla de mi teléfono. Rebecca. La ubicación que envió. El último rastro de ella.

Me aferro al aparato como si pudiera sostenerla.

Te voy a encontrar, mi amor.

—¡Zona de aterrizaje a la vista! —grita el piloto, y al fin vuelvo en mí. Necesito concentración y no puedo permitir que nada me distraiga del objetivo. Ni siquiera yo mismo.

Me asomo por la puerta abierta del helicóptero y la veo.

Old Stone Church.

Mi primera impresión es que no hay ningún vehículo en el perímetro, y eso jamás es una buena señal.

Antes de que termine de aterrizar, salto.

Mis botas se hunden en el barro.

Issac me sigue, junto con los cinco agentes que nos acompañaron. SWAT aún no llega, pero no tengo tiempo que perder.

—¡Nate, espera! ¡Tenemos que asegurar la zona! —grita Isaac detrás de mí, pero son palabras vacías.

No puedo esperar ni un segundo más.

Me importa una mierda el protocolo y mi seguridad; solo sé que necesito encontrarla.

Mi cuerpo se mueve por instinto.

Llego a la puerta con mi arma en posición, junto con la linterna. Está entreabierta. La pateo y la madera podrida estalla contra la piedra.

—¡Rebecca!

El interior apesta. El corazón se me detiene por un segundo cuando entiendo la escena.

Está vacío, no hay rastros de ella, pero sí que estuvo aquí.

Camino entre la cera negra derretida y levanto a Jiyu del suelo.

Sus ojos.

—¡FBI! —grita un agente detrás de mí.

Todos alumbran. Señalan con sus linternas a cada maldito rincón de la iglesia, pero no hay rastros.

Un gruñido animal sube por mi garganta.

—¡Se han ido! —grita Isaac, entrando—. ¡Revisen el perímetro! ¡Busquen huellas de neumáticos, cualquier cosa!

No lo escucho.

Quiero gritar su nombre, pero no puedo. No me sale la voz.

Me quedo paralizado un instante. Recordando la promesa que le hice.

Las voy a encontrar.

Necesito una pista, cualquier cosa. Maldita sea, no me había sentido tan desesperado nunca antes. Necesito encontrarlas.

Empiezo a revisar todo. Detrás del altar. Los bancos podridos. Bajo las escaleras hacia un sótano, con la esperanza de encontrar algo allí, pero nada.

—¡Señor, no hay nadie! —repite un agente a mi espalda.

—¡Sigan buscando! —le rujo, fuera de mí.

Tienen que estar aquí. Tiene que haber algo aquí. Es nuestra única pista en meses.

Muevo cajones de madera, también podridos, hasta que la desesperación es tan grande que pateo uno y los pedazos salen volando por el aire. Los ratones y las cucarachas se esconden de mí.

Absolutamente nada.

Me detengo en medio del caos. La rabia se convierte en un hielo que me congela la columna.

Llegamos tarde.