89 REBECCA BEAUMONT
Los párpados me pesan como nunca antes lo habían hecho. Me resulta prácticamente imposible pensar en abrir los ojos, pero necesito hacerlo. Una alarma en mi interior me aturde, me grita.
Siento una brisa sobre mi piel, y me percato de que no tengo ropa incluso antes de poder ver. El dolor se extiende por mi cuerpo y noto la presión en mis muñecas.
¿Cadenas?
Abro los ojos y me enfrento a la pesadilla. Al dolor. Pero sobre todas las cosas, a la verdad.
El pánico más absoluto escala por mi cuerpo, tan lento como si quisiera apoderarse de cada célula de mi ser. Tan rápido que me deja sin aliento.
Sé que está ahí, pero no me animo a levantar la mirada.
No aún. Primero me horrorizo al ver mi propio cuerpo desnudo.
Solo cubierto por la tela de mis bragas y de mi sostén.
Inhalo. Inhalo tantas veces que creo que mis pulmones van a explotar, pero necesito toda la fuerza del mundo para enfrentarme a él.
Cuando lo hago, una parte de mí no entiende nada, pero la otra, de pronto, lo entiende todo. Todos tenían razón, y por mi empeño, no pudieron descubrir antes la verdad.
No es Benjamin quien tengo frente a mí. Nunca lo fue.
—¿Dónde está? —Mi voz es pastosa y mucho más grave de lo que debería. Retumba por las paredes del sótano de piedra, y ellos me devuelven la mirada con una chispa de diversión en los ojos.
—Tanto tiempo... ¿No piensas saludarnos como corresponde? —La voz de Madison es un eco de mis peores recuerdos.
Elijah está a su lado, inmóvil con una sonrisa cómplice y diabólica en los labios.
Elijah.
Jamás imaginé que podría hacer algo así.
—¿Dónde está? —repito. Es lo único que me interesa.
—No tan rápido, cariño. Tenemos demasiado tiempo ansiando este momento, y pensamos disfrutarlo como corresponde.
La bilis escala por mi garganta, pero me la trago.
—Pueden hacer lo que quieran conmigo. Solo necesito que mi hija esté a salvo, y te juro por Dios que haré lo que me pidan.
—Dios no está aquí, Becky —responde Madison, incisiva—. Y las cosas se harán como y cuando digamos nosotros.
—Pensé que estabas muerta —mi voz tiembla. De miedo, de rabia, de asco. Hasta hace unos minutos… Ya va. ¿Cuánto tiempo llevo desmayada? Madison estaba con mi hija. La vi a través de la pantalla. Ahora está aquí. Frannie no puede estar demasiado lejos.
No me responde.
El mundo se detiene y me doy cuenta de lo ingenua que fui. ¿Qué hago ahora? Estoy atrapada y sigo sin saber dónde está Frannie. No me lo van a decir. Ya no estoy en la iglesia, evidentemente, y me quitaron el teléfono. ¿Quién sabe dónde mierda estoy?
—Por cierto, Becky —dice Elijah, al tiempo que se arrodilla frente a mí y pasa su asquerosa mano por mi rostro y mi cuello, acariciándome lentamente. Me estremezco y quiero arrancarme la piel que tocó—. Buena jugada con el teléfono, pero no somos idiotas. Nadie te encontrará aquí, cariño.
Mierda.
Un sonido me regresa a la realidad y dejo de divagar en mis pensamientos. La puerta de madera podrida se abre y…
Comienzan a entrar.
No. No. No.
Otra vez, no.
Hombres y mujeres de la secta. Personas que creí haber dejado atrás para siempre están ahora frente a mí, observándome con lascivia.
—¿Qué... qué quieren? —me animo a decir, con voz temblorosa.
—A ti, Becky —responde Elijah—. Lo que siempre hemos querido es a ti.
—Solo deja ir a Frannie, por favor —ruego. La voz entrecortada y las lágrimas que, en algún momento, comenzaron a escapar de mis ojos, empapan mi rostro.
—Si quieres que tu hija salga de esta, vas a tener que unirte a nosotros, Becky. Por voluntad propia. Tienes que completar la ceremonia de unión suprema.
No entiendo.
En absoluto.
¿Qué ceremonia es esa?
Mi expresión cambia cuando caigo en cuenta de a qué se refiere…
La última ceremonia.
La que interrumpió el FBI. Un sacrificio. En ese momento, éramos varias. Mujeres a las cuales no volví a ver. No supe más de ellas. Ahora solo estoy yo.
En aquel entonces, mi mente era una bruma espesa detrás de las drogas que me habían inyectado, pero esta vez estoy más lúcida. No sé qué me hicieron, o si es la adrenalina que no permite que me derrumbe, pero tengo claridad.
—¿En qué consiste? —pregunto. Una parte de mí quisiera poder estar equivocada, y la otra tiene que tener más información para intentar un plan. No me quiero rendir tan fácil. No puedo.
—Sabes perfectamente de qué se trata. —La voz de Madison es afilada—. Estuviste a punto de completarla, pero tuvimos una pequeña interrupción. Pero nadie te encontrará aquí. Ni aunque tengan este sitio frente a sus narices.
¿Qué diablos quiere decir con eso?
—No lo recuerdo, Madison. Estaba drogada.
—Es fácil, Becky —responde Elijah. Su voz, que alguna vez fue dulce, ahora es siniestra—.
Los Flamekeepers lograron acceder a un nuevo nivel de la llama.
Es una ceremonia que requiere un sacrificio.
Humano. Eso ya lo sabes. Claro que primero conectamos con nuestra energía sexual a través de ti, y luego...
—No entiendo. Han pasado demasiados años. ¿Por qué ahora? ¿Por qué yo?
—No eres la única, Becky. Ha habido muchas antes de ti, y vendrán muchas después. Pero el acceso a la llama es restringido por no haber terminado con tu sacrificio aquel día. Debemos restaurar el orden para seguir creciendo.
Quisiera preguntarles si de verdad se creen eso que dicen, pero no tengo que hacerlo. Sé la respuesta.
Lo creen. No lo cuestionan, porque su vida pasa a ser aquello que digan sus superiores. Tienen el cerebro lavado, y lo peor de todo es que son malos. Porque a mí me lavaron el cerebro en algún momento, pero jamás hubiese llegado por voluntad propia a hacer algo así.
Ahora que tengo más información, una teoría me ronda la mente y me congela. Necesito estar segura de que mi hija estará a salvo.
Nate, por favor, encuéntrala.
—¿Y mi hija? —Hago la pregunta incluso cuando sospecho que la respuesta me destruirá.
—Ella es el plan B. Es tu sangre. Quizás la llama la acepte si tú no lo haces.
—¡Eso es absurdo! ¡Es una niña! No puede dar su consentimiento para algo así. Y yo jamás les daré el mío.
No debí decir eso. Mierda.
La sonrisa de Madison es perturbadora. Me mira, con ojos afilados, incisivos, antes de contestar.
—¿No conseguiremos tu consentimiento? ¿Estás segura? —Mira a Elijah—. Quizás deberíamos empezar directo por el plan B.
—¡No! —exclamo. Las cadenas me hacen más daño aún—.
Lo que quería decir es que una niña no es capaz de dar su consentimiento para algo así.
No les va a servir. Además… —Quiero vomitar, pero no puedo.
Tengo que seguir hablando. Tratar de ganar tiempo.
Tratar de decir algo que los haga recapacitar—.
Jamás hablaron de tener sexo con menores.
Eso es repulsivo, y ni siquiera ustedes estarían dispuestos a hacer algo así.
—Por eso es el plan B, Becky. Si tú no aceptas, tendremos que esperar algunos años más.
La pequeña Frannie crecerá junto a nosotros.
Aprendiendo nuestras costumbres y nuestra filosofía.
Y, justo cuando sea lo suficientemente mayor, estará mucho más que dispuesta a dar su vida por elevarnos a nosotros.
Seremos su familia. Hará cualquier cosa por nosotros.
Pero sabemos que nunca aceptarías que eso pase.
Es tu hija. Si quieres que la liberemos, solo debes participar de la ceremonia. Simple.
Las palabras rebotan en mi cerebro, pero no puedo procesarlas. No puede estar hablando en serio. Si… si me niego, si hago algo, no solo atentarán contra mi dulce bebé, sino que la harán crecer entre ellos.
—¿Qué me asegura que, si acepto, la dejarán ir?
—Somos personas de palabra. Tendrás que confiar.
Inhalo. Pienso y me doy cuenta de que no hay nada que pensar. No hay nada que hacer. Tengo que actuar, pero solo tengo una alternativa.
—De acuerdo. Lo haré.