88 REBECCA BEAUMONT
Casi rompo la llave al apagar el motor porque no puedo dejar de temblar.
Al bajar del auto, escondo el teléfono en mi pantalón, procurando que no se note, e ignorando las llamadas perdidas de Isaac y de Nate.
El corazón me martillea tan fuerte dentro del pecho, que estoy segura de que al menos una costilla se me partió en dos.
El aire frío me golpea la cara, pero no me calma ni un poco mientras me acerco a paso acelerado hacia la puerta de la iglesia abandonada.
El olor a naturaleza, que debería tranquilizarme, produce en mí el efecto contrario. Soy más consciente que nunca de lo alejada que estoy de la civilización. Nadie me podrá ayudar una vez que cruce esa puerta.
Mis pies se hunden en el camino de tierra mientras el viento sopla con demasiada violencia a mi alrededor. Como si supiera lo que está a punto de suceder y me estuviera advirtiendo.
La puerta de madera parece inofensiva, pero el sonido que hace, chirriante, cuando la abro, causa que todos los vellos de mi cuerpo se ericen, y que me ponga aún en más estado de alerta.
Te encontraré.
El interior es un hoyo negro de oscuridad. La luz de la luna se filtra un poco por las pocas rendijas que hay en las ventanas. El cielo, aún nublado, no ayuda mucho a la situación.
Pero lo peor de todo no es ni la oscuridad, ni el terror que de por sí daría ingresar a una iglesia abandonada en la mitad de la nada.
La cera negra derretida en charcos sobre el altar de piedra me paraliza. Cientos y cientos de velas derretidas y apagadas cubren gran parte de la superficie del suelo. Pareciera que se hubiese llevado a cabo una especie de ritual.
Me obligo a no pensar en el tipo de ritual. Me digo a mí misma que a Frannie no le pasó nada.
Sigue. No te paralices.
Mis ojos se desvían a los símbolos pintados en las paredes de piedra, que apenas se distinguen en la oscuridad. Círculos, triángulos, ojos... Cosas que no reconozco y que me hielan la sangre. El olor es más fuerte aquí. Una mezcla nauseabunda de humedad, azufre y humo.
Algo yace en el centro del pasillo, justo donde la luz de la luna da. Un bulto de tela de color. Me acerco. Mis piernas tiemblan.
No. No, no.
Jiyu.
La jirafa de Frannie. Me agacho para recogerlo y un sollozo se atasca en mi garganta al ver que le arrancaron los ojos. Dos agujeros negros, vacíos, con el relleno de algodón saliendo.
Hijo de puta.
El terror se mezcla con la ira en una tormenta de sensaciones que están a punto de explotar.
Un zumbido eléctrico. Un pop.
Levanto la vista, sobresaltada. En una esquina, sobre una mesa de madera podrida, hay un televisor. Uno antiguo, con una pantalla curva y antenas. Se enciende solo. La pantalla parpadea, bañando la iglesia en una luz azulada y fantasmal. Estática. Un chirrido agudo, y luego... una imagen.
La estática se aclara. Es un vídeo.
El color está saturado.
Veo un cuarto. Papel tapiz de color rosa. Una casa de muñecas. Juguetes que no reconozco. Y… la veo.
¡Frannie!
Corro hacia el televisor como si pudiera arrancarla de la pantalla y abrazarla.
Las lágrimas me nublan la visión, pero entre ellas la distingo: está sentada en el suelo, apilando bloques de madera, tarareando una canción.
No está sola. Hay una mujer con ella. Está de espaldas a la cámara.
Pelo largo y oscuro. Le pasa un bloque a Frannie, que lo toma con las manos temblorosas y sin rastro de su habitual sonrisa.
—Frannie... —susurro a la pantalla, aún temblando.
La mujer en el vídeo parece oírme. Deja de jugar.
Se queda quieta. Y entonces, lentamente, muy lentamente, se da la vuelta.
La luz del vídeo es mala, granulada, pero la veo.
El aire abandona mis pulmones. El suelo se tambalea. No. Es imposible. No puede ser.
Ella...
Antes de que pueda procesar lo que estoy viendo.
Antes de que pueda siquiera gritar su nombre, un brazo se cierra alrededor de mi cuello, ahogándome.
Fuerte. Implacable. Siento un pinchazo agudo contra mi muslo.
Pataleo. Intento morder, arañar, pero es imposible.
Es demasiado fuerte. Mi cerebro grita. Mis pulmones arden.
Los bordes de mi visión se vuelven negros y mi entorno ya no existe.
La cara de la mujer va desapareciendo, hasta que solo queda oscuridad.