Cuando nos encuentren 87 REBECCA BEAUMONT
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87 REBECCA BEAUMONT

Nate sigue hablando con Isaac. Sus voces son un murmullo grave y urgente que llena la sala, pero yo ya no los oigo. Sigo de pie en la entrada, con la nota de papel arrugada en el bolsillo de mi pantalón de gimnasia.

Cada instinto me grita que corra hacia Nate, que le entregue la nota y deje que él se encargue.

No le digas a nadie.

Si lo hago, ¿qué pasará? ¿La matará? Benjamin es capaz. Él no juega. Él quiere esto. Me quiere a mí, cueste lo que cueste.

Ya ganó.

Aprovecho el momento en que Isaac se da la vuelta para hablar con otro agente. Nate me mira, una pregunta silenciosa en sus ojos. Yo asiento, intentando forzar una calma que no siento.

Mierda, Rebecca. No metas la pata. No ahora.

Me doy la vuelta y hago un esfuerzo sobrehumano por no lanzarme a correr.

En lugar de ir al baño de nuevo, sigo por el pasillo hacia la cocina.

No dejo de tocar mi clavícula. Los nervios son más fuertes que yo.

El corazón me golpea las costillas con tanta fuerza que estoy segura de que pueden oírlo.

Cada paso es una agonía, pero a la vez cada uno me acerca más a ella. O por lo menos eso quiero creer.

Temo escuchar a Nate a mis espaldas, una mano en mi hombro, deteniéndome. Algo. Pero no llega. Están ocupados. Están buscando una aguja en un pajar.

Si hasta ahora no han dado con él, ¿qué les hace pensar que van a encontrarla antes de que sea demasiado tarde?

Atravieso la cocina y voy hasta la puerta trasera, que no uso nunca. Creo que nadie debe saber siquiera que existe.

El aire frío de la noche me golpea la cara y casi me hace llorar de alivio. La lluvia ha amainado, pero el aire está húmedo y huele a tierra mojada.

Mis llaves.

Las tengo. Subo la capucha de mi suéter y me oculto el rostro. Camino por la calle, alejándome a cada paso de los policías, de Nate, de Isaac.

¿Los volveré a ver?

Sigo hasta la cuadra siguiente, donde estaciono el auto que no suelo usar. El que me regaló Mason un aniversario para intentar convencerme de que me quedara con él.

Ahí está.

Mis manos tiemblan. Están heladas.

El motor ruge a la vida. Suena demasiado fuerte en el silencio del callejón.

Que no se den cuenta. Que no se den cuenta.

Salgo, con las luces apagadas, hasta que llego al final de la manzana.

Estoy conduciendo. Sola. Hacia una trampa mortal.

Mis manos se aferran al volante con fuerza, como si eso fuera capaz de salvarme. La ciudad pasa como un borrón de luces de neón.

No le digas a nadie.

Lo sabré.

Ya gané.

Lo siento, Nate. Lo siento. Pero es mi hija. Sé que las chances son pocas, pero si puedo entregarme a cambio de que ella logre vivir, lo haré.

Haría cualquier cosa por ella.

Conduzco más rápido.

El tiempo transcurre lento, pero cuando miro el reloj del coche ya son las 7:45 PM.

Estoy llegando.

La adrenalina me hace vibrar.

No le digas a nadie.

Lo sabré.

Los ojos de Nate reflotan como llamas en mi cerebro.

Si quiero que sobreviva, que tenga una chance… necesito que tenga a quién acudir. Necesito que haya alguien que la rescate cuando logre liberarla.

Ahora que estoy cerca, y ya las cartas están echadas, saco el teléfono del trabajo del bolsillo trasero. Mis dedos vuelan sobre la pantalla. No hay tiempo. Abro WhatsApp y, antes de arrepentirme, lo hago.

Compartir ubicación en tiempo real.

Selecciono dos contactos. A Nate y a Isaac Hayes Blackwell.

Envío.

Sin mensaje. Sin explicación. No hay tiempo. Es lo único que puedo hacer.

Espero no equivocarme.

Lo sabré.

Tiemblo. Tengo miedo, pero le hago caso a Nate. No me paralizo. No puedo.

Salgo de la autopista. El camino se vuelve oscuro, los árboles se cierran sobre el coche.

Un camino de tierra lleno de baches. Y entonces, la veo.

Justo como en las fotos que vi una vez en un artículo sobre «lugares embrujados de Boston».

Old Stone Church. Las paredes de roca se elevan en una fachada que parece sacada de otra época.

No hay coches.

No hay luces.

Solo el sonido del viento.

Miro el reloj. 8:01 PM. Apago el motor. El silencio es absoluto.

De pronto me doy cuenta de que no solo voy a ver a Frannie. Sino que, además, estoy por encontrarme de nuevo con él .