Cuando nos encuentren 86 REBECCA BEAUMONT
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86 REBECCA BEAUMONT

Sigo aferrada a él.

A Nate.

Como si fuera la única ancla que me queda en un océano que amenaza con tragarme entera.

El caos de mi sala de estar sigue girando a mi alrededor, pero es un ruido sordo, distante.

Los agentes del FBI, Isaac hablando por teléfono en la esquina; todo se siente como si estuviera viéndolo a través de un cristal grueso y sucio.

Quiero despertar de esta pesadilla, pero sé que no estoy dormida.

—Nate... por favor... —Me separo de él y me animo a hablar, aunque las palabras se me atascan en la garganta, secas—. Tienes que encontrarla. Tienes que...

— Shhh . Mírame —Él me sujeta la cara, sus manos todavía frías por la lluvia, pero su mirada es fuego. —Te lo juré, Rebecca. Y voy a cumplirlo.

—Pero... ¿cómo? ¿Cómo...?

—Isaac tiene a todo su equipo trabajando. Tienen el vídeo de la escuela donde se ve la matrícula del auto en el que se la llevó, y están rastreando cada cámara de la ciudad. Yo llamé a mi gente. Hombres que me deben la vida. Están buscando. No vamos a parar.

Su certeza es lo único que me impide desmoronarme de nuevo.

—¿Y si... y si es demasiado tarde? —susurro, aterrada de decir aquella frase en voz alta.

—No pienses en eso —ordena, con una suavidad feroz—. Ve a lavarte la cara. Respira. Te necesito aquí. Te necesito fuerte.

Fuerte. Qué palabra tan absurda. Pero asiento.

Tiene razón. Desmayarme en el sofá no traerá a Frannie de vuelta.

Me suelto de él, y el frío me golpea de inmediato.

Mis piernas tiemblan, pero logro caminar hacia el baño de visitas.

Cierro la puerta y el silencio relativo es un alivio momentáneo.

Me miro en el espejo. La mujer que me devuelve la mirada es una desconocida.

Ojos hinchados y enrojecidos, rímel corrido creando surcos negros en mis mejillas pálidas.

El sabor a bilis del vómito todavía quema mi garganta, y es un asco.

¡Maldita zorra!

La voz de Mason resuena en mi cabeza.

Es todo tu culpa.

Abro el grifo con manos temblorosas. El agua fría golpea el lavamanos. Encuentro un cepillo de dientes y lo cubro con crema dental. El sabor a menta y el cepillado agresivo son un intento desesperado de borrar el sabor a pánico que siento.

Escupo y la espuma sale roja.

Me mojo la cara una y otra vez; el agua helada es un recuerdo de que debo estar alerta. Me ancla al presente.

Me apoyo en el mármol y trato de respirar.

Es entonces cuando vibra. Mi teléfono.

No, mi teléfono lo tienen los agentes. Es el del trabajo. Había olvidado que lo llevaba en la chaqueta deportiva. Un zumbido sordo contra la tela.

Mis manos tiemblan mientras lo tomo y veo cómo se ilumina la pantalla con un único mensaje de texto de un número desconocido.

Si quieres volver a ver a tu hija con vida, revisa tu cartera y no le digas a nadie. Lo sabré, Becky. Lo sé todo… no juegues conmigo, porque el juego se acabó y el ganador soy yo.

El corazón me da un vuelco tan violento que tengo que agarrarme del lavamanos para no caer.

Miro la puerta cerrada del baño. Al otro lado están Nate, Isaac, el FBI. Todos.

No le digas a nadie.

No juegues conmigo.

Lo sabré.

Lo sé todo.

No puedo procesar mis sentimientos. Las palabras de Nate me golpean el rostro.

El miedo es como una alarma. Es un indicador de que tienes que hacer algo.

Es como la fiebre: si te paralizas, te puede matar, pero si actúas a tiempo, salvas tu vida.

Si no tuviéramos miedo, creo que nuestra expectativa de vida sería mucho menor.

Siempre que tengas miedo, úsalo a tu favor y actúa. Nunca te paralices.

Mi cartera. La dejé en la entrada. La necesito.

Salgo del baño. Nate está hablando con Isaac, sus rostros serios. Me ven, pero yo no me detengo. Camino como sonámbula hacia la puerta principal, donde mi cartera sigue tirada en el suelo junto a un par de zapatos de Frannie. Me agacho. Mis manos tiemblan tanto que apenas puedo abrir el cierre.

Dentro, junto a mi lápiz labial y un recibo, hay algo que no debería estar allí. Un trozo de papel. Doblado. Es una nota simple, impresa. No escrita a mano.

Una dirección.

Old Stone Church.

8:00 PM.

Miro el reloj de la pared de la cocina. Son las 6:52 PM. Tengo poco más de una hora. ¿Cómo...? ¿Cómo llegó esto a mi cartera?

Benjamin.

Tuvo que ser él. O alguien trabajando para él.

No le digas a nadie.

Soy plenamente consciente de que en esta casa nadie tiene ni la más mínima idea de dónde está mi hija.

También soy plenamente consciente de que ir sin decirle a nadie es una misión suicida.

Miro a Nate, que me observa desde la sala. Su ceño se frunce, preocupado. Levanta una mano, como preguntando si estoy bien. Levanto la mía y finjo asentir.

Mentirosa.

Meto la nota en el bolsillo de mi pantalón de gimnasia. El terror es una capa de hielo, pero debajo, por primera vez desde la llamada, hay algo más.

No tengo ni idea de qué va a pasar, solo sé una cosa.

Siempre que tengas miedo, úsalo a tu favor y actúa. Nunca te paralices.

Tengo que ir.