85 REBECCA BEAUMONT
No sé cómo llegué a casa. Solo percibo el temblor de mi cuerpo y la bruma que embarga mi cerebro.
No recuerdo el viaje desde el gimnasio. Ni haberme subido al auto. Mi mente está en blanco. La única sensación que me recuerda que sigo en este mundo es la mano de Jeremy, firme en mi codo. Sosteniéndome como si mi vida dependiera de ello.
El mundo es ruido inconexo y, a la vez, desapareció para mí.
Las arcadas escalan por mi tráquea al solo imaginarme al malnacido de Benjamin poniéndole una mano encima a mi bebé.
Frannie.
¿Mataron a Alissa frente a sus ojos? ¿Mi hija tuvo que vivir algo así?
Alissa.
Me rehúso a pensar en su madre. En sus amigos. En la hermosa persona que abandonó este mundo, y todo de nuevo por mi culpa. Debí despedirlos después de lo de Cade. No debí encariñarme. No debí…
Me freno en seco y vomito todo el contenido de mi estómago sobre la acera de mi casa, a metros de la puerta.
Las luces de los autos de policía nublan aún más mis sentidos, me desorientan.
Jeremy me sostiene con firmeza y, tan pronto termino, con gentileza me ayuda a levantarme.
Murmura algunas palabras, pero no las entiendo. No entiendo nada.
¿Qué mierda está pasando?
Mi sala de estar está llena de extraños. Hombres y mujeres con trajes oscuros y auriculares, hablando en voz firme y lanzando órdenes por doquier. El equipo de Isaac.
FBI.
La imagen me remueve recuerdos que había tratado de enterrar en el fondo de mi mente. Pero a veces, mientras más intentamos que algo desaparezca, más difícil es borrar los rastros. A veces, hay que enfrentarse a la mierda cara a cara y revolverse en el barro para poder escapar de él para siempre.
Mueven mis muebles. Conectan cables a mis teléfonos, a mi laptop.
—¡Rebecca! —Isaac me aborda tan pronto pongo un pie adentro.
Solo lo miro. No me salen las palabras. Una súplica silenciosa que lo dice todo. Pongo todas mis fichas en él. Todo depende de él.
—La encontraremos —responde, y a su lado una mujer del FBI lo acribilla con la mirada.
Sé lo suficiente como para reconocer que esas cosas no se dicen.
Pero siento lo suficiente como para entender que prefiero que me mienta si con eso mantiene viva, aunque sea, una chispa de esperanza.
Alissa. Muerta. Frannie. ¿Secuestrada?
Repito las palabras en mi cabeza. Una y otra vez.
No pueden ser reales.
Mamá, ¿sabías que Alissa ronca como un oso con hipo?
La voz de Frannie. El recuerdo me golpea y un aullido se atasca en mi garganta. No puedo respirar. El aire es demasiado espeso. Me estoy ahogando.
El teléfono de Isaac suena, y se disculpa antes de salir de casa.
Inhalo, exhalo.
Un río de lágrimas inunda la sala de estar, y son todas mías.
Unos minutos después, estoy viendo a un punto fijo. Simplemente pienso en todo lo que pude hacer diferente para evitar que esto pasara. ¡Es todo mi culpa!
Cade. Alissa. ¡Frannie, maldita sea! Debí dejar a mi hija con su padre y huir. Alejarme de todos los que podrían salir lastimados por mi culpa.
—¡TE LO DIJE! —La voz de Mason corta el aire como un látigo y aparece de la nada como si lo hubiese invocado con el pensamiento.
¿Cuándo llegó? Está de pie frente a mí, con el rostro rojo, una vena hinchada en su sien.
—¡Te dije que esta vida tuya, tus secretos y tu maldito pasado de mierda nos pondrían a todos en peligro! ¡SE LLEVARON A MI HIJA POR TU CULPA!
Se acerca a mí, y está a punto de tomarme por la camisa cuando uno de los agentes intercede.
—Señor, por favor, retroceda...
—¡No! —grita Mason, señalándome. Sus palabras duelen más que una puñalada, porque son ciertas.
Tiene razón—. ¡Es ella! ¡Todo lo que toca, lo destruye!
¿No podías ser normal, Rebecca? ¡Maldigo el día en que te conocí!
Lo único bueno que has hecho en tu vida es parir a nuestra hija, y ahora...
Ahora ella no está, ¡y es todo tu culpa!
—Mason, por fav... —Mi voz es una súplica rota.
—¡Por favor, nada! ¡Mi hija! ¡Has dejado que secuestren a mi hija! —Me falta el aire—. ¡MALDITA ZORRA! ¡ESTO TE PASA POR ZORRA!
—Cierra la puta boca.
La sala se queda en silencio tras esas palabras.
La voz no es de Mason. No es de un agente.
Es nueva.
Grave.
Fría como el hielo.
Nate.
Está de pie en la entrada de la sala. No lo vi llegar, pero un alivio me inunda como si fuera la respuesta a todas mis preguntas. Su abrigo está empapado por la lluvia que no sabía que caía. Su pelo está pegado a la frente.
No me está mirando a mí. Su mirada está fija en el padre de mi hija, y es una mirada que no había visto nunca antes en él. Es la mirada de un hombre que sabe exactamente cómo hacer daño, y que, en este momento, quiere hacerlo.
—¿Quién coño te crees que eres? —se burla Mason, envalentonado por la rabia, pero se encorva inconscientemente ante la amenaza. Mi ex tendrá muchos defectos, pero ser idiota no es uno de ellos.
Nate no responde. Da un paso hacia él. Y luego otro. Es todo lo que necesita. Mason parece encogerse ante el silencio asesino de Nate.
—Lárgate de una puta vez. Y no vuelvas —dice Nate, mientras lo toma con fuerza por la camisa, conteniéndose de no ir más allá. Su voz tan baja que apenas se oye, pero corta el aire. Nadie a nuestro alrededor se mueve, nadie hace nada—. Si alguna vez vuelves a hablarle así, te mataré.
—Esta es mi...
—¡LÁRGATE! —El rugido de Nate hace que incluso los agentes del FBI retrocedan un paso. Mason palidece. Farfulla algo, una amenaza vacía, pero la rabia ha sido reemplazada por miedo.
—Señor, creo que debería irse —dice uno de los agentes, agarrando a Mason por el brazo.
Mason se libera de mala gana y me lanza una última mirada llena de odio antes de salir de la casa, dando un portazo que hace temblar las paredes.
El silencio que deja es ensordecedor. El zumbido en mis oídos vuelve, más fuerte. La habitación da vueltas. Y entonces está frente a mí. La furia se ha drenado de su rostro, reemplazada por un dolor tan profundo que es un espejo del mío.
Me termino de romper. El entumecimiento se quiebra, y el terror, el dolor puro por Alissa, el pánico por Frannie... Todo sale en un sollozo que me desgarra el pecho. El alma. Las rodillas me fallan, pero no caigo.
Él me atrapa. Me envuelve en sus brazos, y su aroma es el único consuelo entre tanto dolor. Mi cara se entierra en su pecho. Huele a lluvia, a cuero y a él. A seguridad. La seguridad que necesito, pero que perdí. Ya nada tiene sentido.
Lloro contra su pecho y no paro. Lloro por la mujer que murió protegiendo a mi hija. Lloro por mi bebé, que está sola y asustada. Por Cade. Por su hijo, que nunca conocerá a su padre y… Por fin, después de tantos años, lloro también por mí.
Por todo lo que viví y todo lo que sigo viviendo gracias a que me crucé con la persona equivocada en el momento equivocado.
—Se la llevaron —sollozo contra su camiseta—. Se la llevaron. Alissa está... Dios mío... Alissa...
Después de todo ese tiempo, al fin pongo en palabras lo que me estaba torturando por dentro y, de alguna manera, eso no me alivia. Solo lo hace más real.
Él no dice que todo va a estar bien. No me ofrece mentiras vacías. Simplemente me sujeta más fuerte, absorbiendo los pedazos de mi alma que se desprenden de mí y me abandonan.
—Lo sé —murmura contra mi cabello. Su voz es firme.
Estable. Inquebrantable. Me sujeta por los hombros y me aparta lo suficiente para que tenga que mirarlo.
Sus ojos, oscuros por la determinación, encuentran los míos.
Me agarra la cara con las dos manos—. Lo siento muchísimo, mi amor.
Siento todo lo que pasó, pero escúchame bien.
—Espero y lo miro mientras me aferro a él.
A lo único que me queda—. Voy a encontrar a Frannie, ¿me oyes?
—Asiento, incapaz de hablar—. No me importa quién se la llevó.
No me importa dónde se escondan. Voy a traerla de vuelta. Te lo juro.
No sé por qué, pero a él le creo. Y eso es todo lo que necesito en este momento.
—Y sé lo que estás pensando —agrega, y me mira con más intensidad—. No es tu culpa. Nada de lo que pasó. Ni la muerte de Cade, ni la de Alissa, ni nada.
Subo la mirada hacia él y, aunque entiendo el sentido de sus palabras, mi corazón no parece reconocerlo. Porque duele. Duele incluso más al sentir que, si no fuera por mí, nada de esto hubiese pasado.
Pensar que nunca más podré hablar con Alissa me afecta de una manera que no puedo procesar en este momento. No ahora. Primero, Frannie. Debo encontrarla. Luego podré llorar.