84 REBECCA BEAUMONT
El olor a café recién hecho y el sonido de sus risitas es lo primero que escucho cuando camino hacia la escalera. Por un segundo, cierro los ojos y aspiro el aroma a tranquilidad. Cuando uno ha vivido años y años en angustia, cada pequeño momento de paz se aprecia como si fuera el último. Único.
—Mamá, ¿sabías que Alissa ronca como un oso con hipo? —Frannie está sentada sobre la encimera de la cocina, con las piernas colgando, abrazando a Jiyu mientras Alissa le sirve un vaso de jugo de naranja.
—¡Mentira! —chilla Alissa, dándole un golpecito juguetón—. Tuve que levantarme tres veces por tu culpa, enana. No más pijamadas en días de semana.
—Pero las pijamadas son divertidísimas —dice Frannie, con un puchero exagerado, dándole un bocado a su tostada. Alissa me guiña un ojo por encima de la cabeza de mi hija.
—Anoche revisé el perímetro tres veces. Todo en orden. Y hablé con la agencia, por cierto —me dice, cambiando el tono a uno más formal—. Me confirmaron que el equipo para el fin de semana de la conferencia está listo. No habrá puntos ciegos.
Una ola de gratitud y alivio me inunda y reconforta. Tengo demasiados problemas encima como para ocuparme también de los detalles de seguridad.
—Gracias, Alissa. No sé qué haríamos sin ti.
Si bien el vacío por la ausencia de Nate aún pesa, la ayuda de ella ha sido fundamental para no derrumbarme.
Me pican los dedos por hablar con él.
—Es mi trabajo, Rebecca —dice ella, aunque su sonrisa a Frannie suaviza la respuesta—. Ahora, acaben su desayuno o llegarán tarde.
Doy un mordisco a mi desayuno y saco el teléfono.
Yo
Hoy es el gran día, deséame suerte.
No pasa ni un segundo antes de contestar.
Nate
No necesitas suerte cuando tienes talento. Te irá increíble, hermosa.
El trayecto al colegio es rápido y la ansiedad se va formando en el centro de mi cuerpo. Un nudo de nervios que apenas me dejó probar bocado. Es un día demasiado importante, carajo. Todo podría cambiar para la empresa y eso me tiene más emocionada que nunca.
Para colmo, el mensaje de Nate aún me tiene las piernas temblando.
Dejo a Frannie en la puerta, le doy un beso y le prometo que esta noche tendremos motivos para celebrar.
—¡Te amo, mami!
—Yo te amo más, mi vida.
Alissa la toma de la mano y caminan juntas hacia el interior.
—¿Lista para hoy? —pregunta Jeremy desde el asiento del conductor. Solo se atreve a sonreír cuando estamos solos. No sé qué tipo de complejo tienen los guardaespaldas con los vínculos. Como si por hablar o bromear fueran a hacer peor su trabajo. ¡Absurdo!
—Más que lista —respondo inhalando el aroma a cuero e intentando mantener la calma.
Llegamos minutos después, y la oficina es un hervidero de actividad y movimiento.
El EAS 5.0 es nuestro proyecto estrella, y hoy es el día de la reunión con los inversores de la cadena hospitalaria más importante del país.
Las anteriores reuniones con inversionistas fueron bien, y hemos logrado ventas altísimas, pero, si logramos cerrar este negocio, Bio Insights alcanzará un nivel nunca antes pensado.
Durante las siguientes dos horas, exponemos.
Ava maneja las proyecciones financieras; yo me encargo de los aspectos técnicos y la implementación.
Respondemos preguntas difíciles, pero que habíamos repasado unas mil veces.
Siento las miradas de los miembros de la junta pasando del escepticismo cortés a la intriga, y finalmente, a un interés palpable.
Estuve a punto de meter la pata unas mil y una veces, pero no lo hice. Mi yo empresaria es mi mejor versión, y siempre logra rescatar a la Rebecca torpe e insegura. Esa existe en otros ámbitos de mi vida, aunque a veces siento cómo se va difuminando.
Cuando terminamos, el silencio que se produce es denso, cargado. Ava me mira y yo le devuelvo la mirada. Ansiedad mezclada con una chispa de orgullo por lo bien que salió todo. Lo sentimos, lo sabemos. Uno siente cuando da lo mejor de sí, y nosotras lo hemos hecho.
El CEO de la cadena hospitalaria, un hombre de cabello plateado llamado Marcus Thorne, nos mira fijamente por encima de sus lentes. Cierra lentamente su laptop .
Ava y yo intercambiamos una mirada de una fracción de segundo, antes de girarnos de vuelta hacia Marcus.
Se inclina hacia adelante, se acomoda en su asiento con una parsimonia que me dan ganas de pegarle un grito.
¡Señor Thorne! ¿¡Usted quiere que me dé un ataque de ansiedad y me muera en este acto!?
—Bien —dice, y su voz grave llena la sala.
¿Bien? ¿Eso es lo único que piensa decir?
Lo voy a demandar por daño moral—. Es la propuesta más ambiciosa que hemos visto en los últimos años.
Y también la más sólida. —Hace una pausa, y el mundo parece detenerse.
¿En serio nos acaba de decir eso? ¿A nosotras?
Dios mío bendito del amor hermoso, siento que me desmayo—.
Mi junta y yo hemos decidido aprobar la implementación del EAS 5.
0 en toda nuestra red de hospitales a nivel nacional.
¿Y en qué momento lo acordó con su junta? Ese es el tipo de frase que dicen los hombres poderosos para parecer que le dan lugar al resto, cuando en realidad hacen lo que les da la gana. Pero en esta ocasión, no tengo ningún reclamo para hacer.
El alivio es tan repentino que casi me tambaleo. No, no «casi». Me tambaleo literalmente, pero el aplauso de todos en la sala es tan atronador que no queda lugar para mi torpeza.
Ava y yo nos miramos a los ojos y seguimos el aplauso de un agradecimiento y de palabras que, honestamente, ni puedo recordar. Es todo tan irreal que la situación pasa frente a mis ojos como una nube de emociones que luego tendré que procesar.
Jeremy, inmóvil en una esquina, eleva la comisura de los labios en una sonrisa cómplice. Hace semanas me escucha hablar de esto, y sabe lo importante que es para mí. Sí, es mi guardaespaldas, pero luego de estar todos los días con alguien es imposible no tomar algo de afecto.
¡Lo logramos! Es una mezcla tan grande de orgullo e incredulidad que no estoy segura de estar entendiendo que esto es real.
Y lo es . Este es un paso que llevará a la empresa a otro nivel.
A pesar de todo lo que ocurre en mi vida personal, mi proyecto, mi bebé corporativo, está a salvo.
Está triunfando. Siento una euforia que no había sentido en meses, y nadie podría quitarme la sonrisa que baña mi rostro en este momento.
Decido canalizar la energía que se apoderó de cada fibra de mi cuerpo, y ¿qué mejor lugar que sudando la gota gorda en el gimnasio?
Necesito golpear algo. La música resuena en mis oídos. El golpe seco de mis guantes contra el saco de boxeo. Izquierda, derecha, gancho.
Soy malísima en esto, pero el recuerdo de las lecciones de Nate me da años de vida. Sudor. Concentración. El mundo se reduce a mis nudillos, el cuero rojo y recuerdos que sí deseo tener. Por primera vez en demasiado tiempo, tengo cosas en mi vida que me dan ilusión, más allá de mi hija.
Hacía tiempo que había olvidado la sensación de adrenalina en mi cuerpo. De la buena, porque la adrenalina mala no la extraño ni un poco.
¿Existe adrenalina mala?
No sé, pero sí estoy segura de que es una sensación diferente.
Mi teléfono vibra en el bolso, dentro de la mochila que está en el suelo. Lo ignoro. Debe ser Mason buscando una nueva excusa para amargarme el día, y no se lo voy a permitir. Menos hoy. Hoy es mi día especial.
Sigo golpeando.
Más fuerte.
El teléfono vuelve a sonar. Y esta vez, no se detiene.
La vibración de pronto comienza a sonar demasiado insistente, desesperada.
Un escalofrío helado me recorre la espalda, y freno en seco.
El silencio del gimnasio, más allá de mi respiración agitada, es repentinamente ensordecedor. Camino hacia la mochila, con el corazón martilleándome en un ritmo equivocado.
¿En qué momento empezó a latir así?
Basta, deja la paranoia. Está todo bien.
Saco el teléfono. La pantalla está iluminada.
Agente Isaac Hayes Blackwell.
Tres llamadas perdidas.
Tres. Llamadas. Perdidas
Mis dedos tiemblan tanto que apenas puedo deslizar el ícono para devolver la llamada, pero hago todo para mantener la calma. Contesta al instante.
Todo estará bien .
—¿Isaac? —Mi voz es un susurro ahogado. El silencio al otro lado de la línea dura una eternidad, pero a la vez me destruye el mundo en un instante.
—Rebecca... —Su voz es grave. Carente de toda emoción. Muerta—. Tienes que venir a la escuela. Ahora.
—¿Qué pasó? —El pánico sube por mi garganta como bilis, y no me atrevo a preguntar nada más.
—Pasó algo.
Mierda.
—¿Qué?
¿Cómo puedo sonar tan calmada si por dentro creo que estoy muriendo?
—Alissa... —Hace una pausa. Una pausa que lo rompe todo—. Está muerta, Rebecca.
El aire, finalmente, abandona mis pulmones. El suelo del vestuario se tambalea y el sonido de mis rodillas contra el suelo retumba a mi alrededor como un eco de lo que acabo de escuchar.
—No... no... Frannie… ¿Cóm…
—Rebecca... —Su voz se quiebra por primera vez desde que lo conozco—. Frannie no está. Se la llevaron.