83 NATHANIEL VANCE
Los últimos días han sido un torbellino. Enciendo el televisor de la sala, y es la misma historia en todos los canales. El rostro de Lorenne Blake ocupa toda la pantalla.
— ... un escándalo sin precedentes, Anne. Los noticieros no hablan de otra cosa —dice un presentador con voz grave.
— Así es, John —responde su colega, mientras la imagen cambia a un gráfico complejo—.
Hablamos de la Fuerza Especial enviada a cometer delitos en todas partes del mundo bajo el falso lema de seguridad nacional.
Pero la verdadera noticia es quién estaba detrás: la Secretaria de Seguridad Nacional, Lorenne Blake, ha sido identificada como la cabecilla de toda la operación.
La voz de la presentadora se desvanece. Las imágenes que se reproducen en la pantalla ya no despiertan flashes de recuerdos dormidos, sino que me hacen revivir el pasado.
Es ella, Lorenne, saliendo del juzgado. La misma mirada fría y arrogante, pero rodeada por un mar de cámaras y micrófonos.
Ahora, por fin, ahogada hasta el cuello en la mierda y sin escapatoria.
Una calidez se asienta en la boca de mi estómago al ver las esposas en sus muñecas.
Mereces cosas mucho peores.
— Y esas son las imágenes de esta mañana —retoma el presentador—. La fiscalía ha sido clara: todas las pruebas que salieron a la luz son demasiado fuertes. El juicio se llevará a cabo en unos meses, pero mientras tanto estará bajo prisión preventiva en una cárcel de máxima seguridad .
— ¿Y el equipo que trabajaba con ella? —pregunta Anne, aun cuando sabe la respuesta.
Apago el sonido con el control remoto. El silencio de la sala es un alivio. No quiero escuchar que soy el único que sigue con vida. No quiero revivir de nuevo la muerte de mis hermanos.
Finalmente siento que soy yo. Mis recuerdos encajaron las piezas de un rompecabezas que estuvo roto demasiado tiempo. Un rompecabezas que, por momentos, no me creí capaz de unir.
Hubiésemos entregado las pruebas antes, pero habían secuestrado a la esposa de Patrick cuando descubrieron lo que estábamos haciendo. Por eso, y solo por eso, cerramos el pico por tanto tiempo. ¿Sirvió para algo?
No.
El cadáver de su esposa apareció unos días después del accidente en el que perdí la memoria. En el que él perdió la vida.
No me sorprende. Sé que con esa gente no se puede negociar, pero en ese momento era lo único que podíamos hacer. Aferrarnos al clavo ardiente a pesar de que sabíamos que las chances de encontrarla con vida eran casi nulas.
Pero por fin soy libre. Estoy completo.
Bueno, casi.
—¿Qué querías decirme, mi amor? —Celine me mira con los ojos esperanzados al otro lado de la sala. Lo que no sabe es que llegó el día que tanto temía.
Repaso en mi mente lo que vengo días y días pensando. El sentimiento me ahoga, y a la vez me impulsa a hablar.
—No puedo hacerlo más. —Intento ser amable. Tener tacto. No quiero herirla, no es mi intención. No lo merece.
Abre la boca y hay duda en su mirada. Miedo.
—¿Hacer qué? —Su voz tiembla. Ella se acomoda el cabello oscuro de costado y se sienta a mi lado. Coloca una mano sobre mi muslo, y me tenso de inmediato, aunque no lo demuestro. Estoy a punto de romperle el corazón y me odio un poco por eso.
—Esto —digo, y señalo al espacio que nos separa—. Nosotros.
—Pero... —Sus labios se fruncen y la humedad cubre su mirada—. Pensé que habías recuperado la memoria.
Lo hice, y es parte del problema. Recordé los motivos por los que estuve con ella tantos años, y ninguno de ellos era amor.
Celine estuvo conmigo desde que creé mi empresa.
En ese momento, estaba anímicamente roto, y ella lo hizo todo más fácil.
Tenía sentido que estuviéramos juntos. Al principio sí que me enamoré, pero luego de casarnos todo fue en caída libre.
No éramos compatibles. A ella le interesaban cosas que a mí no, y viceversa.
Al final, la costumbre era lo único que nos unía, pero, si algo he aprendido estos años, es que la vida es muy corta como para desperdiciar el tiempo haciendo algo que no te haga feliz… o estando con alguien que no sea tu alma gemela.
Y creo haberla encontrado, solo que no es la mujer sentada a mi lado.
La cara de Rebecca, sus ojos asustados pero valientes, es todo lo que veo. Ella es la pieza que me faltaba. Y por ella, no puedo seguir con esta farsa.
Una presión se apodera de mi pecho, porque literalmente no aguanto ni un segundo más.
—Sí, y lo siento. —Me rompe el corazón saber que esta mujer me esperó por tres años.
Me lloró cada día y, justo cuando pensaba que me había recuperado, vengo a romper de nuevo los pedazos que había logrado reconstruir.
Por eso sé que las próximas palabras son más afiladas que una daga.
Aunque no sea esa mi intención—. Pero no siento por ti lo que mereces.
—Tomo sus manos entre las mías, pero se aparta—. No quiero hacerte daño. Te lo juro.
—Pero... —Piensa, me mira y me quiebra—. Yo estoy dispuesta a empezar de nuevo, Nate. —La esperanza es un arma de doble filo. Muchas veces duele más tenerla que no tenerla. Pude darme cuenta de eso al ver el dolor en sus ojos—. Yo estoy dispuesta. Puedo enamorarte de nuevo.
Ahora se acerca de nuevo a mí. Más. Una contradicción en sí misma.
—Lo siento, Celine. No puedo hacerlo. Lo nuestro como pareja se acabó, pero no te faltará nada —comento, en un intento por evitar que más lágrimas recorran su piel—. Y siempre podrás contar conmigo. Para lo que sea.
Sus ojos me devuelven la mirada, y casi puedo escuchar cómo su corazón se hace añicos.