Cuando nos encuentren 82 REBECCA BEAUMONT
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82 REBECCA BEAUMONT

—Voy a mandar a primera hora una queja a esta empresa de mierda —replico enojada.

Alissa frunce el ceño y me mira extrañada.

—¿A Golden Security?

—¿¡Qué!? ¡Claro que no! —No tiene sentido lo que digo, pero es que tampoco tiene sentido lo que pienso, y hablar es mi mecanismo de defensa. Aun cuando hablo sin sentido.

—A la empresa de tés —respondo, y levanto la caja de manzanilla—. Aquí dice: «¿Buscas una forma natural de relajarte y encontrar paz interior? ¡Te presentamos el té de manzanilla Noches Tranquilas!». —Exhalo un suspiro agotado—. Te aviso que no sirve para na…

La pantalla de mi teléfono se alumbra y casi me caigo del asiento al ver el nombre.

Nate.

Atiendo con las manos temblorosas, tan rápido que apenas le da tiempo de sonar.

—¿¡Estás bien!? —Es lo primero que me sale.

—Sí —responde, y siento que finalmente puede fluir el aire por mi cuerpo. No sabía que el alivio se sintiera como agua tibia recorriendo cada fibra y molécula de mi ser.

Empiezo a llorar, y me doy cuenta porque tengo la cara empapada y no me salen palabras.

—Lamento haberte asustado, Becca. Solo que… —¿Tiene la voz cortada él también?—. Si no llegaba a poder hablar contigo de nuevo, no quería dejar de decirte lo que sentía.

Mierda, voy a terminar en el hospital, porque entre el estrés, la falta de respiración y el corazón, que me acaba de dar un vuelco dentro del pecho, no creo que sea posible que no termine con secuelas médicas. Graves. Permanentes.

¡Lo reconoció! Es él, diciéndolo. En vivo y directo. Su voz. Él.

—Yo también. —Mi voz apenas se escucha, pero necesito que lo sepa—. Yo… te quiero, Nathaniel. Pero hay algo que no entiendo.

Tengo pánico de saber la respuesta, pero al mismo tiempo no hay nada que necesite más en este momento.

—¿Qué? —pregunta con un tono curioso.

—Isaac… dijo que recuperaste la memoria.

—Sí. Quería contártelo yo, pero supongo que no puede mantener el pico cerrado.

—¿Y qué hay de Celine? ¿La recordaste también?

El silencio me oprime el pecho y la anticipación me ahoga.

—Sí, Becca. No te preocupes por eso. Lo hablaremos mejor en persona. Lo que te dije lo hice luego de recordarlo todo, y eso es lo que siento. No tienes que preocuparte por nada más.

Siento cómo una tonelada de peso se me quita de encima. No sé bien en qué momento un elefante había comenzado a aplastarme.

—Debo irme ahora, pero mañana te llamo, ¿sí?

—Quiero saber qué pasó —replico.

Entre tantas cosas y emociones, ni llegué a preguntarle qué diablos sucedió.

—Prometo que te cuento mañana, pero ahora descansa. Solo quería escuchar tu voz y decirte que estoy bien.

No quiero colgar, pero no lo digo.

—Te quiero, Nate.

—Yo a ti, mi amor.

Acto seguido, me desmayo.