Cuando nos encuentren 81 NATHANIEL VANCE
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81 NATHANIEL VANCE

Me arrastran con brusquedad al fondo de una furgoneta. Un hombre se sube conmigo en la parte de atrás, y los otros dos van adelante.

El motor ruge, devora el asfalto y nos aleja de las sirenas que se desvanecen como un eco. Es un sonido sordo, mezclado con el olor agrio a combustible y sudor rancio. El hombre que me custodia es una mole de músculos. Sus ojos sombríos apenas se vislumbran detrás del pasamontañas.

—¿Quién más sabe? —dice con desprecio.

—¿De qué diablos hablas? —escupo.

Su respuesta es un puño directo a mi mandíbula. La adrenalina recorre mi cuerpo y hace que el dolor que me comienza a titilar en el rostro se desvanezca. Si quiero salir vivo de aquí, necesito concentrarme.

El dolor no puede existir.

Mientras me habla, discretamente, me disloco el pulgar de ambas manos y oculto el sonido con una tos fuerte, como si me estuviera ahogando.

—¡Cállate, imbécil! ¿Qué diablos te pasa? —grita el conductor mientras que el hombre que está frente a mí trata de controlar la situación.

—Se ahogó —le responde al conductor—. Pero tranquilo, que ya va a hablar.

Disimuladamente, me libero del precinto. El corazón me late con normalidad y el dolor es un murmullo lejano que trata de alcanzarme, pero yo soy más rápido.

Has sentido cosas peores, Nathaniel.

La furgoneta va a toda velocidad, y sé que no tengo demasiado tiempo. El lugar de destino debe de estar cerca; si no, se arriesgarían a que los atrapen en la huida. Los siguientes segundos son decisivos.

Me muevo tan rápido como es humanamente posible, y el ataque va directo a la garganta de mi secuestrador. No tiene tiempo de reaccionar; le aplasté la tráquea, y lo único que puede hacer es sostenerla con las manos mientras su rostro se pone azul.

La adrenalina corre con más intensidad por mis venas, y mi corazón ahora palpita desesperado al tiempo que me pongo detrás del hombre moribundo y me protejo con su cuerpo.

El copiloto, como lo preví, se gira y comienza a dispararme, pero los disparos caen en quien ahora ya está definitivamente muerto.

Acomodo con un movimiento mis pulgares, que crujen bajo el sonido de las balas.

Una bala me roza la pierna y, aunque sé que sangro, no me atravesó.

Me hago con su arma y, por fin, disparo de vuelta.

El copiloto no tiene con qué protegerse y cae con un golpe sordo en un instante.

Del agujero perfecto entre los ojos chorrea sangre a raudales.

El conductor trata de hacer maniobras evasivas para desestabilizarme, y caigo al suelo.

Con una mano trata de disparar hacia atrás, pero no puede hacer eso y manejar a la vez, por lo que ninguno de sus disparos acierta. Logro ponerme de pie de nuevo.

Solo quedamos mi instinto de supervivencia, yo y el conductor.

Voltea frenético y, mientras el terror se refleja en sus ojos, los míos se iluminan con la luz de la venganza.

Alzo mi brazo hacia él, que acaba de chocar contra un auto estacionado y trata de huir, pero no llega muy lejos. Una bala se aloja en su nuca y la sangre comienza a brotar.

Las sirenas de la policía se escuchan a lo lejos. Tomo mi teléfono del bolsillo del primer muerto y llamo directamente a Isaac.

—Mierda, ¿estás bien? —pregunta, dejando de lado el tono profesional que suele usar.

—Sí. ¿Lo tienes? —pregunto.

—Lo acabo de conseguir —afirma.

—Fíltralo, Isaac. Ya es hora de que el mundo sepa la verdad.