Cuando nos encuentren 80 REBECCA BEAUMONT
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80 REBECCA BEAUMONT

¿Se puede morir de un ataque de ansiedad?

Imagino que sí, porque eso es precisamente lo que está a punto de pasarme.

—Respira, Rebecca —me pide Alissa, intentando calmarme—. Explícame bien lo que pasó.

Pero no puedo explicar lo que pasó porque no tengo la más mínima idea. Recibí ese mensaje y de pronto mi sistema nervioso entró en cortocircuito, porque estoy segura de que algo grave le pasó a Nate.

—No... no responde. —Es lo único que logro balbucear.

—Eso no significa nada —dice, tratando de tranquilizarme—. Puede haber miles de motivos por los cuales no tenga su teléfono con él.

A pesar de que el mensaje es privado, y de que me gustaría que se mantenga así, levanto mi teléfono y se lo muestro. Creo que es la única forma de que entienda mi estado de alarma.

Cuando levanta la mirada, veo en su expresión que ahora ella también está preocupada.

Toma su teléfono y hace una llamada. Yo solo existo. No puedo respirar. No puedo pensar. No puedo sentir. Porque si siento, me derrumbo. Solo existo.

—¿Isaac? —La voz de Alissa suena alarmada, lo que hace que mi adrenalina y angustia se disparen aún más—. Necesitamos tu ayuda. Creemos que algo pudo pasar con Nate.

Observo que Alissa asiente, tratando de mantener una expresión neutra y sin emitir palabra.

—Entiendo —replica finalmente—. Llámame en cuanto sepas algo.

Corta la llamada. Estoy tan alterada que no puedo ni preguntarle qué pasó. Solo espero, como en un limbo, y le rezo a alguien para que las palabras que salgan de su boca no me rompan el corazón.

—Becca, siéntate —me dice, y puedo escuchar mi corazón romperse. Maldita sea.

Es la primera vez que me llama así, a pesar de que se lo he pedido infinitas veces antes.

—No. Solo dime. —Mi voz es apenas un susurro ahogado. Desesperado.

—Nate se comunicó hace un rato con Isaac. Le dijo que recordó todo, y… —La pausa me confirma que lo que sigue no es algo que quiero escuchar—. Que lo habían encontrado.

Cristales. Millones de partículas de cristales me oprimen los pulmones y se incrustan en mis huesos.

Inhalo aire, pero no llega a ningún lado.

Se queda atascado en mi garganta, porque hay un nudo que impide el paso.

De pronto soy muy consciente de todo. De cómo en un segundo puede cambiar tu vida para siempre. Para bien o para mal.

Pasa por mi mente todos los momentos que tuvimos juntos y trato de entender en cuál de ellos empecé a preocuparme así por él.

En qué momento se convirtió en alguien importante para mí.

Y la verdad es que no lo sé. No puedo distinguirlo porque no existe.

Son la sumatoria de ellos. Lo que me hizo sentir.

Sus palabras. Su aroma. Su actitud con mi hija. Su historia.

Sí, no nos conocemos hace mucho, pero hay personas que se te incrustan en el pecho antes de que te des cuenta de lo que está sucediendo.

Y ahora… solo me quedarán esos escasos recuerdos.

Los pensamientos de lo que pudo ser y no fue.

La absoluta certeza de que, a pesar de todo lo increíble que podríamos haber sido juntos, estuvimos condenados incluso antes de poder darnos una oportunidad.