Cuando nos encuentren 75 NATHANIEL VANCE
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75 NATHANIEL VANCE

—¡Jack Jack! —El grito de la pequeña me alegra el día. Corre hacia mí y me agacho para abrazarla—. ¡Te extrañé! —comenta, al tiempo que me rodea con sus bracitos.

—Yo también, Jirafran —confieso, porque la verdad es que sí lo hice. Las extrañé a ambas.

—¿Ya no te volverás a ir? —pregunta, casi haciendo un puchero.

Rebecca nos observa a unos metros.

—Ven, vamos a hablar. —Tomo la mano de Frannie y la guío hacia la sala para que hablemos bien—. Tengo algo que contarte —replico, al tiempo que nos sentamos y Rebecca se une a nosotros.

—¿A mí nadie me saluda? —comenta, ya que la niña ignoró por completo a su madre desde que me vio.

—Perdón, mami. —Corre a darle un beso—. Es que me emocioné mucho —le explica.

—Tranquila, mi bebé.

—Bueno, Jack Jack, ¿qué me quieres contar?

Había acordado con Rebecca lo que diríamos, y ambos coincidimos en que lo mejor sería la verdad. Una verdad sin demasiados detalles y rediseñada para una niña.

—Hace un tiempo, perdí la memoria en un accidente.

—Mientras me escucha, abre la boca de par en par con impresión—.

Y recientemente descubrí muchas cosas, entre ellas, que mi nombre es Nathaniel y que vivo en Nueva York.

—Decido deliberadamente omitir que estoy casado—.

Por eso tuve que irme, Frannie. Y por el momento tengo que volver a mi casa y resolver muchas cosas.

Pero quise venir a verlas y pasar unos días con ustedes.

El puchero se intensifica y se cruza de brazos.

—¿Entonces ya no puedo decirte «Jack Jack»?

—Obvio que sí. Es mi apodo favorito en el mundo, y no quisiera que me llames de ninguna otra forma.

Sale corriendo y salta a abrazarme.

—Está bien, Jack Jack. Puedes volver a tu casa. Nosotras estaremos bien. Pero solo si prometes que no nos olvidarás.

Un nudo se apodera de mi pecho y lo aprisiona con fuerza. Los ojos me pican.

Mierda, estoy jodido.

Los días siguientes pasan demasiado rápido.

Cada vez que me acerco a una ventana, miro hacia la calle, para cerciorarme de que no esté allí. Quizás no era él. Quizás Rebecca vio mal. A esta altura, ya no sé ni qué pensar.

Ayer llevamos a Frannie al acuario de Nueva Inglaterra y nunca la había visto tan feliz. Recorrimos cada uno de los estanques, y ella estaba embelesada con todos los animales. Le encantaron los pingüinos, pero sin dudas sus favoritas fueron las tortugas.

Estuvo feliz hasta que me preguntó si no estaban tristes allí encerrados.

La verdad, no supe qué decirle. No sabía la respuesta y no quería mentirle.

El acuario era enorme y precioso, pero esos animales no estaban en su hábitat natural.

Estaban atrapados en un lugar precioso, pero en el que se sentían ajenos.

Algo en eso me hizo sentir demasiado identificado, por lo que al salir de allí, nos fuimos al museo de ciencias naturales a seguir el paseo.

Allí no había nada vivo y triste con lo que identificarme.

Cuando llegamos a casa de Rebecca, Frannie estaba agotada y se había acostado a dormir de inmediato, luego del baño.

Rebecca y yo pasamos la noche hablando de miles de cosas. Demasiado cerca el uno del otro, pero sin cruzar esa línea invisible que había alzado en nuestra relación. Una línea creada con la intención de protegerla. De protegernos.

Por eso, me estoy despertando con una inminente tortícolis y Rebecca recostada sobre mi pecho. En algún momento de la noche, nos quedamos dormidos mientras charlábamos en mi habitación.

No quiero moverme. No quiero mover ni un músculo, y pienso disfrutar al máximo el calor de su piel sobre la mía. Su aroma dulce y su rostro relajado y feliz.

Lamentablemente, el destino tiene otros planes porque la alarma de su teléfono nos interrumpe. Un sonido estridente suena sin cesar, y ella se despierta de inmediato y logra silenciarlo.

Veo en su rostro cómo tarda unos instantes en darse cuenta de dónde está. De con quién está.

—Buenos días —comenta finalmente, mientras se restriega el rostro con el dorso de la mano, y me sonríe. Sus mechones rubios alborotados caen sobre su rostro ligeramente sonrojado, y estoy duro como nunca. Es demasiado hermosa. No puedo evitar admirarla y recorrerla con la mirada.

—Buenos días, hermosa —respondo finalmente, y debo de estar aún dormido, porque si estuviera consciente no la habría llamado así. No quiero confundir aún más la situación.

—Lamento haberme quedado aquí. No me di cuenta en qué momento me dormí.

Se sienta y se cubre un poco con el cubrecama.

Me acerco a ella, pero no demasiado.

—¿Qué dices? Estás en tu casa, puedes dormir donde quieras.

—¿A qué hora te vas? —Cambia radicalmente el tema. El elefante en la habitación. Hoy me voy.

—Cuando se vayan ustedes —respondo.

—Ah. —Veo la decepción en su mirada—. Bueno, me voy a arreglar para el trabajo.

Se pone de pie y la veo alejarse.

Un rato después, me despido de ellas en la puerta de su casa. Siento un vacío cuando las veo alejarse de mí.

Entre tantos sentimientos dormidos u olvidados, en esta casa aprendí a sentir de nuevo.