74 REBECCA BEAUMONT
La única otra persona en el mundo que sabe la historia con tanto nivel de detalle es mi psicóloga.
La mujer que me ayudó a transitar cada paso del camino después de que mi prometido intentara matarme en una ceremonia satánica.
Pero ni incluso cuando se lo conté a ella me había sentido tan cómoda como en este momento.
Sus ojos son un río ambarino que atraviesa por mi alma.
Me anclan a la tierra, a este momento. Me siento segura, me siento a salvo y ligera.
Siento que me quité un peso de encima. Por algún motivo, contarle esto a Nate se siente bien.
Sus brazos me sostienen, como si mi vida dependiera de ello, y quizás lo hace.
Sus palabras me atraviesan el pecho de una manera que no puedo explicar.
No puedo pensar en ninguna otra cosa cuando me acerco a él y poso mis labios sobre los suyos.
No es un beso hambriento, ni desesperado como los anteriores.
Es íntimo, demasiado íntimo. Su boca tantea la mía con cautela, pero al poco tiempo me toma por la nuca y profundiza el beso.
Nuestras lenguas danzan en un baile eterno y tengo la absoluta certeza de que jamás tendré suficiente de él.
Mi respiración se calma, y de pronto soy consciente de que directamente no podré tenerlo en absoluto.
No de la forma en que deseo. Soy consciente de que está siendo infiel en este momento, y lo está haciendo por mi culpa.
Porque jamás me rechazaría en un momento de tal vulnerabilidad.
Profundizo el beso unos segundos más, egoístamente, antes de separarme por completo y ponerme de pie.
—Lo siento —replico, y de inmediato él se alza a mi espalda y me gira hasta que nuestros ojos nuevamente se encuentran.
—¿Por qué? —Su voz ronca me acaricia la piel. Su mirada es un bálsamo para mi alma herida.
—Por besarte —confieso—. No debí hacerlo. Lo siento.
Una risa incrédula se escapa de él, y no tarda en inclinarse hacia mí, tomarme del rostro y unir nuevamente nuestros labios. Esta vez con más hambre, más pasión.
Me siento en las nubes. No me permito pensar en el daño que le estamos haciendo a otra persona. Algo malo no puede sentirse tan bien.
¿O sí?
Luego de fundirnos en besos por un tiempo indeterminado, se separa apenas de mí y me susurra sobre los labios.
—Eres increíble, mi amor.
¡Mi amor! Me llamó así de nuevo. ¿Quiere que me desmaye? ¿Cuál es su intención?
No puedo evitar sonreír. No puedo evitar sentir lo que siento, y maldita sea, soy muy consciente de que la caída duele más mientras más alto estés. En este momento, estoy en las putas nubes.
—Gracias por escucharme —me limito a decir sin separarme ni un poco.
—Gracias a ti por confiar en mí —responde.
Quizás no lo sabe, pero en este momento de mi vida me doy cuenta de que nunca había confiado tanto en alguien.
¿Cómo es posible sentir eso por alguien a quien conozco hace tan poco tiempo?
No tiene ningún sentido. No es racional—.
No quiero que te pongas mal, pero necesito saber si Isaac sabe esto que me contaste.
Asiento.
—No le conté los mismos detalles que a ti, pero sí lo relevante. Sabe quiénes eran sus amigos.
—¿Y nunca los encontraron?
Niego con la cabeza.
—Dieron nombres falsos. Yo no tenía ni fotos ni otra información relevante de ellos. Nunca los encontraron.
—¿Se te ocurre algo más que pueda ser útil?
Lo pienso un minuto y luego niego.
—Nada que Isaac no sepa ya.
Llegamos a casa y un balde de agua fría —la realidad— cae sobre nosotros.
—Perdona, Becca. Tengo que hacer una llamada.
¿Volví a ser Becca? Trato de que no se note mi desilusión.
Se acerca hacia mí y me da un beso dulce antes de alejarse hacia la habitación de invitados.
Me quedo en la cocina, haciendo algo y nada a la vez.
Estoy inquieta, y la ansiedad se apodera de mí al darme cuenta de que probablemente está hablando con su esposa, maldita sea.
Solo yo me meto en algo así. Una cosa era besarlo cuando no sabía nada de él, pero ahora sé que está casado.
Ambos lo sabemos y al parecer nos pasamos sus votos matrimoniales por el culo.
No debería volver a pasar. Además, supongamos que se separa y se queda conmigo…
quizás un día se despierta, se acuerda de todo, de lo mucho que ama a Celine y me deja.
No podría vivir con esa incertidumbre. Tampoco podría pedirle que tome una decisión así.
Apenas nos conocemos y lleva quién sabe cuántos años casado con ella.
Aunque, a pesar del poco tiempo, siento que me conoce mejor que la mayoría de las personas que hace años me rodean.
Escucho sus pasos acercarse, y el corazón se me acelera. No puedo controlar las reacciones de mi cuerpo.
Ingresa a la cocina y se sienta en el taburete. Yo abro una botella de vino, no porque lo tuviera planeado, sino porque necesito hacer algo con mis manos para no parecer una idiota.
—¿Todo bien? —pregunto como quien no quiere la cosa.
El silencio se alarga hasta que al fin habla.
—Llamé a Celine. —Sí. La realidad es una mierda, y está más presente que nunca—. Me preguntó cuándo tenía pensado volver.
—¿Y?
—Le dije que me voy el martes.
Trato de ocultar la desilusión que me embarga. No sé por qué, pero pensé que se quedaría un poco más.
—¿Y no le pareció raro que tuvieras que venir? —La curiosidad me va a matar. Necesito más información.
—No le agradó, la verdad. Pero le dije que tuve que venir por trabajo, que fue una emergencia. No entré en detalles.
—¿Es decir que le mentiste?
—No fue necesariamente una mentira. Quería que tuviéramos esa charla, y no quería hacerlo por teléfono.
—Claro —respondo—. Trabajo. Entendido.
Vuelco el vino en unas copas y le entrego de mala gana la suya. Definitivamente volví el tiempo atrás y me convertí en una adolescente, porque estoy actuando de una forma realmente inmadura.
—No es así —dice, mientras se pone de pie y se acerca a mí—. Y lo sabes perfectamente. Pero tu seguridad es una prioridad para mí. A los ojos de Celine eso es trabajo.
Sube su mano y me coloca un mechón de pelo tras la oreja. Por un momento pienso que no tiene nada más para decir, pero me sorprende y sigue hablando.
—No sé qué hacer —confiesa con su mirada fija en mis ojos—. Ya sabes lo que he sentido desde que volví a Nueva York, pero no estoy preparado aún para dejarla. Apenas estoy tratando de entender todo lo que me pasa, y necesito estar seguro de que entre ella y yo no queda nada antes de dar ese paso.
Asiento con un nudo en la garganta que no me dejaría hablar ni aunque quisiera. Sé que es lo lógico, que tiene sentido cada una de sus palabras y que está actuando como debe. Pero no por eso duele menos.
—No lo hemos hablado, pero creo que ambos somos adultos y sabemos que lo que pasa entre nosotros no es una tontería, Becca.
—Otra vez Becca. Ya no soy «mi amor». Mierda—.
Y lo único que tengo seguro es que te quiero en mi vida.
Te necesito en mi vida más que a nadie en este momento, y por eso necesito cuidar y proteger nuestro vínculo.
No puede volver a pasar lo que sucedió hoy.
—Un golpe en el centro del estómago dolería menos—.
No hasta que tenga claro qué voy a hacer con mi vida, porque no quiero lastimarte, pero tampoco la quiero lastimar a ella.
Ninguna de las dos merece que juegue con sus sentimientos.
No me doy cuenta de que estoy llorando hasta que con su pulgar me seca una lágrima fugitiva.
—No llores, por favor. —Acto seguido, me besa una lágrima. ¿Cómo no quiere que me derrita así?—. No quiero lastimarte. Perdóname, por favor.
Le sonrío, porque a pesar de estar rota por dentro, lo entiendo y sé que lo que hace es lo correcto.
—Lo siento —respondo finalmente, con una voz que tiembla sin que yo lo pueda evitar—. No debí besarte y ponerte en una situación comprometedora.
—Créeme que no tienes nada de qué disculparte. Quería hacerlo. Sabes que quiero hacerlo todos los días de mi vida, pero la vida me dio otra oportunidad y, esta vez, quiero hacer las cosas bien.
Nos abrazamos, y nuestras respiraciones se mezclan hasta que perdemos la noción del tiempo.