76 NATHANIEL VANCE
—No puedo creer que te hayas ido sin decirme nada. —La expresión de Celine no es de molestia, sino de decepción.
Me siento culpable, y no puedo negarlo. Más aún después de lo que pasó entre Becca y yo.
Si no hubiese sido por mi magnífica fuerza de voluntad, hubiese estado con ella de nuevo.
Estoy viviendo hace semanas con Celine y no siento nada.
Eso debe de significar algo. Quizás no estaba más enamorado de ella antes del accidente. Quizás estábamos teniendo problemas.
—Lo siento. —Es lo que atino a decir—. Fue una emergencia.
—Que yo sepa, Rebecca contrató a otra empresa, Nate, no a NV.
—Sí, pero sigo ayudando al agente Hayes en la investigación.
Me acerco a ella y le doy un abrazo y un beso en la cabeza.
—Lo siento. La próxima vez te avisaré antes de irme, pero no quería despertarte.
—Vas a tener que compensarme, cariño, y sé la forma perfecta.
No me gusta para nada cómo suena eso, pero me había dicho a mí mismo, y a Rebecca, que intentaría que esta relación funcionara.
—Lo que quieras, esposa.
En el top tres de las cosas que menos quería hacer estaba esta: un evento en una galería de arte con un montón de desconocidos que no dejan de adularme y mirarme como a un maldito payaso de circo.
El tiempo pasa demasiado lento, y no veo la hora de que lleguen Mathew y su esposa para aligerar un poco el ambiente.
Hago un gran esfuerzo por mostrarme cariñoso con ella, a pesar del rechazo que siento en los huesos.
Los cuadros y obras de arte que me rodean podrían perfectamente haber sido hechos por niños de cinco años. Es más; probablemente un niño de cinco años haga algunas cosas mucho mejores.
Un maldito lienzo en blanco con un punto negro en el centro y un valor de... ¡ciento cincuenta mil dólares!
La gente está desquiciada.
Mientras recorro los pasillos, comiendo canapés y emulando que tengo conversaciones cordiales con desconocidos, me doy cuenta de que estoy más hundido en el barro de lo que pensaba. Tengo menos de un día sin ella y ya me estoy volviendo loco por llamarla.
—Ya vengo. —Me inclino hacia Celine para hablarle en voz baja—. Voy al baño.
No espero su respuesta. Mis pasos apresurados se dirigen al pasillo que da hacia el baño. Me doy cuenta de que pasé la entrada. Seguí caminando hacia el fondo del pasillo, donde ya no hay nadie. No sé a dónde me lleva, pero solo sé que necesito alejarme. Me siento abrumado. Acorralado.
Ingreso en una habitación oscura. Ni me molesto por encender la luz, porque no me interesa.
Saco mi teléfono y hago lo único que tengo ganas de hacer en el mundo.
—¿Nate? —Su voz al otro lado de la línea suena un poco temblorosa.
—¿Estás bien? —pregunto, antes que nada, porque algo en su tono de voz me alarma.
—S—sí. Supongo que sí —responde dubitativa.
—«Supongo que sí» no suena demasiado positivo, Becca. ¿Qué pasó?
—Emm... —Una pausa larga, pero finalmente habla—. Escuché unos ruidos extraños hoy. Hace un rato, y supongo que me dejó un poco paranoica. Pero ya revisaron todo y no hay moros en la costa.
Me tenso, y en absoluto me tranquiliza su respuesta.
—¿Alissa está contigo? ¿Ya volvió?
—Sí, llegó hace un rato, así que estoy más tranquila.
—¿Frannie? ¿Está contigo?
Me doy cuenta de que parece un interrogatorio, pero necesito asegurarme de que está bien.
—Sí, duerme. ¿Por qué me llamaste, Nate?
—¿Honestamente? Necesitaba escapar por unos minutos.
Un suspiro se escucha al otro lado de la línea.
—No sabía que se podía escapar a través del teléfono —contesta sonriendo. No la veo, pero sé que sus hoyuelos están marcados en este momento. También conozco el tono exacto del brillo de su mirada.
—Se puede —confirmo. No le digo que se ha convertido en mi refugio ni que el único sitio al que escaparía sería uno en el que ella se encuentre.
Lo que sigue sucede tan rápido que no puedo procesarlo.
La ráfaga de disparos se escucha tan fuerte que siento que me están disparando en el oído.
El corazón se me acelera y dejo de respirar por un instante, mientras la cabeza me va a explotar.
Algo se activa en mi cerebro, porque de pronto ya no estoy en la galería.
—Si alguno dice algo de la misión, las consecuencias serán mucho peores a lo que dice el NDA —replica Lorenne con tono serio y expresión gélida.
Tomo un bolígrafo y firmo el documento que indica que no puedo decir nada sobre las misiones que tuvimos durante nuestro trabajo en la Fuerza Especial Leopard.
Lo recuerdo todo. La recuerdo tan clara como el agua.
Nos encargábamos de misiones secretas, con el objetivo de eliminar enemigos que ponían en riesgo la seguridad nacional.
Lo hicimos a rajatabla, sin decir ni preguntar absolutamente nada, hasta que nos mandaron a una misión en la que tendríamos que asesinar a dos niñas, y ese…
ese era un límite que no estaba dispuesto a cruzar.
Ni siquiera en nombre de la seguridad nacional.
Luego de eso, nos despidieron a todos y nos hicieron firmar el maldito papel. No podíamos decirle nada a nadie. Ni siquiera a un terapeuta. Íbamos a tener un estrés postraumático de lo lindo.
Años después, e incluso mucho después de haber creado NV Security, me enteré por Patrick, mi socio, amigo y excompañero de la Fuerza Especial, que las misiones que hacíamos no estaban aprobadas, por lo que muchas iban en contra de leyes internacionales, e incluso de algunas nacionales.
Lorenne utilizaba al equipo para sacar del tablero a sus enemigos personales.
También cobraba sumas de dinero astronómicas, pagadas por millonarios de todo el mundo, para asesinar a quienes ellos indicaran.
Nos habíamos convertido en sicarios profesionales, oficiales y pagados por el gobierno.
Lo peor de todo es que ni siquiera lo sabíamos.
Maldita.
Patrick no pudo dejar las cosas atrás y siguió investigando.
Se contactó con todos los hombres del grupo y les informó de lo que había averiguado hasta que, al parecer, la información se filtró.
Empezamos a caer uno a uno. Los últimos en la lista habíamos sido nosotros, pero el destino tenía otros planes para mí.
Los recuerdos van llegando uno a uno, hasta que el rompecabezas se completa.
Nathaniel Vance ha vuelto.