Cuando nos encuentren 72 REBECCA BEAUMONT
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72 REBECCA BEAUMONT

No puedo creer que esté aquí. Pero la felicidad que me produce el hecho de verlo se ve opacada por el motivo que me hizo correr como una desquiciada.

Él se da cuenta de que algo no va bien. De inmediato se tensa y se da la vuelta. Les hace unas señas a los guardias de Golden Security y se gira de nuevo hacia mí. Jeremy llega corriendo desde la habitación de invitados, y se frena a mi espalda.

—¿Qué pasó? —pregunta Jeremy, pero no me salen las palabras.

—Dime exactamente por qué corrías así —me pide Nate.

Las palabras salen de mi boca a toda velocidad.

—Estaba mirando por la ventana y lo vi. Estaba lejos, con un gorro, pero miraba directamente hacia mí. Estoy segura de que era él, Nate. Estaba aquí.

Gira hacia la plaza.

—Dime dónde lo viste —me ordena.

Señalo el lugar que ahora se encuentra vacío. Las personas caminan de un lugar a otro, pero ya no veo a Benjamin.

Jeremy sale corriendo en la dirección que señalo.

El resto de los guardias de Golden Security y un policía se acercan a nosotros al darse cuenta del movimiento en la puerta de casa.

—Revisen el perímetro —ordena Nate—. Estuvo aquí. Quiero un refuerzo del perímetro de seguridad. Quiero vigilancia en todas las esquinas. Ese hijo de puta no se vuelve a acercar así a ella.

Nate comienza a dar órdenes como si fuera el dueño de Golden Security, e inmediatamente me siento a salvo.

Me hace sentir que nada malo me puede pasar si él está conmigo.

Pero lo que más hace que se me infle el pecho con agradecimiento es que en ningún momento dudó.

Confió en mí y actuó en consecuencia, y él jamás sabrá lo mucho que ese simple gesto significa para mí.

—Vamos adentro —comenta—. ¿Dónde está Frannie?

—Con Mason —respondo mientras ambos ingresamos a casa y cerramos la puerta a nuestras espaldas. Nate pasa la llave antes de seguirme por el pasillo.

Me giro y lo miro a los ojos.

—¿Qué haces aquí?

Sonríe tan sutilmente que apenas parece una sonrisa.

—Te dije que vendría a verte pronto, Becca.

El alivio que siento es demasiado grande. La felicidad por verlo me arrolla.

No puedo evitar correr hacia él y abrazarlo.

—Gracias por venir, Nate.

Sus brazos me rodean con fuerza, y siento su calor debajo de mi cuerpo. No me aleja, sino todo lo contrario. Me presiona con fuerza contra su pecho y me calma.

Nos mantenemos unidos por demasiados segundos que se acaban muy pronto. Me deja en el suelo y siento la ausencia de su calor.

—¿Viniste solo? —pregunto. Siento una presión en el pecho por el solo hecho de pensar que su esposa entre por esa puerta en unos minutos. Unos celos irracionales se apoderan de mí de solo imaginarlos juntos.

Asiente con la cabeza y me toma de la mano para guiarme a la sala.

—Tengo pensado quedarme unos días. Reservé un hotel cerca —comenta, rompiendo el silencio de nuestros pasos acompasados.

—Quédate aquí —replico sin siquiera pensar.

—¿Y Jeremy?

—Puede volver cuando te hayas ido —respondo.

Nos sentamos en el sofá alargado. El corazón me late errático, no sé cómo actuar. Nuestra relación ha cambiado demasiado en poco tiempo, pero su situación ahora es distinta. Está casado, y no debo olvidarlo.

—¿Qué dijo Celine?

La curiosidad es más fuerte que yo.

—¿A qué te refieres? —pregunta.

—Sobre que hayas venido tan pronto. ¿Estuvo de acuerdo con eso?

Suspira. Un suspiro largo cargado de demasiadas emociones.

—No le dije nada; solo le dejé una nota —responde.

Abro los ojos. Sé que la relación entre ellos no está muy bien que digamos, pero eso me parece muy frío.

—Ya sé —replica al ver mi expresión—. No estuve bien, lo sé. Pero tenía que salir de allí. No lo pensé demasiado bien, la verdad. Luego la voy a llamar para hablar.

No puedo juzgarlo. No he estado en su lugar y espero nunca estarlo, pero no debe de ser fácil estar obligado a vivir con una desconocida.

—¿Tan mal están las cosas? —Hay una chispa de esperanza egoísta en el núcleo de mi cuerpo. Esa chispa quiere que me diga que las cosas son una mierda y que no va a seguir con esa relación.

Cuando asiente, las mariposas que se instalan en mi estómago cuando lo veo hacen el baile de la felicidad, y sé que soy demasiado egoísta.

Estoy pensando en mí, y no en él… pero ¿cómo evitar lo que uno siente?

A veces sabemos que no está bien lo que sentimos, pero no podemos controlarlo.

¿Eso nos hace malas personas? Quizás solo nos hace humanos, por lo que debería dejar de martirizarme.

—Sé que se merece una oportunidad, y quiero dársela. Pero me cuesta mucho. Es como si Nathaniel fuera una persona totalmente diferente. Ella me ama, y yo me siento horrible por no poder darle lo que necesita. Lo que probablemente merece.

Desilusión. Eso siento al escuchar que quiere intentarlo. ¿Por qué? Cuando empezó todo con Jack, supe que sería algo físico; algunas veces y ya. ¿Por qué me siento tan posesiva hacia él?

—Si realmente quieres intentarlo, creo que tienes que ser honesto con ella. —Puedo quizás tener pensamientos egoístas, pero no pienso ser una mala amiga.

—¿A qué te refieres? —Se toma el rostro entre sus manos y puedo notar su frustración. Esa coraza que suele tener alrededor, hoy no la veo. Hoy lo veo a él, sin filtros ni máscaras.

—Que, si quieres intentar que las cosas funcionen, deberías explicarle cómo te sientes.

No puedes hacer que los sentimientos que tenías aparezcan de la nada, y ella necesita saber con claridad que esos sentimientos no están.

Lo único que puedes hacer es tratar de crear un nuevo vínculo, y enamorarte de ella como si fuera la primera vez.

Si no cambian el enfoque, y si ella no sabe cómo te sientes, veo muy difícil que puedan realmente avanzar.

Se queda en silencio un momento. Saboreando mis palabras, desmenuzándolas.

Alarga la mano por el sofá y me toma la mía. Sentir su piel me envía señales eléctricas por el cuerpo, pero permanezco inmóvil. Trato de controlar el latido de mi corazón.

—Gracias de verdad por el consejo. Es muy cierto lo que has dicho, y voy a hablar con ella.

Sonrío. Una sonrisa falsa ocupa mi rostro mientras palabras aún más falsas salen de mi boca.

—Me alegra poder ayudarte con esto, Nate. Ojalá todo se solucione entre ustedes.

Nos miramos en silencio por segundos, minutos o quizás horas. Solo sé que nuestras miradas se encuentran como si pertenecieran a otra realidad. A un mundo en el que nacimos para mirarnos.

Es él quien corta el silencio que nos abraza.

—Quería hablar contigo de algo importante.

Frunzo el ceño en respuesta.

—¿De qué? —pregunto.

—De Benjamin.