71 REBECCA BEAUMONT
No puedo quitarme del pecho esa sensación de que algo va mal.
¿Estoy sugestionada? ¿Paranoica? Quizás, pero nadie puede culparme por eso.
No he tenido ninguna novedad del caso. Ningún avance.
Me siento impotente al no poder hacer nada al respecto.
No puedo controlarlo; no puedo controlar mi vida y odio que el muy bastardo esté ejerciendo ese control sobre mí tantos años después…
Cuando comencé a pensar que era libre, me di cuenta de que la libertad es solo una ilusión. Como el tiempo.
Después del mail no hubo más que silencio. Y no sé qué es peor, honestamente.
—Rebecca —dice Mason al otro lado de la línea—. ¿En qué puedo ayudarte?
—¿Puedo hablar con ella? —respondo.
No suelo llamarla cuando está en casa de su padre, pero quiero asegurarme de que está bien. No tengo una buena sensación, y eso me genera demasiada ansiedad. Más aún si estoy lejos y no la tengo conmigo.
—Está dormida. Luego te llama.
No espera a que responda y cuelga de inmediato.
Cabrón.
La casa sin Frannie y sin Alissa se siente muy sola, muy vacía. Trato de no pensar en el guardaespaldas que dejó un vacío demasiado grande. Jeremy está abajo, en la habitación de invitados, pero no es lo mismo. Me cae bien, pero… no me siento igual de cómoda.
Suena una notificación en mi teléfono y se me acelera el corazón. Aunque en el fondo sé que no es él. Solemos hablar a la noche, nunca tan temprano.
Oliver
Te quiero volver a ver.
La desilusión me abraza.
Después de nuestra cita había desaparecido por completo, y claro que yo no le escribí. Me sorprende que lo haga ahora.
A pesar de eso, no lo quiero hacer sentir mal ni quiero que las cosas terminen raras. Es amigo de Lina.
Pero ¿cómo se responde un mensaje así cuando no sientes lo mismo? «Hola, muchas gracias, pero yo no».
Yo
Hola Oliver, tiempo sin saber de ti. ¿Cómo has estado?
Oliver
Bien, ¿y tú? Lina me comentó, sin demasiados detalles, que estás con algunos temas personales. No quería abrumarte. Pero ya pasó un tiempo y quería saber si te gustaría que nos viéramos de nuevo.
Qué situación de mierda es rechazar a alguien.
Yo
Lo siento, Oliver. La pasé muy bien contigo el otro día, pero en este momento no estoy disponible emocionalmente ni preparada para una segunda cita. Me encantaría si podemos quedar como amigos.
Oliver
Claro, Becca. Amigos será, entonces. Si cambias de opinión, aquí estaré.
Escucho un ruido de abajo y me tenso de inmediato. Trato de afilar el oído para ver qué fue, pero de pronto todo está en un silencio absoluto.
Me pongo de pie y me acerco a la ventana. La camioneta de Golden Security está en su lugar, y nada parece fuera de lo normal.
Las personas caminan por la plaza y el día está hermoso, a pesar del frío que hace. Me entran unas ganas repentinas de tomar un café. Algo calentito y dulce.
Estoy por caminar hacia la puerta cuando veo algo que me llama la atención.
Hay una persona. A lo lejos. No camina, no se mueve… Es una sombra entre los árboles y me mira fijamente.
Mierda. Es él.
El corazón me palpita a la par que la sangre se escapa de mi cuerpo. Perdí la capacidad de moverme. Lleva una capucha y no se le distingue el rostro, pero sé en cada fibra de mi ser que es él.
Quiero hacerle señas a la policía, a alguien, pero no me puedo mover. Estoy paralizada. El miedo se apodera de mí.
Una voz se cuela entre mis pensamientos y me ancla al presente.
El miedo es como una alarma. Es un indicador de que tienes que hacer algo. Es como la fiebre: si te paralizas, te puede matar, pero si actúas a tiempo, salvas tu vida.
De pronto, como si el mismísimo Nate hubiese estado allí diciéndome esas palabras, obligo a mis piernas a moverse y comienzo a bajar la escalera a toda velocidad.
La sangre bombea con fuerza y la adrenalina corre por mis venas. Bajo las escaleras tan rápido que apenas siento la madera bajo mis pies. Me apresuro a la puerta a toda velocidad. Debo llegar a ellos. Advertirles. Quizás estamos a tiempo de agarrarlo con las manos en la masa.
Abro la puerta tan deprisa que no me doy cuenta de que hay alguien allí hasta que me golpeo con una montaña de músculos.
—¿Becca?
Unas manos fuertes me sostienen por los brazos y su voz me calma los sentidos.
Subo la mirada y nuestros ojos se cruzan.
—¿Nate?